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Diez preguntas sobre la causa Antonini Wilson. Por Raúl Kollmann e Irina Hauser

Publicado por Indalecio González Bergez en 29 - Septiembre - 08

El caso de la valija es un disparate. Les acerco, con el solo fin de evitar el silencio, lo que se publicó en Página de hoy. Como autor de este blog hice un breve artículo sobre el caso, aunque creo que insistir con esto no conduce a nada.

La propiedad de la valija, el juicio en Miami y la causa porteña, la cantidad real de dinero, el rol de los venezolanos, el destino de los dólares y la visita del acusado a la Casa Rosada.

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Antonini reiteró en Miami, avalado por el fiscal Tom Mulvihill y el FBI, que la valija no era suya y que ni siquiera sabía el contenido. ¿Cómo quedó esa afirmación ahora?

La descripción que esta semana hizo la ex integrante de la Policía Aeroportuaria María Luján Telpuk dejó muy desacreditados los dichos de Antonini. Es muy probable que la nueva chica Playboy, que viaja a Miami hoy, signifique un golpe muy duro para el valijero en el juicio en Estados Unidos. En concreto, Telpuk sostuvo que la maleta era la anteúltima y que la estaban esperando Antonini y su acompañante de los reiterados viajes que hizo a la Argentina y Uruguay, Daniel Uzcátegui. Cuando el piloto preguntó de quién era la valija, Antonini de inmediato respondió que era suya y por eso se acercó al mostrador: “Sí, ¿qué pasa?”, preguntó. Telpuk contó que “Antonini se hizo responsable desde el primer momento, él no dudó, no dijo que el dueño se fue ni nada. Además, este señor estaba muy tranquilo, desde el primer momento dijo que él era el dueño”. El funcionario de la Aduana Jorge Lamastra, que ha exhibido varias diferencias con Telpuk, coincide totalmente en esta versión.

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¿Hay alguna evidencia de que Antonini sabía que el dinero estaba adentro?

La evidencia más nítida es que el venezolano-norteamericano dijo que en la valija había libros. La lógica es que si una persona está por pasar un equipaje que no es propio diga que adentro hay ropa y elementos de uso personal, no libros. Lo que sucede es que, en los scanner, los libros se parecen a los fajos de billetes y por eso recurrió a la mentira de decir que eran libros. Por otra parte, el hecho de que haya mentido tres veces antes de que se abriera la valija indica que conocía lo que realmente había adentro.

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¿Existió otra valija u otras valijas conteniendo 4.200.000 dólares o seis millones de dólares?

No se puede descartar, pero parece muy poco probable. Al menos en aquel vuelo. Telpuk dice que revisó todas las valijas que se pusieron en el scanner y esto se combina con lo que declararon los pilotos: ellos bajaron todo el equipaje y Daniel Puciarelli, el copiloto, llevó las valijas hasta la cinta del scanner. En este terreno, los dichos de Telpuk se contraponen con los de Lamastra, el hombre de la Aduana, quien afirmó que el control fue selectivo. En el careo que en su momento se hizo entre ambos, Telpuk exhibió más contundencia y Lamastra se mantuvo en un terreno más general, diciendo que siempre el control es selectivo. Los pilotos seguramente serán llamados a declarar nuevamente. Sucede que si fuera cierto que hubo otra valija o valijas debieron percibirlo en forma nítida, ya que se trataría de bultos de envergadura. Los 790.000 dólares, en billetes de 50, pesaron 16 kilos. Si los 4.200.000 hubieran venido en la misma denominación, billetes de 50, el peso sería de 80 kilos, o sea dos valijas inmensas, difíciles de transportar. Si el dinero venía en billetes de 100 se estaría hablando de una valija muy grande de 40 kilos o, lo que entra en un terreno menos detectable, dos valijas de 20. Lo notable de Antonini es que dio dos versiones distintas, la de los 4.200.000 y la de seis millones. En este último caso se trataría de casi cien kilos. En un vuelo en el que vienen pocos pasajeros con muy poco equipaje, ya que el avión salió el jueves 2 y llegó en la noche que fue del 3 al 4 de agosto, semejantes pesos no podrían pasar desapercibidos para los pilotos.

