Pabellón Político y Boca de Urna (FM La Boca)

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Posts etiquetados ‘Enrique González Bergez’

…y asegurar los beneficios de la libertad…

Publicado por Indalecio González Bergez en 01 - Abril - 09

Tercera parte de tres del cuento “Para los otros la libertad” de Enrique González Bergez, publicado en la revista UNIDOS en diciembre de 1987.

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…y asegurar los beneficios de la libertad…

Viste el galpón grande, el que está atrás del bañadero de toros… ¡bueno, allí dormíamos. ¡Había que ver los ratones corriendo entre los cueros secos apilados con sal! Porque no era como ahora, viste: cuando se moría un animal el mensual lo cuereaba y lo llevaba al saladero para que se supiera que era muerte y no robo. Mirá , todavía tengo en la nariz el olor rancio del cuero fresco y de la sal podrida y de las moscas verdes que en verano no dejaban dormir si entraba la luna por las claraboyas del techo. A las seis tocaban la campana y nos íbamos saliendo de a uno, el recado en que habíamos descansado al hombro, para ensillar. Unos mates, y hasta la noche de nuevo… Sí señor, de sol a sol, sin domingos ni feriados. Y al que no le gusta se va. Como cuando nos dieron carne podrida en el guiso, y no era la primera vez, y tanto les dije que no nos podíamos dejar hacer eso que al final me acompañaron. Pero cuando estuvimos delante del escribano se callaron todos y quedé pagando. Yo siempre fui rebelde, mirá, porque me indigna la injusticia. Pero los demás tenían miedo. Es que después le pedían al oficial de Estación Delfina que te ablandaran, y con cualquier excusa te metía en el calabozo y te acusaban de cualquier mentira, que habías robado un cojinillo o que faltaba un cordero, viste, y ahí te daban. Por unos días te quedaban ardiendo los riñones cuando salías a orinar al sereno. Y eso que a mí no me andaban jodiendo porque era medio protegido del doctor. De chico me había regalado un potrillo tobiano porque le gustó un pial que eché en una yerra en el Retiro. Primavera le puse, porque era el 21 de septiembre. Yo lo amansé y era locura que tenía, viste. Salió ligerísimo y cuando cumplí dieciocho el doctor me pidió que se lo vendiera barato para un sobrino. A mí me costaba desprenderme, pero al doctor no se lo podía negar, y se lo di por monedas. ¡Hijunagranputa! Después me enteré de que se lo había regalado al caudillo de Estación Delfina, que era carrerista grande, antes de unas selecciones. Esa no se la perdoné nunca, porque el Primavera era lo único que tenía. Era gente mala o, qué sé yo, capaz que los habían enseñado así. Una mañana, me acuerdo, habíamos estado curando de gusano unas ovejas. Un borrego se quebró y hubo que degollarlo. Para ese tiempo yo ya era casado y había nacido el Negro. Era chiquito, viste. Andábamos con lo justo y entonces le pedí al capataz que me dejara llevar el borrego muerto a las casas para comerlo. –”No se puede –me dijo– porque después se acostumbran mal”. ¡Qué lo parió! Si cuando me acuerdo me vuelve una cosa…

La Elvira trabajó un tiempo de cocinera en la casa grande, cuando venían los patrones, y decía que la señora Delfina era muy buena. Para mí que ella no se enteraba de nada. Pero el inglés Carruters, que administraba, con ése no se podía joder.

Cuando la nena empezó la escuela, nos quedaba una legua y media del puesto. La camioneta del escribano la llevaba todas las mañanas, cuando iba a hacer las compras. Pero al mediodía se volvía quince minutos antes de que saliera, y la nena tenía que caminar por la vía hasta las casas. Ni un sulky nos dejaban tener para ir a buscarla.

Uno entregaba la vida. Y si no miralo a Juan Acosta, un hombre triste, acabado. Dejó cuarenta y siete años en la estancia y cuando no sirvió más se fue al pueblo con una mano atrás y otra adelante. Y ahí anda el pobre lleno de achaques, viviendo de la caridad de los hijos.

