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El embrollo argentino. Por Osvaldo Bayer

Publicado por Indalecio González Bergez en 20 - Julio - 08

Desde Bonn, Alemania

Otra vez el mismo clima. Otra vez parece que marchamos por una calle sin salida. Hubo un hombre de mi tiempo, Aldo Ferrer, que dijo lo valedero, lo equitativo. Pero nadie lo escuchó. Hay que distribuir las ganancias para llevar adelante una sociedad integrada; si no, quedaremos cada vez más en el subdesarrollo. La sociedad tiene que ser integrada, regulada. Recordemos aquello de la economía social de mercado. Con la que la Alemania destruida de posguerra logró levantarse. Redistribuir las ganancias en la ciencia, en la técnica, en la paz social, en la educación, en la salud, en una industria que vaya eliminando las dependencias. Una sociedad con miserias es una sociedad injusta, corrupta, en sí, inmoral. Además se equivoca aquel que siempre quiere tener más, porque ese afán de dominar es el que crea violencia en la sociedad. Porque el que tiene más es casi siempre traicionado por los cuidadores de ese status.

Una sociedad moderna ya no puede vivir sin las regulaciones. Porque, si no, terminaremos en los grandes castillos de la Edad Media donde se refugiaban los autodenominados nobles para “gozar” de su poder: vestidos desopilantes, joyas, coronas, armas, minués, cuarteto de cuerdas en el almuerzo de los señores, caza del jabalí rodeados por una comitiva de uniformados bien remunerados. Mientras, a su paso, los esclavos bajo el látigo o los eternos peones de la tierra, con sus harapos y sus ojos plenos de miedo y de hambre. Ahora las figuras han cambiado, todo es más disimulado. Pero las vallas morales y materiales son las mismas. Los dueños en sus countries de lujo con las mismas defensas –esta vez ya de empresas de vigilancia– y, a las pocas cuadras, las villas miseria con su increíble cuadro de las fantasías morbosas de la brutal realidad.

En la Argentina ha ocurrido otra vez un golpe, como ya alguien lo ha dicho. Y como todos los golpes se originó, por un lado, por la incapacidad de quienes gobiernan de convencer, y por el otro, los de la filosofía “no me toquen el bolsillo”.

Los autores del golpe sin armas pero con medios salieron a defender lo “suyo”, todos juntos, algunos de bolsillo flaco y los otros, los tradicionales dueños de la tierra, de los medios, de las empresas que compran y venden.

El error de quienes tienen que ser los administradores racionales y justos fue meterlos a todos en la misma bolsa. Los de poca tierra y los eternos señores de la tierra y del cielo. Y todo se convirtió en dos mitades. Y desempató Cobos, un político esencialmente argentino, que cuando le tocó hablar lo hizo a ritmo de tango, y votó con lágrimas en los ojos. Tal vez lo ayudó a decidirse la virgencita de Luján. Recemos. Cuando lo ético, si se forma parte de un gobierno y no se está de acuerdo con una resolución de ese gobierno, es renunciar y no votar en contra de los que justamente lo pusieron segundo en la lista. Se vuelve a la base y no se sigue aferrándose al poder, por si las moscas. Pasó a ser el héroe de la derecha con voz entrecortada. Primero borocoteó a su partido y puso cara sonriente al peronismo K. Ahora, una vez en el poder, vota emocionado en contra y dice que espera ser aceptado de nuevo por su antiguo partido. En letra argentina eso se llama ser radical. Qué curioso, diría un gramaticólogo estructural alemán observando el uso argentino de la palabra “radical”, y se deprimiría al no encontrar una explicación idiomática consensuada. Porque claro, en sí, radical es ser, como lo dice su raíz: revolucionario, avanzado, definitivo. Definitivo. ¿Ad infinitum? ¿Definitivo? De radical argentino pasó a radical K y de K –probablemente– a la fórmula Cobos-De Angeli, de la cual ya se habla.

Pero eso no es el problema fundamental. El patetismo está en las dos Argentinas actuales de las que, desde su nacimiento, nadie fue capaz de hacer una. Fue muy cómico ver al presidente de la Sociedad Rural, el señor Miguens, cantar el Himno Nacional, emocionado, después del voto de Cobos: “ved en trono a la noble igualdad”. Cuando lo vi en la pantalla recordé las orgullosas crónicas de los diarios patagónicos La Unión y El Orden, de 1922, describiendo el gran banquete de la Sociedad Rural a los oficiales del 10 de Caballería que acababan de fusilar a centenares de peones patagónicos. Fue para 120 comensales y se cantó también, con emoción, el Himno Nacional. “Ved en trono a la noble igualdad, libertad, libertad, libertad” (esto es necesario remarcarlo siempre). Se descorchó champagne y los estancieros ingleses presentes le cantaron al teniente coronel Varela –el fusilador– el “for he is a jolly good fellow” (sí, “porque eres un buen camarada”).