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Antonini dice que la valija con los 790.000 dólares fue subida al avión por Claudio Uberti, el funcionario del Ministerio de Planificación, junto con un hombre de seguridad de Pdvsa, la petrolera venezolana. ¿Es cierto?

Interrogado por el abogado de Franklin Durán, Antonini se desdijo. Afirmó que no lo vio. Y lo cierto es que ni Antonini ni Daniel Uzcátegui, hijo del vicepresidente de la petrolera, estuvieron cuando hicieron el check in todos los demás pasajeros. Ambos llegaron dos horas tarde, según declararon al unísono los dos pilotos, y eso demoró el avión. La realidad es que todos ellos llegaron en la madrugada del 4 de agosto porque Antonini y Daniel Uzcátegui demoraron la salida. De cualquier manera, parece cantado que los dos pilotos, Gerardo Sánchez y Daniel Pucciarelli, tendrán que volver a declarar porque ellos sí podrían haber percibido quién entregó la valija para que sea cargada en el avión.

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¿El dinero podría ser de Uberti?

No se puede descartar. En realidad podría ser de cualquiera de los que iban en el avión, empezando por el propio Antonini y por Uzcátegui. El argumento de la defensa de Uberti, aceptado por el juez Daniel Petrone, es que no existía relación entre Uberti y Antonini. El titular del Occovi afirma que recién conoció a Antonini el 3 de agosto, el día anterior al vuelo a Buenos Aires. Y, al menos por ahora, el magistrado sostiene en su fallo que no hay prueba en contrario. Por ejemplo, no existen comunicaciones telefónicas previas entre Uberti y Antonini y aparece sólo un pedido de audiencia el 30 de mayo de 2007 que, aparentemente, no se concretó. Los fiscales María Luz Rivas Diez y Mariano Borinsky hicieron un trabajo descomunal de análisis de las llamadas de Uberti, su secretaria, Victoria Bereziuk, y Antonini Wilson, además de revisar las agendas y los registrados de entrada en el Ministerio de Planificación. Aquel 30 de mayo figura el ingreso de una persona llamada Guillermo Antonini. Todo indica que fue el valijero, pero la defensa de Uberti argumenta que el funcionario no estaba allí, que faltó a la cita y lo probarían sus llamadas telefónicas. También Diego Uzcátegui afirma que Uberti y Antonini se conocían porque él los presentó por esa época. El juez tiene dudas sobre este punto y ordenó profundizar la pesquisa. De todas maneras para Petrone –aunque no lo escribe en el fallo–, que se hayan visto o conocido tampoco implica una relación estrecha. Los fiscales consideran que aquellos encuentros sí existieron, que eso se engancha con que Uberti permitió que Antonini subiera al avión y por ello lo acusan de partícipe necesario, o sea cómplice.

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¿Qué nivel de responsabilidad tiene el gobierno venezolano?