¡Dejate de joder! Yo no digo hacerse rico, viste, pero decíme vos si es justo que nos trataran como animales.

No, por eso si uno les cuenta, capaz que piensan que uno está bolaceando, pero hay que haberlo vivido para saberlo. Por eso, cuando a mí me dicen de Perón, no sé… habrá sido lo que quieran, pero, para nosotros, todo aquello se acabó cuando él vino. Lo habrá rodeado gente mala, como dicen ustedes, pero fue el único que se ocupó del pobre.

Estas crónicas de Estación Delfina son reales. Las historias son testimonios de los propios protagonistas, cuando no hechos vividos personalmente por el autor. Sólo los nombres de los personajes y el del mismo pueblo han sido alterados. Estación Delfina –que no se llama así– está enclavado en plena pampa húmeda, a 200 Km. de Buenos Aires, en la zona más rica del país. La rodean varias estancias de más de 5.000 Has., la mayor tiene 12.000 Has. Allí la tierra vale u$a 1.200/Has. Tiene ferrocarril –ahora clausurado–, acceso asfaltado, electricidad y teléfono. Su población, de trabajadores rurales en su mayoría, es de alrededor de 600 personas. Una encuesta realizada por el autor y un grupo de compañeros del lugar, sobre 90 viviendas y 300 personas, arrojó los siguientes resultados:

–El 55% de los varones no tiene trabajo.
–El 68% de los ancianos no percibe jubilación ni pensión.
–El 30% no sabe leer ni escribir.
–El 67% de los niños no termina la enseñanza primaria.
–El 30% de los encuestados no tiene cama.
–El 50% de las casas no tiene luz eléctrica.
–El 70% de las casas no tiene baño.

El más dramático testimonio de esta encuesta constituye la ficha de una muchacha, atrasada mental, que vivía sola. Había tenido un hijo normal, que fue entregado a un matrimonio de paso por el pueblo. Unos meses después, en una noche helada, la encontraron muerta en la puerta del rancho. La ficha decía textualmente:

–Gélvez, María Rosa
–Edad: 30 años
–Instrucción: ninguna
–Trabajo: no tiene
–Vivienda: rancho de barro, de 2 piezas
–Cama: no tiene
–Baño: no tiene
–Observaciones: necesita ayuda

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Publicado en UNIDOS, año V, N° 17, diciembre de 1987. La versión en Internet está en la página de Croqueta y la pueden consultar acá.

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…proveer a la defensa común…

Publicado por Indalecio González Bergez en 01 - Abril - 09

Segunda parte de tres del cuento “Para los otros la libertad” de Enrique González Bergez, publicado en la revista UNIDOS en diciembre de 1987.

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…proveer a la defensa común…

