Hace un par de semanas en una charla ante más de 400 jóvenes, el conferencista dijo: “Ustedes son muy chicos, pero en 2001 hubo una crisis muy fuerte en este país”. Yo era parte del público, levanté la cabeza y miré a mí alrededor, creí estar en el lugar equivocado. Nadie podía contar de esa manera lo que ocurrió el otro día. Nadie que no le hablara a chicos de primer grado. Sin embargo, hechas las cuentas estaba rodeado de chicos de 17 y 18 años. Tenían los muy desconsiderados 10, 11 años cuando De la Rua subió al helicóptero desde los techos de la Casa Rosada.
Pensé en ese momento la responsabilidad que se tiene al hablar con alguien tan joven, y no es que yo sea viejo, ni mucho menos, a mi me pasa lo mismo con el plan Austral. El pasado reciente tiene más de pasado que de reciente. Y dentro del pasado, dentro de la historia, da más o menos lo mismo hablar del plan Austral, San Martín o la caída del Imperio Romano de Occidente. Todo pertenece al pasado.
Está claro, lo está para mí y más aun para quienes tienen un par de décadas más que yo, que la historia está tan lejos de la objetividad como el presente. Me acuerdo de mi abuela contándome los horrores del peronismo, siempre con la misma frase final que alejaba cualquier posibilidad de duda sobre lo sucedido: “A mí no me lo contaron, yo lo viví”. Las contradicciones políticas que tuve antes de cumplir los 10 años fueron propias de la historia de este país. Al llegar a casa el cuento era el mismo, pero visto justo desde el lado opuesto y estaba claro que a mis padres nadie se los había contado, ellos lo habían vivido. Cómo podía ser que la vieran tan diferente. Cómo podía yo tener una idea remota de lo que había pasado.
Hablar sobre el pasado reciente pone en evidencia que ni siquiera con la caída del Imperio Romano se puede ser objetivo. Rápidamente podemos empezar un debate, aun más apasionado que el de la soja, sobre la verdadera importancia que tuvo la nariz de Cleopatra, sobre cuáles fueron las razones del asesinato de Julio Cesar y lo hijo de puta y traidor que fue Marco Junio Bruto.
Sin embargo, vemos hoy a muchos a los que no se la contaron, que la vivieron y la cuentan como verdad absoluta a la más reciente historia Argentina.
Ese día, en la Sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza, coincidí con la visión sobre lo ocurrido en diciembre de 2001 con el funcionario que daba la charla. Sin embargo, estoy seguro que más de uno de los estudiantes que lo oían, llegaron a su casa confundidos por escuchar una historia diferente a lo que hasta ese día sabían que había ocurrido en diciembre de aquel año.
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El 8 de agosto, el periodista Ernesto Tenembaum, con quien por lo general comparto la visión sobre lo que ocurrió y ocurre en nuestro país, escribió una nota dirigida a jóvenes que no la vivieron. Les escribió a esos jóvenes a los que hay que contársela. La diferencia de edad que tengo con Ernesto me incluye en alguno de sus párrafos.
Si uno lee esas líneas publicadas en Página 12 por arriba, sin mucho detenimiento, puede estar de acuerdo con cada frase. La historia de este país ha tenido como constante a los golpes de Estado. Es cierto que el gobierno de Raúl Alfonsín ha pasado más de un intento destituyente. Es cierto que se dijo “la Casa está en orden”, que se aprobaron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que el gobierno de Carlos Menem indultó a las Juntas. Es cierto que este país vivió con la respiración en la nuca de las Fuerzas Armadas la mayor parte de su historia. También es cierto que más de una vez se acudió a esa excusa para obtener algún tipo de ventaja política circunstancial.
Hace mucho que no se vislumbra la posibilidad de una reacción adversa a la democracia por parte del Ejército o la Marina. La Argentina lleva casi 25 años de democracia ininterrumpida.
Ahora, Ernesto, vos sabés que vivís en un país donde los golpes de Estado tuvieron a las FFAA como instrumento necesario, pero quienes estaban detrás de esos golpes eran los grupos económicos, locales o internacionales, pero siempre fue el poder económico el que sacó y puso presidentes. Como el asesinato de Julio Cesar, como la caída del Imperio Romano o el descubrimiento de América, siempre las relaciones de poder en torno a la economía fueron las razones de fondo. Pero qué te estoy diciendo, si vos lo sabés.
