Se dice que no es democrático

En octubre de 2005 el país fue a elecciones. Ese año el entonces presidente de la Nación, Nestor Kirchner, jugaba una pulseada con el lider del partido justicialista, el ex presidente, Eduardo Duhalde. En Se dice que no es democrático se hace un analísis sobre el origen de su gobierno y lo díficil de la coyuntura política de esos días previos a las elecciones legislativas.

Se dice que no es democrático, que es autoritario, que no tiene un plan de gobierno. Propios y ajenos lo critican por estas y muchas cosas más. Desde la falta de plan hasta la desprolijidad de su vestimenta o el peinado de su mujer. Que no llego con el apoyo mayoritario, sino por el contrario, con solo una minoría como adeptos. Que no tiene equipo y que no deja que nadie opine en su contra, y entran en la misma bolsa los medios de comunicación y sus ministros. Que no hizo una buena gestión en su provincia. Que no confía en su país, al punto que se le recrimina el no traer plata depositada afuera. Que toma revancha de todo, que es prioridad el pasado y no el futuro.

Hay muchas preguntas por contestar para ponernos de acuerdo en cual es el deber ser de un presidente, cuales son las prioridades que debe tener. Una vez que tengamos acuerdo en las respuestas, podremos discutir si es correcto su accionar o no. Discutir sobre esto sin un acuerdo previo es lo mismo que nada. Nunca, pero nunca se hará un juicio justo, si antes no ponemos en orden los parámetros con los que juzgar.

A diferencia de las personas individuales, los que ocupan cargos públicos, deben enfrentar día a día, beneficiados y perjudicados por cada medida que toman. Si uno analizara los actos de un gobierno, entiéndase actos como las acciones que toma en cada tema, desde una perspectiva individual y sin mirar el total, seria probablemente muy contrario a ese gobierno. Por ejemplo: día a día pagamos por cada bien o servicio que adquirimos un 21 % más del costo y ganancia del producto; durante el año, por el solo hecho de tener un bien, hay que pagar un impuesto; en función de la ganancia producto del trabajo, se paga otro, siempre al Estado. Si nos limitáramos a analizar el costo-beneficio que tiene nuestra individual relación con ese Estado, no estaríamos de acuerdo con nada de lo que se hace o deja de hacer desde el gobierno que lo administra. Sin embargo, todos o casi todos, tratamos en menor o mayor medida de analizar las “políticas públicas” desde un todo. Gracias a eso, podemos caminar aplaudiendo y criticando lo hecho día a día. De lo que no parecemos estar muy concientes, es de la “cuna” de la que partimos.

Es desde ahí, desde donde ponemos nuestras prioridades. Nadie, o casi nadie, puede salirse de su origen para priorizar los actos de un gobierno. Y es por esto que votamos a uno u otro candidato, a uno u otro partido. Desde ahí decidimos qué está bien y qué mal.

Cuando nos sentamos a analizar a un gobierno nos creemos “objetivos”. Y este es el primer error. Pensar que lo que nosotros queremos que se haga, es lo correcto, en lugar de lo correcto para nosotros. La humildad de pensamiento es algo que, por lo menos en Argentina, no existe.

Todos estamos habilitados para juzgar individualmente a un gobierno, pero teniendo en cuenta que es individual nuestro juicio. Que no debe generalizarse, sino que es nuestra opinión. Volviendo a la humildad, debemos saber que nuestra opinión es nuestra opinión y no “la” opinión. Solo las urnas dirán lo que está bien para la mayoría y lo que está mal. Solo ahí es donde podremos decir si teníamos razón, entendiéndose como razón al pensamiento de la mayoría.

Los más contrarios al gobierno, son los que reclaman a viva voz que este es un gobierno dictatorial que no permite la libertad de expresión. Sin embargo son los mismos que desde un canal de aire dicen todo cuanto quieren del presidente de la Nación, de la primera dama y de cada detalle que rodea al matrimonio presidencial. Ellos, que estaban de acuerdo con “el silencio es salud”, que se enorgullecían de un presidente como Leopoldo Fortunato Galtieri, que compartían el brindis de fin de año con las Juntas Militares que gobernaron durante tantos años el país. Ellos, son los que “saben” que es lo bueno para los que más necesitan. Ellos son los que saben cuales son los actos de gobierno correctos y cuales son los incorrectos. Ellos son los que dicen que el actual presidente gobierna con el 22 % de los votos, lo que sin duda muestra su total desconocimiento de la Constitución Nacional y la ley electoral.

