Impecable declaración del presidente de Venezuela, Hugo Chavez.
Publicado por Indalecio González Bergez en 26 - Noviembre - 08
Impecable declaración del presidente de Venezuela, Hugo Chavez.
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Publicado por Indalecio González Bergez en 26 - Noviembre - 08
Primero fue un libro y después una telenovela: El cartel de los sapos es el retrato y la confesión de Andrés López López, uno de los tantos narcos arrepentidos que, tras la muerte de Pablo Escobar, cambian información por reducción de pena con la DEA. Mientras el libro se consigue en las librerías, la telenovela se puede ver de lunes a viernes a las 22 por Canal 9. En su país ya es un éxito con destino de leyenda, que se ganó, entre otras, la condena pública del jefe de la policía de Colombia.
Una de las consecuencias estéticas más notables de la expresión narco se da en la literatura y su afecto por el género testimonial apócrifo. Fue inaugurado por Mi confesión, de Carlos Castaño, donde el jefe paramilitar revisa sus numerosos crímenes y los justifica por el ideal de una Colombia libre de la subversión. Virginia Vallejo, figura mediática y amante de Pablo Escobar, marcaría un hito con Amando a Pablo, odiando a Escobar, libro en el cual logra involucrar al recientemente liberado por la Justicia Alberto Santofimio Botero, ex ministro de Justicia y candidato presidencial, por haber encomendado a Escobar el asesinato de Luis Carlos Galán, el otro candidato presidencial en 1989. Los relatos sobre los secretos más íntimos del cartel de Cali los escribió Rodríguez Mondragón, el hijo del capo narco. Con sus libros nos enteramos de que el Cartel de Cali sobornó a la selección peruana de fútbol para ayudar a la de Argentina en el Mundial del ‘78, comprometió a Falcioni y Careca por consumo de sustancias prohibidas y mencionó la amistad entre Maradona y su tío, el otro capo de Cali. El producto más reciente de las confesiones de mentes peligrosas ha sido El cartel de los sapos, escrito por el narco arrepentido Andrés López López. El mismo convirtió su libro en guión para lograr la serie televisiva El cartel. La popularidad de la serie convirtió su versión de los hechos en la historia secreta del narcotráfico. La serie y el libro cuentan la trama secreta de los vínculos entre narcos, paramilitares y la policía nacional. Así fue como el impopular Cartel del Norte del Valle cobró nuevas dimensiones y generó nuevas figuras que hoy pertenecen al panteón de los narcos.
Los últimos quince años del narcotráfico estuvieron marcados por la ausencia de Pablo Escobar, el gran patrón. Su reputación goza de fama mundial y, con su asesinato, se cristalizó la imagen de narco latino que aún perdura. Cuando murió en 1993 dejó una tradición violenta y traicionera, inmortalizó el narc-decó y acuñó una frase que marcó a su generación de capos: “Prefiero una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos”. Fieles al modelo del Patrón, los narcos que quedaron al mando se entregaron a la Justicia colombiana para evitar la extradición a Estados Unidos y vivir durante años en sus cárceles de lujo. Junto con ellos llegó al poder una nueva generación de narcos, que intensificó el negocio y las enemistades. Pero cuando la guerra entre carteles se endureció, los jóvenes empezaron a mirar a Estados Unidos con más cariño, buscando hacer nuevos negocios: información a cambio de condena. López pinta con mucha claridad la nueva imagen del narco latino: “Los narcos, en desbandada, llegando a las cortes americanas, listos a denunciar a sus ex aliados para intentar su ingreso al más sólido de los carteles: el de los sapos”. Los sapos son los delatores, soplones, traidores; los que cantan a la DEA a cambio de la reducción de sus condenas.