A priori debe decirse que los tres protagonistas centrales de la historia son venezolanos y el dinero vino de ese país, saliendo de allá sin ser declarado. De hecho el vicepresidente de Pdvsa, Diego Uzcátegui, y su hijo, Daniel Uzcátegui, de 19 años, están prófugos de la Justicia argentina, y el primero de ellos tiene un cargo importantísimo en aquel país. Fue el hombre que impulsó el viaje de Antonini. Por otra parte, el abogado Moisés Maiónica, venezolano-norteamericano, dijo en todo momento que mantuvo contacto con Caracas y más precisamente con Henry Rangel Silva, titular de la Dirección de Servicios de Inteligencia y Previsión (Disip), para buscarle una salida a la situación de Antonini. Sin embargo, Ed Shohat, abogado del único acusado en el juicio de Miami, Franklin Durán, demostró que Maiónica mintió en ocho ocasiones, por lo cual sus versiones no son muy creíbles. También el ex camarista Guillermo Ledesma, que iba a ser el defensor de Antonini en Buenos Aires, cuenta que viajó a Miami y que los gastos, según Maiónica, los pagó la petrolera venezolana. En resumen, hay indicios de que Antonini era un hombre muy ligado a los Uzcátegui, lo cual ya los implica. Y, además, hay indicios –no del todo comprobados– de que Pdvsa y el gobierno venezolano han tratado de arreglar con Antonini y tapar todo el escándalo. Hay un dato que redondea el cuadro: los Uzcátegui están técnicamente prófugos de la Justicia argentina y, ante los exhortos enviados desde Buenos Aires, la respuesta es que los están buscando. Es algo poco creíble.

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¿El dinero era para la campaña de Cristina Fernández de Kirchner?

En realidad, nadie sabe a ciencia cierta para qué trataban de ingresar los 800.000 dólares a la Argentina. Los expertos en campañas electorales evalúan que no es probable que el dinero tuviera ese destino, entre otras cosas porque los oficialismos suelen tener los fondos suficientes para enfrentar una campaña electoral. Distinto sería si fuera para una fuerza opositora. Pero, además, Hugo Chávez llegó a Buenos Aires con dos aviones menos de 48 horas después del vuelo contratado por Enarsa. Los dos aviones tenían rango diplomático, es decir que nada de lo que trajeron fue revisado. No parece tener lógica que hubieran mandado dinero para la campaña teniendo la posibilidad de traer lo que sea, sin pasar por ningún control, dos días después. Si al Gordo Valor lo descubren a la salida de un banco con 800.000 dólares también va a decir, como Antonini, que el dinero no es suyo y que no proviene de un robo ni va para una coima, sino que es para un supuesto delito que van a cometer otros, como sería meter la plata en una campaña electoral. El abanico de posibles destinos del dinero es más que variado. Podría ser dinero que Antonini-Uzcátegui sacaron de Venezuela esquivando el control de cambios y querían usarlo en un negocio o llevarlo a Uruguay donde ambos tienen cuentas bancarias. Antonini está acusado de una coima de gran magnitud en el vecino país en una operación de venta de casas prefabricadas y dos días después de pasar por Aeroparque estuvo en Montevideo, un viaje que estaba previsto y que contaba con reservas hechas por Pdvsa. Tampoco se puede descartar para nada que los 800.000 dólares fueran para una coima en la Argentina o uno de los vueltos, comisiones ilegales, de los negocios energéticos entre los dos países. Uberti estuvo todo el tiempo en el medio de esas negociaciones y se metió hasta las orejas en tratos que involucraban centenares de millones de dólares. El posible fin del dinero va a ser difícil de esclarecer porque todos los personajes de la historia son poco creíbles en este aspecto y tiene razones para mentir.

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¿Estuvo Antonini en la Casa Rosada?

Todo indica que sí. Lo testimonia la secretaria de Uberti, Victoria Bereziuk, aunque el ingreso no aparece registrado. Tampoco el de Uzcátegui, que probadamente estuvo. Es casi seguro que ambos entraron con la delegación venezolana que asistió a la firma del acuerdo Kirchner-Chávez en materia energética. Para el juez Petrone el dato no resulta clave en relación a la cuestión de la valija.

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¿Cómo terminará el juicio en Miami?