Ostentando poder, riqueza y “persecución”, día a día critican desde el color de los zapatos del presidente hasta la falta de plan.

Pregunto: ¿qué entienden por plan?

Creo que es lo que se dice que se va a hacer, por ejemplo el presupuesto anual del gobierno nacional. ¿Cuál es el objetivo de este gobierno? A la respuesta le tienen miedo. Pues responderla sería reconocer que si hay un plan y que no les gusta. Lo mejor es decir: No existe o ridiculizar el que se expone.

En los países en vías de desarrollo con altos índices de pobreza, característica común a todos, la única función del gobierno es procurar una distribución de la riqueza los más equitativa posible. Las medidas a tomar dependerán del tinte ideológico que tenga. Es a la luz de estas medidas, que los habitantes se ubican a favor o en contra. Es tan evidente esto que parece ser solo una seguidilla de palabras para llenar un párrafo. Sin embargo, muchos tratan de disimularlo, aduciendo que no hay plan. Qué es el plan, sino esto. Ahora bien, con esto resuelto, seguimos sin saber cual es el plan del gobierno. ¿Seguimos?

Mantener un dólar, ni alto ni bajo, pagar al Fondo Monetario Internacional (FMI), aumentar la obra pública, aumentar los presupuestos en educación, aumentar la presión tributaria sin aumentar la cantidad de impuestos, aumentar las tasas a la importación, aumentar las retensiones a quienes, por ser beneficiados por la relación peso-dólar han aumentado notablemente sus ganancias, aumentar los fondos destinados a acción social ¿no son acaso medidas pertenecientes al plan de gobierno?

En enero de 2002 un nuevo gobierno se hizo cargo de la administración del estado nacional. El país vivía su peor crisis en democracia. Cinco presidentes habían usado el sillón de Rivadavia en poco menos de un mes. El sistema bancario estaba colapsado, la liquidez en la calle no existía. El dólar estaba disparándose por primera vez en más de diez años. Un senador de la Nación, ex gobernador de Buenos Aires y derrotado candidato a la presidencia, obtuvo acuerdo para tomar las riendas del país. Pocas esperanzas tenía el pueblo en ese entonces. Sin bancos, sin liquidez y con gran descontento popular, la administración Duhalde liberó el precio del dólar oficial. El fin de la convertibilidad era un hecho aceptado oficialmente. Con grandes problemas políticos y desde ya, económicos, durante un año y cinco meses el senador presidió la Argentina. El panorama político de ese entonces hizo que el circunstancial presidente tratara de postular para su reemplazo a distintos líderes de su partido. Sin éxito, con uno y otro, finalmente optó por el que tenía muy pocas posibilidades de triunfo, el entonces gobernador de Santa Cruz. Con poco caudal de votos, y habiendo sido un histórico opositor a Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner fue elegido por el caudillo de la provincia de Buenos Aires.

El 25 de mayo de 2003, quien era mirado como un títere del bonaerense se hizo cargo de la Argentina. Fue ese día el comienzo de un gobierno distinto. Quizá porque no esperábamos que tuviera la personalidad que tiene. Pero lo cierto es que el presidente que era sospechado de ser un títere, fue acusado de dictador.

Habría que analizar muchas cosas para saber por qué hizo lo que hizo, por qué de esa forma. En primer lugar diría que, como dije antes, un gobierno en un país como este tiene que trabajar por la distribución lo más equitativa posible de la riqueza. Para esto, si entendemos que el significado de redistribuir la riqueza es quitarle a unos para darle a otros, debemos entender que lo primero es tener poder. Entonces, cómo un presidente tiene poder: con votos o con armas. En democracia solo tenemos la posibilidad de gobernar con votos. Como dijimos, en abril de 2003 la elección a presidente tuvo varios candidatos y ninguno cosechó la mayoría. Con la ley electoral que nos rige, era necesario que los dos más votados fueran a una segunda vuelta para ver cual de los dos obtenía el 50 % más uno de los votos. Lamentablemente, el otro más votado no quiso dar esa ventaja y se retiró. Sin tener las urnas llenas, el electo presidente tenía que obtener en el menor tiempo posible apoyo popular. Rápidamente se acusó al primer mandatario de demagogo, pues todas las medidas que tomaban eran para el contento de los más necesitados. Dijo Arturo Jauretche: “(…) lastima que no hubo más demagogos en la historia Argentina (…)”.