El éxito de la serie convirtió al narco-escritor López, alias “Florecita”, en el más popular de los últimos tiempos. En la televisión está camuflado por el nombre de Martín González, alias “Fresita”. Sus comienzos en el negocio como protegido del gran Henao, sus intentos por retirarse ileso y sus romances con modelos tan conocidas como Natalia Paris ya son parte del saber popular de los colombianos. En 2001, se entregó a la DEA y consiguió rebajar su condena a dos años. Por supuesto, su popularidad principalmente radica en el hecho de ser el que publicó la historia secreta. Mientras estaba en la cárcel, escribió con nombre y apellido lo que hasta ese entonces eran especulaciones entre los colombianos. En marzo de este año publicó el testimonio, pero recién en junio, cuando se estrenó la serie en Colombia, se desató la polémica.
Muchos de los narcos que llegaban a las noticias, por muerte o extradición, eran apenas conocidos por el público. Con la historia de El cartel de los sapos finalmente se dio a luz a uno de los más grandes capos que siguió a Escobar: Orlando Henao, del Cartel del Norte del Valle. En silencio, sin que los medios lo detectaran, logró convertirse en uno de los hombres más poderosos y más crueles de Colombia. Cuando lo asesinaron adentro de la cárcel apenas se sabía en los medios de su importancia. Hoy, entre la serie y el libro, se armó un retrató más pesado de Henao: un narco más temido que el propio Escobar. La historia de El cartel permitió unir todos los hilos sueltos y conocer los detalles de las alianzas y traiciones.
Cuando la serie salió al aire, muchos sintieron que la historia se estaba contando desde los bandidos. El primero en levantar la voz fue el actual jefe de la policía de Colombia, Oscar Naranjo. Enfurecido después de ver el primer capítulo, se despachó con un texto en uno de los principales diarios de Colombia, en el que subraya la subjetividad de la serie, recuerda la imparcialidad del relato y acusa de glorificar a los narcos y ridiculizar al Estado. El golpe duro que la serie le dio a la institución es el polémico personaje del comandante Ramiro Gutiérrez, nombre que esconde al coronel de la policía Danilo González. La dramatización de lo que fue hasta entonces la prestigiosa “Operación Milenio” es uno de los ejes de la polémica. La versión oficial había vendido la operación como el golpe al narcotráfico más grande de todos los tiempos. Estados Unidos compró. En cambio la serie lo muestra a González protegiendo a los patrones del Cartel del Norte del Valle y entregando a treinta narcos de medio pelo, inflados por la institución y los medios. La ofensa que sintió la policía fue proporcional al creciente rating de la serie.
La mayoría de los sapos fueron asesinados o extraditados. Personajes como “El Chupeta” –”Pirulito”– en la serie ya gozaban de fama previa por la excentricidad de su detención. Gracias a un sapo de sus filas, se supo que se encontraba en Brasil y que se había modificado el rostro con cirugía. Otros personajes que pasaron desapercibidos por los noticieros en el último año se transformaron en nuevos iconos. El caso de “El Médico”, un cirujano devenido en narco que convencía a los capos de entregar información, y un par de millones, a cambio de inmunidad. En la serie lograron armar un personaje muy carismático, que bajo el alias de “Anestesia” se ganó el lugar del favorito de los fans. El arreglo era una estafa en la que él mismo cayó. Y así la lista se extiende en medio de un culebrón al que se le ven las costuras, y que naturalmente heredó el público de Sin tetas no hay Paraíso. Pese al malestar oficial, El cartel… humanizó a los recios narcos que también lloran en sus mansiones repletas de hermosas caribeñas de bisturí.
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Publicada en Página 12 el domingo 23 de noviembre.
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Publicado por Indalecio González Bergez en 21 - Noviembre - 08
Las líneas que siguen pertenecen a un ejercicio de taller. Si bien no develo secretos políticos ni nada que se le parezca, por incomodidades propias de la red, cambie los nombres de Municipios, funcionarios y amigos para mantener las fiestas en paz. Uno escribe, pero quién sabe quién lee.