Es difícil saberlo. Hasta el momento, los testimonios de Maiónica y Antonini quedaron duramente golpeados y es muy probable que Telpuk signifique otro mazazo para la credibilidad del valijero. Pero en Miami no se debate lo que se debería debatir: el ilegal ingreso de 800.000 dólares a la Argentina. Allí sólo se dirá si el amigo de Antonini de toda la vida, Durán, es o no un agente venezolano. Toda la causa tiene un fuerte olor a juicio contra la administración de Hugo Chávez, porque la lógica indicaba que Antonini debía ser extraditado a la Argentina donde realmente ocurrió el delito. El dinero no salió de Estados Unidos ni entró a Estados Unidos. Para colmo, el fiscal Tom Mulvihill y el FBI adoptaron al principal delincuente de esta historia, Antonini, como su protegido y ni siquiera contestaron los exhortos de la Justicia argentina. Esta semana podría haber novedades de importancia. Da la impresión de que el defensor de Durán, Shohat, estuvo muchas horas con los Uzcátegui y habrá que ver qué dicen padre e hijo, también protagonistas principales de esta historia. Ambos están involucrados en lo ocurrido, por lo que habrá que ver cuánta credibilidad tiene lo que digan.

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¿Puede avanzar la causa en la Argentina?

De hecho, ha avanzado mucho. Los fiscales Rivas Díez y Borinsky están pidiendo medidas todas las semanas. El próximo paso vendrá de la Sala B de la Cámara en lo Penal Económico, con fama de dureza. Los camaristas Marcos Grabivker, Roberto Hornos y Carlos Pizzatelli deben resolver si estuvo bien el juez Petrone en dictar la falta de mérito para Uberti y si el delito es de contrabando. En realidad, Antonini se fue de la Argentina en su momento porque la jueza Marta Novatti no definió a tiempo que el ingreso de los 800.000 dólares debía derivar en su detención. La magistrada, a través de su secretaria, convalidó lo hecho por la Aduana, que incautó el dinero y dejó ir al valijero. Es más, Novatti podría haber ordenado la captura de Antonini antes de su salida del país, pero no lo hizo. Allí existe una polémica. En Tribunales dicen que la Aduana no le dio toda la información que correspondía a Novatti, mientras que la Aduana sostiene que sí le dio la información y que en 21 casos anteriores siempre se consideró el ingreso de divisas como una infracción aduanera. Eso incluye la oportunidad en la que llegó a la Argentina el dueño de la empresa Cirsa, la de los casinos, con 550.000 euros metidos entre jamones españoles. El juez Petrone consideró que lo ocurrido con Antonini no es contrabando, sino que el delito a investigar es el de lavado de dinero. En un par de semanas, la Sala B dictará un fallo que le dará marco a todo el expediente. Y el fin de la causa en Estados Unidos permitirá medir el grado de protección de que disfruta Antonini Wilson: habrá que ver si lo extraditan la Argentina o no.

Publicado en Página 12 de hoy domingo 28 se septiembre de 2008.

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Preguntas. Por Raúl Kollmann

Publicado por Indalecio González Bergez en 25 - Septiembre - 08

Preguntas y respuestas elementales sobre el caso de la valija de Antonini Wilson que muy bien expuso Raúl Kollmann en su artículo de Página 12 de hoy.

Algunas preguntas sobre el primer testimonio de Guido Alejandro Antonini Wilson.

1 Antonini dice que la valija no era suya. Sin embargo, cuando la agente de la Policía de Seguridad Aeroportuaria y el inspector de la Aduana preguntan de quién es la valija, él se presenta como el dueño. ¿Por qué?

–En primer lugar, el sentido común. ¿Por qué alguien va a decir que una valija es suya si no lo es? Si, como dice Antonini, la valija era de Claudio Uberti, la lógica consistía en esperar que el funcionario dijera que la valija era suya. En la causa judicial argentina, María Luján Telpuk (de la PSA) y Jorge Lamastra (Aduana) coinciden en que percibieron una especie de adoquines de papel a través del scanner, preguntaron de quién era la valija y Antonini dijo inmediatamente que era suya.

2 Antonini afirma, y el fiscal Tom Mulvihill y el FBI lo tomaron como propio, que él ni siquiera sabía lo que contenía la valija. ¿Es cierto?

