La discución había empezado temprano. Los diputados de todas las bancadas querían dar a conocer su opinión. Todos querían justificar el por qué de su voto.
Durante la década de las privatizaciones, donde achicar el Estado era sinónimo de agrandar la Nación, se vendieron hasta las jubilaciones. Fue entonces cuando aparecieron las AFJP: empresas dedicadas a administrar los fondos de todos los trabajadores. El negocio perfecto.
La administración Cristina resolvió que debía volverse al sistema de reparto, al sistema estatal, como en los principales países del mundo y envió un proyecto de ley al Congreso.
Nadie defendía a las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), ni siquiera el diputado ultraderechista Federico Pinedo, que si bien justificaba el fondo, criticaba la forma. A medida que pasaban las horas se calentaba el ambiente. Acusaciones directas, de diputado a diputado, cuando el reglamento establece que deben dirigirse a la presidencia. Todos levantaron la vos, todos gritaron y justificaron su negativa o afirmativa. Estar a favor de la eliminación era fácil, solo había que dejar en claro la importancia que tenía controlar esos fondos. Estar en contra era más difícil.
Al pasar las horas los oradores se acusaban mutuamente de estar en contra de los intereses de los jubilados. Unos por aprobar la ley de privatización, otros por aprobar una reducción del 13% a las jubilaciones.
Patricia Bullrich, María América González, Felipe Solá, Carlos Raimundi, todos opinaron. Unos a favor y otros no tanto.
Llegó el turno de los presidentes de bloque y cerraron Oscar Aguad por la UCR y Agustín Rossi por el Frente para la Victoria.
Eran las dos de la mañana y estaba cansado en mi casa viendo lo que ocurría. El debate había perdido interés, pero los cierres suelen ser buenos.
Oscar Aguad tomó el microfono y comenzó un encendido discurso por la bronca que le daba votar en contra. Por algún manual del opositor mal escrito, Aguad tenía que votar en contra cuando en realidad estaba a favor y tratando de justificar a su bloque arrancó contando con orgullo que era el mismo bloque que había escrito el artículo 14 bis de la Constitución Nacional sancionada en 1957. Dijo eso con orgullo y agregó, por aquello de que la mejor defensa es un buen ataque, que no entendía a un país donde el oficialismo no se sentara a conversar con la oposición.
Escuché las dos afirmaciones de Aguad al hilo y noté que mi humor se estaba yendo a la mierda. Cómo podía ser que un diputado de la Nación sostuviera con orgullo que habían sido los autores de tal o cual artículo (más allá de que todos estemos de acuerdo con el 14 bis, aunque no se cumpla ni por error) durante la reforma del ‘57. Para colmo agregó como tomandonos el pelo que no entendía a un país donde el gobierno no recibía a la oposición. La segunda observación hecha sin la primera es muy entendible, ahora después de la referencia a 1957 es inaceptable.
Habría que recordarle al señor diputado presidente del bloque de la UCR que en 1957 se sancionó una Constitución Nacional (algo así como el Contrato Social Argentino) con el partido mayoritario proscripto. Que se sancionó una Constitución que directamente desconoció la sancionada en 1949, hecha por un gobierno legítimo. Que se sancionó una Constitución Nacional con la celosa mirada de las Fuerzas Armadas. Habría que recordarle al señor Oscar Aguad, que ese radicalismo del que se siente orgulloso gobernó un país donde las mayorías no solo no eran escuchadas sino que estaban prohibídas.
Democracia y República son dos banderas que levanta el radicalismo y, si bien es cierto que parte de su movimiento puede hacerlo con orgullo, no lo es justamente el bloque que levantó la mano en 1957.