El sufre del corazón, no puede trabajar. El doctor le dice que está bien, pero si yo lo oigo cómo se ahoga a la noche… Y con la calor, cuando toma mucha agua, le viene como un chucho. Lo que pasa es que para jubilarse le faltan siete años, pero… yo digo, con lo que este hombre ha trabajado en la bolsa ya tendría que poder jubilarse. Y lo peor son los disgustos. Cuando se murió la nena del Grabriel era como si hubiera sido su nieta, pero la nena ya venía enferma cuando el Grabriel se juntó.
Como él le decía, por qué no la internan porque la pobrecita era falta de nacimiento ya, y usted sabe lo que es ocho años en ese cajoncito sin poder moverse… El peligro era en verano por la mosca ¡Lo que ha sufrido esa criatura cuando se agusanaba!… ¡Pero si ni par fluido tenía a veces el Grabriel!…
Por eso cuando se murió, paz descanse, en medio de todo fue un alivio. Pero mi marido la sintió como una nieta. Y ahí le venía el sofoco y no podía de dolor de espalda. ¡Y cuando se estaba pasando todo eso viene que la Eva, la menor, queda embarazada. Y usted sabe, cómo están las cosas! El año pasado el Grabriel nutriaba, pero ahora no se pueden poner tramperas porque en todos los cuadros hay hacienda y el Doctor no quiere por los terneros. Y entonces la convencimos de que la tenía que dar. La señora nos dijo que a lo mejor un amigo de ellos, que la esposa no puede tener familia, se la podía quedar… que era gente muy rica que vivía en Francia y que ella le iba a avisar. Pero cuando le nació la nena el señor no apareció.
Y la Eva se empezó a encariñar con la nena, ¿usted sabe? Tres kilos y medio pesó la nena y es rubia… y linda. Mí marido se puso como loco y ya no quería darla. Pero nosotros ¿cómo la íbamos a criar? Y le empezó de nuevo la fatiga y los vómitos. Por suerte ayer vino el Grabriel con su señora y dicen que, si la Eva quiere, ellos se la quedan ya que se les murió la otra. Usted sabe ¡qué alegría! ¡qué se yo!… en alguna forma nos vamos a arreglar y la Eva, quién le dice, a lo mejor puede entrar de sirvienta en la estancia. Cuando vuelvan los patrones por ahí la toman… Pero si usted sabe de alguien que necesite una chica para todo trabajo, en Buenos Aires o donde sea, la Eva es fuerte y no le va a andar sacando el cuerpo.

…promover el bienestar general…

Señor Intendente del Partido de Coronel Céspedes, Señores Concejales y autoridades municipales y eclesiásticas, Señor Doctor don Guillermo Arroyo Zavala y familia, señoras y señores, pueblo de Estación Delfina:
Enorme emoción embarga mi espíritu, como Delegado Municipal de nuestro querido pueblo, al tener el honor de pronunciar estas palabras de agradecimiento en el solemne acto que nos convoca. No estará de más hacer una breve reseña de la trayectoria que nos trajo, desde aquel caserío inicial de principios de siglo, a este orgulloso presente que nos proyecta a un futuro mejor.
En el recodo que hace el camino que va a la fábrica de cerámica, lamentablemente ahora abandonada, estaba el monte de Moras, llamado así por el almacén de ramos generales de dicha familia, la más antigua de estos pagos. A dos cuadras de allí la pica del Progreso Inglés construiría, en 1904, la Estación de Ferrocarril y los enormes galpones que durante años almacenaron la riqueza de esta fértil llanura antes de que se trasladara al puerto desde donde, allende los mares, iría a alimentar al occidente civilizado.
Ya entonces las estancias El Retiro y Abril rodeaban estos predios. Empresa rural pujante, propiedad del aquel pionero que fue don Jorge Arroyo Pereira, cuyo hijo, el doctor Arroyo Zabala y sus nietos nos honran hoy con su presencia generosa. Heredó el hijo las virtudes del padre: abogado joven, perfeccionó sus estudios en colegios de Europa, a donde lo vuelven a llevar frecuentes viajes que alimentan su insaciable sed de cultura. Hombre de alcurnia, sabe lucir su señorío en los salones de Buenos Aires, pero también su trato afable con la gente modesta y su mano firme para manejar sus intereses, muestran al caballero de raza que supo incrementar el patrimonio de sus ancestros con la adquisición de otras dos estancias: La Lejana y El Cencerro, donde nacieron esos ejemplares de Aberdeen Angus galardoneados varias veces en Palermo.
Los hijos de este pueblo aprendieron de su ejemplo, trabajando codo a codo a su lado por esa grandeza. En alta medida a él le corresponde el mérito de haber forjado las virtudes que nos caracterizan: dedicación al trabajo, modestia, respeto, y obediencia.
El ha sido el primero en entenderlo y por eso estamos aquí a agradecerle el acto desinteresado de una donación que tomamos por los que es: inmerecida pero generosa, desde que pretende devolver al pueblo lo que él considera que merece por su tesón, premiando el sudor de sus esforzados hijos.
Doctor Arroyo Zabala reciba usted y su distinguida familia, por mi intermedio, la emocionada gratitud del los vecinos de Estación Delfina, que nunca olvidarán su gesto ante la grandeza de la nueva obra que desde hoy prestigia sus modestas calles, junto al edificio de la vieja escuela Lainez, al destacamento de policía y a la promesa de la próxima construcción, por el gobierno de la Provincia, de una sala de Primeros Auxilios.
Señor Cura Párroco de Coronel Céspedes, tenga usted a bien bendecir la Capilla San Jorge, donada por el doctor Arroyo Zabala.
Nada más.