–Telpuk y Lamastra testificaron al unísono que Antonini primero dijo que llevaba libros en la valija, después argumentó que eran papeles y finalmente que llevaba 60.000 dólares. Es obvio que sabía cuál era el contenido del equipaje porque no hubiera mentido tres veces. Por otra parte, la lógica es que cuando a uno le preguntan el contenido de una valija que no es propia y la quiere hacer pasar, contesta que trae ropa, efectos personales. Antonini afirmó que traía libros, algo que en el scanner se ve bastante parecido a los billetes. Cuando le preguntaron a Antonini por qué se refirió a libros si no conocía el contenido, argumentó que la valija le pareció muy pesada. Otra vez Telpuk y Lamastra coinciden en que la valija llegó al scanner traída, junto con el resto del equipaje, en un carrito empujado por un empleado de la aerolínea, Eduardo. Es Eduardo el que pone el equipaje sobre la cinta, pasa por el scanner y recién allí preguntan por el dueño de la valija. Es decir que Antonini, como los demás pasajeros, no tuvieron contacto con los equipajes en Aeroparque. Por lo tanto, si sabía que era pesada, 16 kilos, lo sabía desde Venezuela y eso indica que conocía lo que había adentro.

3 ¿Qué sucedió cuando se abrió la valija?

–Antonini siguió diciendo que la valija era propia. Cualquier persona, a la que le dan una valija que no es suya y ve que dentro hay semejante suma de dinero, reacciona y dice: “La verdad que la valija no es mía, no tengo nada que ver con esto”. Más todavía si considera que lo traicionaron. El venezolano-norteamericano se presenta en el tribunal de Miami como un tierno animalito que fue burlado en su buena fe y en esa lógica parece cantado que debería haber dicho, ante la aparición de los dólares, que ni el dinero ni la valija eran suyos.

4 Antonini dice que firmó el acta porque estaba cansado y se quería ir de Aeroparque.

–El valijero venezolano-norteamericano no es un muchacho joven, empleado dócil de un funcionario. Es un empresario millonario, con gigantescos y oscuros negocios en Miami, Venezuela y Uruguay. La idea de que le pidieron que pase una valija no parece encajar con ese cuadro. Aun así, ante la aparición de los 800.000 dólares que él afirma que no son propios, lo más llamativo es que haya firmado el acta en la que dice textualmente que el dinero es de él y que lo traía para hacer una inversión. El argumento de que estaba cansado y se quería ir de Aeroparque parece menos que creíble: ningún empresario firma un acta en la cual se compromete a sí mismo con dinero oscuro, que salió de Venezuela sin registrarse y entraba de la misma manera a la Argentina.

5 Antonini afirma que Diego Uzcátegui le preguntó por la otra valija, la de los 4.200.000 dólares.

–En las 300 páginas de grabaciones que registró el FBI hay una referencia muy lateral, hecha por el propio Antonini, a otras valijas y en ningún caso a otra en el mismo viaje. Dice el Gordo, hablando con sus amigos venezolanos-norteamericanos en el restaurante de Fort Lauderdale: “Diego Uzcátegui sabía que estaba mandando esa plata para esa mierda. Y él me dijo ‘yo de esos viajes he hecho muchos. Y el ministro Rafael Ramírez también’”. Si había otra u otras valijas era un tema que al FBI le resultaba más que interesante; sin embargo, no hay ninguna referencia, ninguna insistencia sobre el tema en las horas y horas de grabaciones en las que Antonini trataba de involucrar a sus amigos. Desde el punto de vista de la causa argentina, hay una contradicción que por ahora no se pudo aclarar. Según Telpuk, todas las valijas del vuelo fueron pasadas por el sca-nner. Eduardo, el empleado de Royal Class, las bajó del avión, las puso en un carrito, las transportó hasta la cinta y las puso allí. Según el hombre de la Aduana, Lamastra, el sistema consistía en que se scaneaban algunas valijas sí y otras no. Sin embargo, tampoco parece posible meter 4.200.000 dólares en una sola valija como refiere Antonini. Los 800.000 dólares, que venían en billetes de 50, pesaron 16 kilos, de manera que 4.200.000 hubieran pesado más de 80 kilos. Con billetes de la misma denominación, se requería pasar dos valijas muy grandes, especiales, de mucha dificultad para levantar, de 40 kilos cada una. En billetes de cien dólares, sería una valija de las especiales.