Comenzó a negociar tanto en el frente interno como en el externo con una mano durísima. No dio el brazo a torcer en ninguna de sus negociaciones. Por primera vez un presidente le daba la espalda al FMI, y les prestaba el micrófono a colegas poco queribles para la Casa Blanca, como Hugo Chávez y Fidel Castro. Eran claras sus intenciones. Era claro el tinte ideológico que tendría el nuevo gobierno. Era tan claro eso, como quienes iban a estar en contra. La guerra sabíamos iba a ser dura. Cuando son oposición quienes tienen la plata y los medios, es muy difícil gobernar. Cuando los beneficiados son los que más lo necesitan es muy atrayente gobernar. Por lo general, ocurren simultáneamente.

Las difíciles medidas que tomaría el presidente necesitaban del mayor consenso político posible, ya que el sector financiero estaría en contra. Con una dura campaña de los medios y de quienes tiene acceso a ellos, pero con el respaldo, que día a día fue armando con el pueblo y el acompañamiento, la mayoría de las veces silencioso del partido Justicialista, Nestor Kirchner hizo los principales cambios a la política de distribución de la riqueza. Con la obligación de mantener el poder, tanto popular como político, aseguró la retirada de quienes podrían interferir en su gobierno. El ex senador y ex presidente de transición, Eduardo Duhalde, desde su cargo de presidente de la Comisión de Representantes Permanente del MERCOSUR, prestaba apoyo y prometía no volver a la política. Sus más altos seguidores que ocupaban, tanto cargos en distintas secretarías del ejecutivo nacional, como bancas en el Congreso, apuraban un retorno del jefe todavía en las sombras. Tanta presión ejercían que obligaron al ex a pronunciarse sobre el tema: “no volveré a ocupar cargos ejecutivos en mi país”, dijo y agregó “dejo la dirigencia partidaria”. Dos expresiones que tranquilizaron tanto a la Casa Rosada como al golpeado gobernador de Buenos Aires, Felipe Solá. Que, haciendo caso a ellas, lanzó su propio espacio en el partido. Solo bastó ese lanzamiento, para que los más altos seguidores del ex lo tildaran de traidor. La retirada de Duhalde no era una retirada, sino solo un titulo periodístico.

Este es un año de elecciones, pero no es un año cualquiera. Es el primer acto eleccionario que enfrenta Néstor Kirchner como presidente de la Nación. Este es el último acto eleccionario que enfrenta Felipe Solá como gobernador de Buenos Aires. Supuestamente, es el primer acto eleccionario que tiene a Eduardo Duhalde a un costado. Llegó el día de presentar las listas que disputaran los cargos legislativos en juego el 24 de octubre. Llegó el día en el que el presidente debía consensuar con los distintos gobernadores y que estos debían consensuar con los distintos intendentes las listas legislativas. Sin embargo, un caudillo bonaerense, supuestamente alineado con el gobierno, exigió ser él quien “armaría” las listas por la provincia de Buenos Aires, dejando de lado al gobernador y recortando las atribuciones del presidente. Reconociendo su pasado como líder político nacional, el presidente lo invitó a la mesa, para que se sentara en el caso de Buenos Aires, como uno más entre tres. Sin embargo, las intenciones del caudillo no eran otras que la de asegurar los fueros de quienes más lo necesitan, no por el bien de la Nación o la Provincia, sino por su propio bien, el de los candidatos y el de su espacio. ¿Cual era la razón de ese pedido? El temor por perder poder y que los “suyos” fueran perseguidos por la justicia. La indignación presidencial, llevó a decir que eran mafiosos. La crítica de la prensa fue: “hasta ayer un posible aliado, hoy un mafioso”

Es difícil sostener que el presidente no estaba al tanto de quien era su circunstancial aliado político, pero no olvidemos, que ese circunstancial aliado se había retirado de la presidencia de la Nación el 25 de Mayo de 2003 sin ningún tipo de pedido para el nuevo presidente. Que ese ex había, hasta ese momento, tenido una actitud que nada hacía pensar en la actitud que después tuvo. Fue tildado de mafioso cuando impuso, por sobre el criterio presidencial, a quienes más que currículum tenían prontuario para ocupar cargos legislativos acompañando en las listas a la esposa del presidente. Poniéndose el traje de “Padrino” salió a defender a sus apadrinados como nadie.