Cobos, cuando se emocionó en la madrugada del jueves, ya que votó por el “campo”, tendría que haber mencionado la tragedia de los peones patagónicos, ya que fue un gobierno radical, el de Yrigoyen, el que dio la orden de los fusilamientos. Cobos tendría que haber aprovechado esa oportunidad en que todos los ojos argentinos lo miraban, para pedir perdón –como radical– por tan trágica y tremenda injusticia. Señalar que fue un error garrafal y un crimen de lesa humanidad. ¿No les suscita ninguna culpa, a los radicales K y a los radicales J, tantos peones asesinados?

Cuando Cobos votó por el no, los manifestantes de Palermo todos en coro cantaron el Himno Nacional. (¿No hubo ninguno, que mirando a Cobos, le tararee el “for he is a jolly good fellow? Las crónicas no lo dicen, no seamos mal pensados.) Pero, eso sí, el diario La Nación describió gozoso y engolosinado cómo estaban vestidos los manifestantes de Palermo que vivaron a Cobos: “… un matrimonio con galeras abanderadas de las que colgaban cintas brillantes, con su bebé en cochecito… o looks más vanguardistas (sombreros tipo diseños de autor) realizados con el mismo motivo… Jeans y pantalones livianos con cintos de cuero, camisas y remeras, y uno que otro sombrero, más anteojos de sol, entre las mujeres, y la onda casual Friday entre los varones… un estilo relajado matizado por el traje y la corbata… Y como silencioso detalle anti-K, una suerte de gorro llevado por algunos con esa letra en círculo cruzado, a la manera de la dialéctica vehicular, más la aclaración ‘yo no lo voté’”. (Aquí hago una pausa y pienso: pero Cobos sí lo votó a K, o mejor dicho, a la K.) Y prosigue la crónica muy significativa: “Y como voto al campo, cintas colgantes en verde soja con la leyenda: ‘Apoyo el campo’”. (Aquí también pienso: claro, con el precio de la soja se explica todo.) Y sigue: “El respeto y la amabilidad fueron la constante… a eso de las 6 de la tarde emergieron, entre otros personajes vinculados con la moda, algunos diseñadores de renombre y también el peluquero más famoso, entusiasmado con la multitud. A un paso, chicos y grandes con mascotas. Así, como en familia”.

Qué idílico. Tendríamos que estar orgullosos de que haya argentinos tan finos y delicados. Somos una familia.

No tanto. Tenemos un país dividido, como en toda nuestra historia. Federales y unitarios, el progreso de Roca y los indios bárbaros y salvajes, los argentinos de bien y los anarquistas extranjerizantes; los cabecitas negras y los libertadores, los argentinos desaparecedores y los desaparecidos; perucas, paraguas, bolitas y argentinos rubios y de ojos celestes.

Celebro que un grupo grande de intelectuales argentinos haya escrito tres cartas sobre la temática del país y así hayan tomado posición en la discusión. Por fin los intelectuales salen a la palestra. Ojalá que esto prosiga y sean tomados en cuenta cuando opinan. Y sería bueno que los políticos de vez en cuando los convoquen para escuchar su opinión. Porque el principal deber del intelectual es ése: salir a la calle cuando en la sociedad hay injusticias o se reprimen las libertades.

El diario alemán Frankfurter Rundschau informó ayer en su página editorial sobre el conflicto que sacude a nuestras pampas. Y lo titula “El embrollo argentino”. ¡Qué delicado y fino el periodista! Hablando en lunfardo, más que un embrollo es un verdadero quilombo. De “el país de las espigas de oro”, cantado por Rubén Darío, al país de la soja de oro. Sí, pero con villas miseria y niños desnutridos.

Publicado en la Contratapa del diario Página 12 del sábado 19 de Julio de 2008.

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A propósito del voto de Cobos. Por RC (*)

Publicado por Indalecio González Bergez en 19 - Julio - 08

Mientras el periodismo exalta la figura de Cobos, remarcando su temple y valentía, el modo en que logró superar en la sesión del Senado del miércoles pasado los condicionamientos que se le atribuyen por izquierda y derecha a la política kirchnerista, el Vicepresidente de la Nación vive sus días de gloria en la provincia de Mendoza, luego de un raid automovilístico por las provincias más ricas de nuestro país que coronó con un saludo desde algún balcón.