6 Antonini dice que mantuvo una reunión con Uberti en el hotel Sofitel el domingo 5 de agosto, más de 24 horas después de que se descubrieron los 800.000 dólares. Y allí también Diego Uzcátegui le reclamó por la valija de los 4.200.000 dólares.

–Los fiscales Mariano Borinsky y María Luz Rivas Diez hicieron un detallado análisis de las llamadas de Uberti, Antonini y Uzcátegui desde mayo hasta el 9 de agosto de 2007. Es más, detectaron tres llamadas de Victoria Bereziuk, secretaria de Uberti, a Antonini cuando éste ya estaba en Uruguay. Los fiscales determinaron dónde estuvieron los protagonistas a lo largo de los días clave, en especial en la madrugada y durante todo el 4 de agosto, día en el que llegó el avión, el domingo 5 y el lunes 6. En ningún momento se concretó esa reunión. Uberti, por ejemplo, estaba en Pilar aquel domingo a la noche. Al menos en términos de la causa argentina, Antonini miente sobre ese encuentro.

7 Antonini dice que estuvo en Casa de Gobierno el lunes 6, cuando se firmó el acuerdo energético Kirchner-Chávez.

–Existen indicios que no permiten descartar que ese dato sea cierto, básicamente por dos razones. La primera, porque la secretaria de Uberti, Bereziuk, dice que vio a Antonini en Casa de Gobierno. La testigo sostiene que había dos ámbitos: uno en el que estaban los presidentes y los principales funcionarios y otro en el que se agrupaban empresarios, en especial venezolanos. Bereziuk vio a Antonini en este segundo salón. El otro dato es que Diego Uzcátegui, el vicepresidente de Pdvsa, también estaba allí y ninguno de los dos figura asentado en los registros de entrada de la Casa Rosada. Ambos elementos podrían llevar a la conclusión de que es posible que los dos venezolanos hayan estado con los empresarios de su país en aquel acto, ya que la entrada fue muy descontrolada, tal como señala el juez Daniel Petrone.

Se puede debatir-especular con que el dinero era para una coima, una campaña electoral, negocios de los prófugos Uzcátegui-Antonini en Uruguay–Venezuela-Argentina-Miami o una jugada para sacar el dinero de Venezuela donde hay un estricto control de cambios y encaja perfectamente sacarla en efectivo. Resulta ya más difícil hacerlo sobre que la valija era de Antonini y él conocía perfectamente el contenido.

A ningún criminalista le extrañaría que si al Gordo Valor lo atrapan a la salida de un banco con una mochila con 800.000 dólares, diga que el dinero no es de él y que ni sabía que la plata estaba en la mochila. Lo que impacta es que un fiscal y el FBI protejan al Gordo Valor y sustenten que el dinero no era de él y que el pobre no sabía lo que le pusieron en la mochila.

Publicado en Página 12 de hoy 25 de septiembre de 2008.

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Guido Alejandro Antonini Wilson

Publicado por Indalecio González Bergez en 23 - Septiembre - 08

Lo que sigue es un artículo escrito por Jaime Bayly sobre cuando conoció a Antonini Wilson.

Ese raro gordo bonachón

Eran los primeros días del 2002, invierno en Key Biscayne, si podemos llamar invierno a unos días espléndidos, a pleno sol. Yo vivía en una casa en la calle Caribbean, una casa amarilla, de un piso, una de las más antiguas de la isla. Estaba obsesionado con escribir una novela que titulé El huracán lleva tu nombre. Me pasaba la noche escribiendo, escuchando los maullidos de los gatos y los chispazos de las regaderas que se encendían automáticamente. Cuando me daba hambre, subía a la bicicleta y pedaleaba hasta el Seven Eleven.