(Continua)

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Publicado en UNIDOS, año V, N° 17, diciembre de 1987. La versión en Internet está en la página de Croqueta y la pueden consultar acá.

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…afianzar la justicia…

Publicado por Indalecio González Bergez en 01 - Abril - 09

Primera parte de tres del cuento “Para los otros la libertad” de Enrique González Bergez, publicado en la revista UNIDOS en diciembre de 1987.

Las historias de vida que siguen, apenas ficcionalizadas, no transcurren en geografías lejanas o exóticas. Por acá no más viven las Marías Rosas Gálvez que no tienen trabajo, ni cama y necesitan ayuda.

…afianzar la justicia…

En ausencia del oficial principal Rubén Hortensio Cardoso, comparece ante mí, Cabo primero Marcelo Sosa, a cargo del Destacamento de Policía de Estación Delfina, una señorita de sexo femenino que dice llamarse Iris Mabel Becerra, argentina, estado civil soltera, de veintiséis años, sin documento de identidad, que no lee ni escribe, más comúnmente conocida por los vecinos como “la oveja”, que se presenta en esta repartición a los fines de dejar constancia de la siguiente denuncia que pasa a relatar. Encontrándose la susodicha la noche del sábado pasado en su casa del barrio llamado de “El Zanjón”, que consta de dos piezas levantadas en barro, una para cocina, y una letrina que está a una distancia de seis metros de la misma, recibió la visita de dos sujetos vecinos de esta zona, de apellidos Santana y Guerrero, de su amistad, que se presentaron con el fin de visitarla y retribuirle un servicio del cuerpo, como saben hacerlo con frecuencia. Los citados individuos estaban algo bebidos y llevaban con ellos, el llamado Guerrero, una botella de grappa marca La Legua, de litro, que se encontraba a medio tomar. Los susodichos y la compareciente luego beben en abundancia y dice no recordar lo que pasó hasta que despertó sola y despojada de sus ropas, en el piso de la pieza con fuertes dolores de parto, pues se encontraba embarazada no sabe decir de cuántos meses. En esta situación da a luz a una criatura de sexo masculino a la que alcanza a envolver en unas mantas y, sin fuerzas para llegar a la bomba del patio, vuelve a conciliar el sueño hasta mediodía, donde los llantos del hijo y el calor la despiertan y entonces puede higienizarse. Agrega que no teniendo nada para comer y víctima de fuertes dolores transcurre el día domingo y en la noche de ese día, sin saber cómo afrontar su nueva situación por falta de recursos y suponiendo que lo hacía por el bien de la criatura, dado que lloraba sin parar lo lleva hasta el pozo del excusado o letrina que se encuentra al fondo del terreno y lo introduce en el mismo, luego de lo cual regresa a su pieza y se duerme hasta hoy por la mañana.
Preguntada sobre si conoce al padre del menor, contesta no saber quién puede haber sido. Preguntada si tiene padres o hermanos contesta que tuvo madre, que ya murió, y hermanos no sabe si tres o cuatro pero que ignora dónde puedan estar. Preguntada con qué recursos vive dice que sabe hacer changas como servicio doméstico en las Estancias El Retiro y Abril del Dr. Arroyo Zavala, pero que, como los patrones andan de viaje, hace meses que no trabaja. Preguntada sobre si volvería a hacer lo mismo, confiesa estar arrepentida de su acto, pero que no se anima a volver al excusado, de donde cree oír quejidos. Ante esta situación se dispone que los agentes Oscar Nelio Villegas y Rogelio César Estévez se apersonen en la vivienda, donde verifican en el susodicho lugar la presencia del cadáver de una criatura de sexo masculino, fallecida seguramente por asfixia. Sin nada más que declarar queda detenida la infrascripta y se pasan las actuaciones al Sr. Juez de turno del Tribunal de Mercedes. No sabiendo firmar figura al pie la huella digital de su pulgar derecho. Doy fe.

