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Sin embargo, los trabajadores deben separarse porque eso es lo que más les conviene. ¿Quién dijo?
Quiero hacer un razonamiento elemental y, probablemente por eso, seguramente torpe, con la intención de que me resalten los errores a ver si puedo cambiar la forma de pensar.
Me pregunto: ¿para qué sirve una central obrera?
Para unificar el poder de la clase trabajadora y permitirle así defender sus derechos en un plano de mayor igualdad frente a los restantes factores de poder. Precisamente de esa unidad nace la fuerza que la sustenta y justifica.
¿Para qué sirven dos centrales obreras?
Pues para dividir el poder de la clase trabajadora, permitiéndole así a la patronal, arreglar con unos u otros según su conveniencia.
Tal vez convenga destacar que las restantes actividades gremiales se hacen justamente desde los gremios y no desde las centrales. Razón por la que no entiendo para qué serviría tener dos centrales obreras.
Aclarado esto, estoy dispuesto a analizar otras razones. La fundamental parece ser el copamiento de los gremios por parte de bandas violentas que se enquistan e impiden todo tipo de participación.
Pues bien, evidentemente en esos casos estamos ante hechos cuasi policiales que merecen otro tipo de tratamiento. Porque de lo contrario, el enquistamiento de bandas dentro de los gremios podría llevarnos a tener tantos gremios como bandas se enquistaran, más uno sin banda. Evidentemente, un absurdo.
Los principales referentes del movimiento obrero tuvieron siempre muy en claro que la fuerza nace de la unidad. Hace pocos días no se si fue Artemio en Ramble Tamble o Mauri en Derek Dice, pusieron un video en el que el Gringo Tosco defendía claramente la necesidad de la unidad del movimiento obrero, aunque no compartieran la ideología política.
Héctor Recalde sostiene en el Miradas al Sur del domingo 22/11/09, con total acierto, que las minorías tienen menos derechos que las mayorías. Y yo creo que ahí está la verdadera razón de la necesidad de que exista más de una central. Es decir, las minorías tienen el derecho fundamental de ser oídas, con todo lo que implica la audiencia, y el de participar de las decisiones expresando su voto. Pero a partir de ahí, el imperfecto sistema democrático, obliga a que las decisiones que se lleven a cabo, sean las de la mayoría. A las minorías les queda también el derecho de intentar conquistar voluntades para abandonar su lugar de minorías y hacerse del poder.
No conocemos aún un sistema que supere al democrático, pero desde ya que no puede tomarse como tal, uno en el que cada opinión tenga su propia representación. Imaginemos lo que sería si tuviéramos un presidente por la primera minoría y otro por la segunda. Cristina y… ¿Macri? Imposible. Y por qué detenernos en dos, podrían ser tantos como opiniones diversas hubiera. ¿Somos 40 millones?
En realidad este sistema, en cierta forma, ya existe. Se llama Anarquía. Un sistema en el que hay tantas voces como habitantes, o bien, donde hay una falta de todo gobierno en el estado. Sin embargo, eso nos vuelve a llevar a la ley del gallinero, donde los zorros libres hacen su festín.
Hay muchos compañeros entrañables en la vereda de enfrente a la CGT, sin embargo, siguiendo este primitivo análisis, no puedo dejar de sospecharles un cierto tufillo a zorros merodeando el gallinero.
Por eso, volviendo al principio, pido a los ocasionales lectores que me resalten los errores a ver si puedo cambiar la forma de pensar.