Una noche, bajando de la bicicleta en el Seven Eleven, un hombre alto y obeso me dijo:

-¿Qué ha sido de tu vida, que ya no te veo en televisión?

Le conté que me había retirado de la televisión de Miami, dado que mi último programa había sido cancelado, los ejecutivos de esa cadena acusándome de ser “demasiado intelectual y marica para los mexicanos de California”. El hombre apretó un botón que desactivó la alarma de su Mercedes del año, deportivo, color gris. Sentí que, al apretar ese botón, había experimentado una alegría rotunda, definitiva, una forma de alegría que siempre me sería esquiva.

Para mi sorpresa, me preguntó dónde vivía.

-En Caribbean road, cerca del Sonesta -le dije.
-Yo tengo un hotel al lado del Sonesta -me dijo.
-¿El Silver Sands? -pregunté.
-Es mío -dijo.
-Hombre, te felicito -dije.
-Te invito mañana para que veas unas cabañas frente al mar que te pueden interesar -me dijo.

Sacó su billetera y me dio su tarjeta.

-Llámame -me dijo-. Tienes que ver las cabañas frente al mar. Son del carajo. Enrique Iglesias viene de vez en cuando con sus amigas.

Luego subió a su auto. Miré la tarjeta. Decía: Guido Antonini Wilson. Al día siguiente, lo llamé. No tenía ganas de verlo, pero me intrigaba conocer las cabañas en las que Enrique Iglesias hacía travesuras. Lo traté de Guido, un nombre extraño en cualquier caso. Me dijo que pasaría a buscarme al final de la tarde. El señor Antonini vino a buscarme en un auto distinto del que había usado la noche anterior. Era un Mercedes grande, cuatro puertas, azul oscuro. Al subir, sentí ese olor a nuevo que conservan los autos recién salidos del concesionario.
Llegando al hotel, me condujo a su oficina. Se sentó en un escritorio y me dijo que ese hotel era de su mujer, de la familia de su mujer, pero que él lo administraba como si fuera suyo y yo era bienvenido cuando quisiera. No me quedó claro (esas cosas nunca quedan claras) si me estaba diciendo que no me cobraría en caso de que me quedase en su hotel.

Poco después caminamos hasta las cabañas con vista al mar. Quedé horrorizado con la decoración.

-Son perfectas para escribir -mentí.

Antes de irnos, le pregunté cuál era la cabaña en la que Enrique se escondía con sus amigas. Me llevó a la cabaña africana, atigrada, con pieles de animales y colmillos de elefantes, y dijo, señalando la cama:

-Aquí ha culeado Enrique Iglesias.

Luego añadió:

-Cuando quieras, puedes venir.
-Muchas gracias -dije.
-Para mí será un honor recibirte -dijo.

No quedó claro si el honor al que aludía me exoneraba de pagar por la cabaña. Al subir a su auto, pensé que me llevaría a casa. Me equivoqué. Guido me dijo que su mujer estaba ansiosa por conocerme. No me preguntó si yo sentía ansias recíprocas.

Vivía en un departamento del Grand Bay, con todos los lujos previsibles. Recorrimos medio departamento sin que su mujer diese señales de vida. Al pasar por la cocina, una empleada dijo que la señora estaba en la lavandería. En efecto, allí mismo estaba. La señora Jacqueline era agradable y distinguida, aunque no necesariamente guapa. Me saludó con afecto distante, como quien saluda a alguien que inspira, a la vez, curiosidad y temor.

-No me pierdo tus programas -me dijo.