La clase media celebra el voto independiente y sensato, sincero, sentido, franco, del vicepresidente. En ello encuentra un resurgimiento de la república, un desafío a la “hegemonía” de los Kirchner y a su “soberbia” y, sobre todo, un noble ejercicio de la representación parlamentaria.
Sorpresivamente, nadie cuenta cuál era el alcance de la votación que llevó a cabo el miércoles pasado y que el vicepresidente Cobos ayudo a dirimir.
La ley aprobada en el Congreso de la Nación y que se discutió en el Senado,  mantenía el régimen de retenciones móviles que se pusiera en práctica con la Resolución 125/2008, pero sólo para el 20 % de los productores más ricos del país. El 80% restante, a través de las compensaciones votadas por el propio Congreso en la misma ley, se encontraría en una situación igual o mejor a la que estaba al 1° de marzo de este año.
Para muchos, las retenciones serían las mismas que entonces, mientras que para otros, los más pequeños, serían inferiores.  El universo de los beneficiados por el proyecto en cuestión, alcanzaba a quienes cuentan con una producción anual que sólo en soja (sin contar otros cultivos o producciones que pueden complementar durante el resto del año a ese cultivo, cuyo ciclo de producción es de aproximadamente seis meses), podría alcanzar la cifra aproximada de un millón quinientos mil dólares. Se trata de productores que cuentan con un capital de entre 2 y 5 millones de dólares y que en los últimos 5 años obtuvieron cuantiosas ganancias por factores ajenos a su desempeño (como el dólar caro que mantiene el gobierno o el aumento internacional de los precios de los alimentos).
La norma cuya aprobación impidió Julio Cobos, mantenía el nivel de retenciones de la famosa Resolución 125 únicamente para los productores con más de mil quinientas toneladas, los cuales representan el 20 por ciento de la totalidad de los productores argentinos. Serían, posiblemente, 20.000 productores, de un universo de cien mil, los que debían afrontar estas retenciones. Entre ellos, se encuentran los tradicionales exponentes de la oligarquía argentina, con extensiones que superan en muchos casos las 20.000 hectáreas.
Ese ínfimo porcentaje de argentinos era el único que de acuerdo a la ley que se debatió días atrás en el Senado, se encontraría obligado a soportar retenciones mayores a las existente a marzo de este año.
La ley que Julio Cobos ayudó a que no fuera aprobada, fue una ley que sólo afectaba a las personas más ricas de nuestro país y que por la vigencia de esta norma no se encontrarían impedidas de seguir trabajando, exportando y enriqueciéndose, como quedó demostrado durante los casi cuatro meses de conflicto, en los que en ningún momento se puso en duda que las retenciones móviles comprometieran la extraordinaria rentabilidad de los grandes productores.
Como contrapartida, la votación de Julio Cobos al mismo tiempo colaboró a la consolidación del modelo sojero que a esta altura no es necesario explicar, aunque sí recordar lo que representará de acá en adelante: a) aumento de los precios de los alimentos; b) destrucción de la cultura agraria en manos del negocio financiero; c) paulatina desaparición de las producciones alternativas a la soja como trigo, maíz, carne, leche, con los consecuentes riesgos de abastecimiento para el mercado local y el lógico encarecimiento de tales productos; g) nefastos problemas ambientales –desertización- y sociopolíticos – como la expulsión de sus tierras de las poblaciones originarias-; h) importantes pérdida de empleos en el sector industrial, por la disminución de la competitividad originada en la baja del dólar.
En suma, el 99% de argentinos que se habrían visto beneficiados con la aprobación de esta norma, sufrirán en el corto, mediano o largo plazo, según el caso, los efectos perniciosos de que eso no haya ocurrido gracias al voto del vicepresidente Cobos.
Más allá de los daños institucionales y políticos –todavía inconmensurables-, los daños a la economía argentina de esta decisión resultan ya cuantificables.
Nuestras percepciones políticas, nuestras fuentes de información, el compromiso con nuestra situación socioeconómica o laboral, deberían ser revisadas, si consideramos que decisiones como la de Cobos representan a la voluntad popular y traducen fielmente los intereses de los votantes.
Tal vez la respuesta a las inquietudes que pueda plantearnos ese examen, podremos encontrarlas en la particular fórmula que el vicepresidente Cobos eligió para emitir su voto. En lugar de expresar que su voto era por la negativa, o que rechazaba el proyecto aprobado en el congreso, culminó su intervención con una extraña fórmula: mi voto, dijo, no es positivo.
Probablemente, con la sinceridad que anunció tener, estuviera pensando en los intereses de los más de treinta millones de argentinos que habiéndolo votado o no, se verán perjudicados con su decisión.

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(*) Así está firmado tal como me llegó, así lo publico.

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El vicepresidente también veta. Por IGB

Publicado por Indalecio González Bergez en 18 - Julio - 08

Había dos posibilidades: a favor o en contra.

Aunque seguir hoy con “qué hubiera pasado si” no sirva de nada, si sirve pensar más sobre constitucionalidad, institucionalidad, legitimidad.