…consolidar la paz interior…

Me va tener que dar una mano porque ando en la mala. Porque seguro que cuando refresque le va a ir a alcahuetear al oficial y me van a venir a buscar. Yo no le quise hacer nada, si ni vale ensuciarse por uno como él. Pero anduvo provocando toda la noche. Pasaba y se reía. Y yo estaba con la familia, vió. Para mejor la noche de fin de año.
Cuando me acerqué a la cantina a buscar gaseosa para las criaturas, ya estaba medio en pedo apoyado en el mostrador. Y otra vez se reía con los otros. Para mí que era porque la Griselda se fue con la nena a las casas cuando él la cagó a palos. Porque la Griselda es prima de mi señora, vio. Y ahora no quiere volver y él no se lo perdona. Pero nosotros ¿qué tenemos que ver? Sabe qué pasa: yo no quiero problemas con nadie, pero que no me busquen porque me van a encontrar. Como el día que nos mandaron a Mercedes por lo de Pelado. Fue una injusticia porque el que empezó fue él. Yo estaba con Tito y Aníbal y nos dijo que no éramos culo para bolsear en el galpón a la par de él. Todo porque el sábado me habían dado la changa a mí en lugar de él. Y, como yo le dije, yo qué tenía que ver si él no estaba. Pero no, siguió jodiendo hasta que Tito le dio un empujón. Ahí no más agarró la fusta y nos enfrentó a los tres.
Aníbal lo abrazó de atrás pero no aflojaba. Hasta que zafó y volvió con la fusta. Y pegaba fuerte. Yo le dije –no te hagás de matar Pelado– pero nada. Cuando Aníbal lo volvió a agarrar, Tito le hizo unos puntazos en la barriga, pero seguía pegando con la fusta. Y no hubo más remedio.
Fui a buscar la tranca de atrás de la puerta y me le dormí de un fierrazo. Cayó como muerto, pero a los quince días estaba otra vez en el pueblo, todo vendado, pero mansito. Ahora, tarde por medio, va a tomar mate a las casas y nunca más tuvimos una palabra. Pero los que tuvimos que bajar al tribunal de Mercedes fuimos nosotros… ¡Y si nosotros no habíamos empezado! Eso está mal. Y ahora va a ver que pasa lo mismo. Y yo no hice nada malo. Cuando siguió cargando la llevé a la Negra y a los chicos a las casas y volví al baile. Estaba en la puerta que ni se podía tener. Cuando me ve llegar, ya era de día, dijo co–co–co las gallinas y ahí se me nubló la vista.
Pero con el cuchillo apenas lo toqué y anda gritando. Por un ojalito apenas hace tanto barullo, porque la camisa se la rajó cuando saltó detrás del auto de Rangoni. Pero usted va ver: ahí viene el jeep de la policía y seguro que van a decir que yo tengo la culpa. Usted sálveme… Si usted le dice capaz que no me mandan a Mercedes. Yo soy hombre de trabajo y en el frigorífico de Coronel Céspedes otra vez no me van a esperar. Sabe qué: yo el miedo que tengo es que el desgraciado se haya ido en sangre cuando lo llevó la ambulancia.
(Continua)

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Publicado en UNIDOS, año V, N° 17, diciembre de 1987. La versión en Internet está en la página de Croqueta y la pueden consultar acá.

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