Felipe Solá, diez meses antes había gritado esto. Solá en diciembre de 2004, cuando haciendo caso a las declaraciones del ex lanzó su propio movimiento en el partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires, sufrió la peor de las sanciones y gritó a viva voz que la “mafia” no lo dejaba gobernar. Rápido de reflejos, los apadrinados, salieron a obstaculizar la gestión del gobernador. Sin presupuesto, Solá pidió el apoyo del presidente, que mirándolo de reojo, comenzó a analizar la situación. El presidente no podía apresurase a romper una alianza que para su gobierno era fundamental, solo por que se lo pedía uno de los 24 gobernadores. Claro que no un gobernador más. Pero la alianza con Eduardo Duhalde era más importante. Por otro lado, hasta el día de la confección de las listas, Duhalde no había tenido problemas con Kirchner.

Decíamos que para tener poder hay dos formas: los votos y las armas. Descartando la segunda opción, por razones más que obvias para un demócrata como quien escribe, nos quedan los votos. Ahora: ¿Cómo se consiguen?

Primero debemos tener un partido político. Ese partido tiene, o debería tener, dirigentes que piensan ideológicamente parecido. El pueblo cada dos años emite los preciados votos. Pregunta número dos: ¿Cómo se hace para que los votantes nos voten? Las ideas de nuestro partido deben convencer al electorado. Es decir, lo que nosotros desde un determinado partido político decimos que vamos a hacer debe resultar lo más creíble y conveniente para la mayoría del electorado. Pero necesitamos que el electorado conozca lo que nosotros proponemos para que así nos puedan elegir. Pregunta número tres: ¿Cómo hacemos para que el electorado nos conozca? Existe, para esto, el uso de los medios masivos de comunicación, que por unos cuantos billetes nos alquilan espacio para publicitar a nuestros candidatos. Pregunta número cuatro: ¿Cómo obtenemos la plata necesaria para esto? He aquí el principal problema de la democracia: la corrupción. Hay dos formas de obtener ese dinero. En primer lugar defendiendo los intereses, no del votante, sino del dueño del dinero. En segundo lugar, robando desde la gestión pública para agrandar los fondos partidarios. Claro que quienes participan de esta asociación ilícita se quedan con un porcentaje para su propio bienestar. He aquí los corruptos que pertenecen a una mafia, de ellos es que hablábamos unos párrafos más atrás. Es necesario terminar con este modus operandi. ¿Cómo? En primer lugar cambiando una serie de reglas en la política. Para cambiar estas reglas es necesario contar con mayoría en las cámaras legislativas, pues son cambios en las leyes. Las propuestas de cambios han sido enviadas en reiteradas oportunidades por el actual gobernador Solá a la legislatura provincial, que desde ya no las deja pasar por ir contra los intereses de quienes son mayoría en esa legislatura. La eliminación de las listas sabanas, instrumentar el voto electrónico, son algunas de las medidas necesarias.

¿Cuál es entonces la razón de la disputa entre los seguidores de Eduardo Duhalde con los seguidores de Nestor Kirchner? ¿Es acaso por un par de cargos más uno que el otro? ¿es una pelea de fondo sobre la forma de hacer política en este país y sus notables consecuencias? Quienes son dueños de los medios de comunicación, quienes son dueños de la plata, quienes se benefician a diario con esta forma de hacer política, son quienes no están de acuerdo con cambiar las reglas.

Por primera vez tratemos de analizar la noticia, tratemos de ver que está detrás de cada uno, quien está detrás de cada uno. Por qué opina de tal o cual manera un determinado medio, a quienes defiende, cuales son sus intereses. Tratemos, de una buena vez, de confiar en que un cambio es posible, pero no desde el slogan publicitario, sino un cambio de fondo. Argentina merece un cambio definitivo. Con 21 años de democracia, tratemos de que la mayoría de edad no sea en vano.

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