El vicepresidente Julio Cleto Cobos (no se por qué hay especiales ganas en escribir Cleto) tuvo la suerte o desgracia de ser quien definía el futuro del 80% de los productores pequeños y medianos. Pocas veces en la historia de este país se aplicó el artículo 57 de la Constitución Nacional. Pocas veces fue el vicepresidente el que desempató una votación.

Ayer fue para él uno de los momentos más difíciles de su vida, según dijo. Ayer todas las cansadas miradas estaban sobre su discurso.

Ahora los invito a ponernos en su lugar. El vicepresidente tenía que votar. Podía hacerlo respetando a las mayorías, las mayorías que votaron este plan económico en octubre, las mayorías que lo votaron a él como vicepresidente, podía hacerlo recordando las caras y el perfil de sus votantes (si los reconociera como propios y no como prestados por su compañera de fórmula). Podía hacerlo pensando en la plataforma política que defendió hace tan solo 10 meses cuando pidió el voto. Podía acordarse de los discursos sobre redistribución del ingreso, combatir la pobreza, mejorar la calidad de vida de los pobres. Podía cumplir con su palabra cuando juró como vicepresidente de la Nación. Pero si esto no alcanzaba, podía hacerlo respetando las mayorías, las otras mayorías. Las leyes para que sean sancionadas por el Congreso como tales deben contar con los votos de la Cámara de Diputados y el Senado. Ante el empate en el Senado, Cobos podía haber mirado a las mayorías que le dieron media sanción en Diputados. Podía haber pensado en que los representantes del pueblo, los señores Diputados de la Nación, luego de consultas y debates habían llegado a un acuerdo y habían dado media sanción por mayoría. Cobos, que no es senador, tenía la posibilidad de votar ante un empate. Porque veamos bien. En el Senado no ganó la postura del campo que reclamaba el rechazo al proyecto. Los senadores no se pusieron de acuerdo. No ganó ni la aprobación de la ley que enviaba Diputados con media sanción, ni el rechazo. Quedaron empatados. Si ganó en Diputados, ahí si ganó. Pero Cobos dijo que no. Con atribuciones que hubieran sido más que muy cuestionables de haberse planteado al revés el tema, Cobos impuso su opinión por sobre todas las cosas.

Hagamos un paréntesis y veamos el “qué hubiera pasado si” desde otro ángulo. El Poder Ejecutivo está en contra de un proyecto de ley que se está tratando en la Cámara de Diputados por presión de grupos económicos. Supongamos para hacerla más fácil que el sector agropecuario consigue que Diputados trate una ley que da beneficios impositivos a las explotaciones agropecuarias. Supongamos que se aprueba en Diputados y se envía al Senado. Supongamos que la fuerte presión del gobierno logra que no se apruebe en el Senado como se esperaba. Si bien no consigue el rechazo, logra que no se apruebe. El sector agropecuario no logra su ley. El vicepresidente tiene que votar: “Mi voto no es positivo”, y casi con vergüenza y en tono bajo aclara, “mi voto es en contra”. Qué dirían los medios de comunicación, qué dirían los productores agropecuarios.

Bien, Julio Cesar Cleto Cobos, vicepresidente de la Nación, votó en contra de los que lo votaron, votó en contra de la mayoría de Diputados, votó en contra del gobierno al que dice pertenecer. Tenía dos opciones, eligió la propia. Eligió ser él quien resolvía sobre el futuro del plan económico, el futuro de los productores agropecuarios, eligió que se mantuviera la igualdad entre los grandes y los chicos. Eligió la libertad de las gallinas y el zorro. Ese es el vicepresidente.

El entusiasmo de los Miguens y los Llambías era entendible. El entusiasmo de Buzzi inexplicable. Los grandes productores trabajan con las mismas reglas que los defendidos de Buzzi. ¿Quién gana en el mercado si un chacarero con 300 hectáreas compite en igualdad de condiciones con un fideicomiso internacional que explota 400 mil? Muchas veces escuché a los pequeños productores decir que no se podía competir con grupos que pagan alquileres muy altos porque ganan en cantidad. ¿Ahora quién los defiende si Buzzi brindó con Llambías? Productores pequeños son las gallinas en un gallinero al que los tipos como Cobos y Buzzi llenaron de zorros. Lamento sinceramente que sean ustedes los que pagarán esos platos rotos.

Por suerte no soy ni presidente de la Nación ni siquiera funcionario de este gobierno, pues para acelerar ese “tardan más en entender, hay que esperarlos” que con paciencia oriental reclamó CFK ayer, me gustaría que el gobierno levantara los beneficios que el Estado da al sector: que dejen de pagar un gasoil subvencionado por todos los argentinos, que dejen de exportar con un dólar a 3 pesos que subvencionamos todos los argentinos, que dejen de tener un IVA del 10,5 para insumos cuando todos los argentinos pagamos todo con un IVA del 21. Por suerte yo no soy presidente.

Lo que Julio Cesar hizo fue vetar, no votar.

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