Acto en San Vicente por el 17 de noviembre
UN IMAGEN VALE MAS QUE MIL PALABRAS
La calle de entrada al predio estaba llena de papeles y pancartas que daban la bienvenida al “Compañero Presidente del Partido Justicialista”. Dos chicos sentados en el cordón de la vereda nos advirtieron que había empezado el acto. Ya se escuchaban los bombos y de fondo un encendido discurso de algún dirigente, tal vez el propio presidente del Partido o quizá unas palabras alusivas de Juan Perón.
El 17 de noviembre de 1972 llegó a la Argentina por primera vez, luego de 17 años de proscripción, el fundador del Movimiento Nacional Justicialista. Desde entonces, en honor a ese reencuentro, todos los años los justicialistas realizan actos y homenajes celebrando el “Día de la Militancia”.
Este 17 no sería la excepción y los compañeros de Puerto Cumpa lo tenían claro. Después de varias peleas y de recuperar viejas antinomias que habían dividido a los argentinos, los justicialistas sabían que debían acompañar a la presidenta de la Nación o al presidente del Partido en el acto que hicieran.
Las discusiones en la Unidad Básica empezaron temprano. El 29 de octubre aún no estaba asegurada la presencia de la agrupación en el acto que se decía haría el Partido Justicialista en la Quinta “17 de Octubre” ubicada en el Municipio de San Vicente. Las razones eran muchas y todas ligadas a las distintas internas propias de una agrupación política. Esa tarde el representante del intendente había afirmado que su jefe no asistiría a ningún acto al que fuera el ministro del Interior, quien días antes había dicho que se estaba llegando a un acuerdo con su opositor local, Franco Buendía. Si bien la opinión del representante era importante, política y económicamente, no sería la única escuchada.
En los días siguientes las discusiones se fueron sucediendo y los circunstanciales organizadores de los distintos actos que se planeaban día a día, se debatían entre pantallas gigantes y micro estadios locales. Todo dependía del quiénes irían, qué se dijera y quiénes serían oradores. Vi construir y destruir varias veces distintos discursos de incontables dirigentes. Realizar un acto no es tarea de dos o tres días y mucho menos el del “17 de noviembre”.
La mañana del sábado 1° llegué a la Unidad Básica antes de lo habitual, estaba planeado un asado para la cúpula al que me habían invitado con la excusa de compartir una reunión de toma de decisiones y, la oculta intención de que con mi presencia se silenciara a quienes hubieran querido tirar por la borda la realización de todo acto, limitando la participación del intendente a una solicitada en los medios locales saludando a la militancia, sabedores de que las razones del cambio de un acto de la importancia de éste, por una solicitada, hubiera encontrado primera plana hasta en los medios nacionales.
Esa mañana sentí que la interna estaba más caliente que nunca. Al llegar los autos de la Municipalidad empezaron las sorpresas. Eran tres autos y del primero bajó entre otros el secretario de Gobierno del Municipio. Íntimo colaborador del ex presidente y hombre fuerte de la política nacional. Del segundo auto bajaron concejales y algunos funcionarios locales. La mayor sorpresa estaba en el tercer auto. El mismísimo señor intendente junto a dos diputados provinciales y un diputado nacional. Ahora sí que se había calentado la Unidad Básica. Ni en su inauguración los compañeros de la Villa Espera habían visto pasar por el umbral a tantos pesos pesados del Partido.
Los saludos de rigor y las sorpresas estaban a la orden del día. Todos se conocían pero hasta la madrugada del día anterior habían despotricado unos contra otros. Todos ahí y juntos. Mis anotaciones de esa misma semana habían quedado anuladas al ver a dirigentes que no podían cruzarse hasta horas antes, riendo de los mismos chistes. Quien me había convocado me pidió que lo entendiera y me dijo que sería imposible que yo participara de ese almuerzo por razones que ni valía la pena explicar.