No sentí que estuviera ansiosa por conocerme. Sentí que estaba ansiosa por seguir ordenando la ropa con la maniática minuciosidad de una millonaria aburrida. Guido me llevó a su biblioteca. Digo que era una biblioteca porque así la llamó él, no porque hubiese libros. Se sentó en su escritorio, me ofreció un trago, le dije que no bebía alcohol, puso cara de espanto, me invitó agua mineral y se sirvió un whisky.

Por fin hablamos de política.

Me dijo que Chávez era una desgracia, que había instaurado un régimen autoritario y corrupto, que los amigotes de Chávez estaban haciéndose muy ricos, que no se podía hacer dinero a no ser que fueras socio del régimen. Me contó que era amigo de Carlos Andrés Pérez, que hablaban a menudo, que Carlos Andrés estaba en Santo Domingo, pero venía con frecuencia a Miami. Le dije que conocía a Carlos Andrés, que lo había entrevistado el año 97 o 98. Cogió el teléfono, llamó a Carlos Andrés y le dijo que estaba conmigo. Me dio sus saludos. Le dijo que cuando viniera a Miami, teníamos que juntarnos los tres “para hablar de política”.

Hablaron de cosas que no entendí y cortó.

Mi amigo Guido se sirvió otro trago y me dijo:

-Chávez no va a durar. Va a caer pronto. Lo vamos a tumbar.
Le dije que eso sería difícil, dado que los militares lo apoyaban y muchos de sus compañeros de promoción ocupaban puestos claves.

-Acuérdate de mí -insistió-. A Chávez lo tumbamos. Va a terminar en la cárcel.

Pensé que estaba fanfarroneando, que quería hacer alarde de su poder y sus conexiones.
Poco después me llevó a la cochera del edificio y me mostró su colección de autos de lujo: Hummers, Ferraris, Lamborghinis, Mercedes.

-Cuando quieras, te presto uno de estos para que lleves a tus hijas a Orlando -me sorprendió.

Yo le había contado que en pocos días llegarían mis hijas y nos iríamos a Disney.

-Muchas gracias, pero no me animo -le dije.
-Anda en la Hummer -insistió.
-¿Y si choco? -le dije.
-No pasa nada -dijo-. Todos están asegurados.
-Pero el seguro no te cubre si yo manejo -dije.
-No vas a chocar -dijo-. Y si chocas, decimos que yo estaba manejando.

Tras esa exhibición de su riqueza, el señor Antonini me llevó a mi vieja casa amarilla, construida en 1953.

-Llámame cuando lleguen tus hijas -me dijo.

Una semana después, mis hijas llegaron y les conté que había conocido a un extraño magnate venezolano que me había enseñado su colección de autos de lujo y me había ofrecido uno de ellos para irnos a Disney.

-No voy a llamarlo -dije.
-¡Estás loco! -me dijeron-. ¡Llámalo!
-¿Y si es un millonario tramposo perseguido por la justicia?
-¡No importa! ¡Llámalo!

A pesar de mis temores, lo llamé. No contestó. Dejé un mensaje. No llamó de vuelta. Llamé dos o tres veces más. Dejé mensajes. No llamó. Unos meses después, en abril, leí que le habían dado un golpe a Chávez. Me acordé de mi amigo Guido, de sus enfáticas palabras:

-Chávez no va a durar. Lo vamos a tumbar.

Lo llamé para preguntarle qué estaba pasando en Caracas. No contestó. No volví a verlo más, hasta una mañana, cinco años después, en que abrí un periódico en Buenos Aires y vi la foto de ese raro gordo bonachón, acusado de ser “el hombre de la valija”, el misterioso pasajero que llegó en un vuelo privado desde Caracas y quiso introducir ilegalmente un maletín con ochocientos mil dólares en efectivo.

Lo primero que pensé fue: Suerte que no me prestó su Hummer para ir a Disney. Lo siguiente que me dije fue: ¿Pero este gordo no estaba conspirando contra Chávez? Luego me imaginé a su esposa ordenando la ropa minuciosamente en la lavandería del apartamento de lujo, odiándolo en silencio.

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