Lo que me sorprendió, lo que no entendí de tu artículo, es la razón por la que omitís, dirigiéndote a los jóvenes, las veces que la Argentina sufrió intentos de golpes de Estado, o tal vez no se los contás porque supones que ya lo saben, pero sí haces referencia a las veces que según vos no fueron ciertos esos intentos, porque descuento que tenés pruebas que demuestran que investigaciones posteriores no fueron necesarias, no por razones de paz interior, sino por ser inventados. En fin, Ernesto, no me quedó claro cuál fue tu motivación en ese artículo.
Lo cierto es que para vos no hubo ningún tipo de intención golpista, ni mucho menos. Según parece fue todo un invento de los Kirchner para llevar agua para su molino. Sin embargo, más allá de la poca originalidad en la mentira, como decís, que bien les quedaba a las partes acusadas lo del intento de golpe de Estado. Claro que si se lo llevaba al terreno militar hubiera quedado lejano, pero vos sabés Ernesto, que ya no es necesario acudir a tanto. La pregunta que me hice al leer tu nota y que me hago ahora es: ¿Por qué? ¿Qué es lo que te motiva a vos hoy a pensar tan diferente a lo que siempre pensaste?
Hay una respuesta simple, rápida, pero no creo que sea cierta. No creo que vos cobres un sobre por debajo de la mesa, no creo que te den un cheque con un libreto para que utilices en cada nota de Página. Quienes cuentan con vos no son tan tontos. Saben que no aceptarías recibir dinero para opinar de una determinada manera.
De todos modos, convengamos en que para “ellos” sos un periodista atractivo: no perteneces a los históricos defensores del poder económico de la Argentina ni sos pluma de La Nación, por el contrario, sos un periodista que la juega de “independiente” y que escribe en el oficialista diario Página 12. Pero Ernesto, vos sabés que esto es así, que “ellos” querrían que fueras un poco más mercenario. “Ellos” saben que tienen la cantidad necesaria para cambiar tu vida, pero no son tontos, vos no aceptarías.
Pensando en esto leí tu artículo. Lo releí. Entonces dije: hay algo que no entiendo.
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Hace poco más de un mes, Google, tal vez la empresa .com más importante del planeta inauguró oficinas en Buenos Aires. En las distintas notas que se hicieron al respecto se resaltó la política liberal que la firma aplica con sus empleados: juegos, libertad de criterio a la hora de fijar jornada laboral y beneficios salariales con respecto a otras empresas. Google es abanderada de la política “ponete la camiseta”. Un empleado de la cadena de supermercados Wal-Mart me contó que todas las mañanas, antes de abrir sus puertas, cantan canciones que los une a la compañía, que los hace sentirse parte de un equipo (dame una W, te doy una W, dame una A, te doy una A, etcétera). Más allá de la vergüenza ajena que están sintiendo en este momento –a mi me pasó lo mismo-, la idea de que hay que ponerse la camiseta de quien nos da de comer es común a gran parte de las empresas que invierten millones en la capacitación de su personal y por tanto en su fidelización: si un empleado se va, que solo sea por conveniencia de la compañía, nunca por interés del empleado.
El Grupo Clarin es una empresa, o la suma de muchas. Por qué analizaríamos sus políticas de recursos humanos de manera diferente.
Los intereses del Grupo son defendidos por los empleados del Grupo. ¡Encontré las razones de Ernesto! Si el Grupo está enfrentado a este gobierno, Ernesto está enfrentado a este gobierno. No seamos ingenuos ni lo juzguemos mal por eso.
La ley de radiodifusión sobre la que se está trabajando amenaza con ser un duro golpe contra los intereses económicos del Grupo, y nunca lerdo de reflejos, como empresa y ejerciendo el derecho que hoy la defiende, salió a dar batalla. Por aquello de que no hay mejor defensa que un buen ataque, sus empleados, camiseta puesta, cumplen con su trabajo.
Bill Clinton dijo durante la campaña presidencial de 1992: “Es la economía, estúpidos”.