Al salir rumbo a mi casa pensé en que esa tarde se cocinaría en ese asado no solamente un costillar de cerdo al que le había prometido fidelidad, sino también la política local y, sobre el postre, las alianzas a niveles provinciales y nacionales. Solo me quedaba volver el martes y tratar de encontrar interesados en pasarme detalles y razones que explicaran cada una de las decisiones que en ese momento no imaginaba y que al conocerlas me parecerían incomprensibles.
Caminé unos veinte metros hasta la camioneta de uno de los participantes del cónclave y pedí fuego a los muchachos que imagino serían choferes de unos y custodios de otros. “Compañero, tanto tiempo sin vernos”, dijo uno de los parados y al verlo recordé a Juan Simpatía, ex candidato a concejal del vecino Municipio de Puerto Paz y actual colaborador del secretario de Gobierno local.
- Juan, que alegría verte, ¿qué haces vos por acá?
- Estoy con Alberto, colaborando un poco, es que se vienen tiempos difíciles. ¿Y vos qué haces?
- Estoy escribiendo una nota sobre la política y el acto del 17 de noviembre, ¿sabés algo de eso?
- Sí, hay un quilombo bárbaro. Ayer nos quedamos hasta las dos de la mañana. Alberto estaba como loco. Pero metete, seguro que no te vio.
Con su consejo volví a la Unidad Básica y por suerte no habían pasado aún para el patio donde sería el gran evento. Disimulé con uno de la agrupación que estaba asistiendo a los jefes y alcancé unos papeles hasta que Alberto me vio y saludó con sorpresa. Minutos más tarde era parte propia de la Unidad Básica.
Llegó el momento de encarar el costillar y estar alertas a las distintas discusiones. Las que importan son las que se dan entre dos o tres, las multitudinarias son solo para hablar de futbol. Alberto me sentó a su lado y eso me dejó en un lugar preferencial. El primero en hablar con él fue el intendente, pero estaba del otro lado y el tono era bajo. Por la cara del diputado provincial sentado en frente, la charla no era amena. En esos ámbitos la jerarquía de gobierno no cuenta y el secretario municipal tenía más “credenciales” para la toma de decisiones que el propio intendente.
Ese sábado, después de muchas vueltas y dos discusiones fuertes se resolvió participar del acto que organizara el Partido Justicialista presidido por el ex presidente de la Nación, Néstor Kirchner. Que el intendente debía publicar una solicitada en los diarios locales saludando a la militancia por su “dedicación y empeño en mantener encendida la llama de Perón y Evita”. Ese mismo día se resolvió que en esa solicitada el intendente no debía hacer una referencia al acto central en San Vicente y que debía firmarla como presidente del Partido a nivel local.
Todo estaba resuelto y yo camino a casa. El sábado del costillar había sido muy interesante. Había jurado a Alberto, el secretario de Gobierno, que no trascenderían las discusiones de las que había sido parte y sabía que cumpliría con eso. Solo estaba autorizado a contar -y después del acto- lo resuelto. Sentía que llevaba secretos de Estado y al llegar a mi auto estacionado en la YPF que está en la ruta 327 supe que esa tarde se había acordado mucho más que la participación en un acto. Que me llevaría varios días procesarlo. Supe que había estado en el asado en el que había que estar.
Cuando nos acercamos al palco, desde donde ya estaba hablando el presidente del Partido, divisé las caras a su alrededor. Estaban ahí todos juntos. Los que habían comido el costillar a mi lado y resuelto poner el nombre del intendente junto al de Kirchner. Estaban ahí mirando y aplaudiendo. A un costado y con una sonrisa cómplice el secretario de Gobierno. Tenía la cara de quien cumplió con su trabajo. Lo saludé con un gesto que contestó con una sonrisa. La política es eso: una foto, un acto. En el lenguaje de los políticos dice mucho más una imagen que mil palabras. Son los políticos parte de nuestra sociedad, somos todos políticos en mayor o menor medida. Kirchner tenía su acto con todos los intendentes del conurbano a su alrededor y el secretario de Gobierno su imagen completa. Yo tenía mi crónica que superaba las mil palabras.
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