PresidentA.

Es el presidente del partido Justicialista, Néstor Kirchner. Es la presidente de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner. Aunque a los fines de un sector convenga desprestigiar su figura y su poder, para así desprestigiar su gestión y voz de mando.

“Es él quien resuelve, solo puso a un títere en la presidencia”. Eduardo Duhalde dejaba por anticipado el cargo de presidente de la Nación. Era en ese momento la figura política más fuerte del país. Senador de la Nación, se había hecho cargo del mandato conferido por la Asamblea Legislativa. Cuatro presidentes, desde la salida dos años antes de lo previsto de Fernando De la Rua, en helicóptero desde la Casa Rosada y luego de 10 muertos en la Plaza de Mayo, pasando por el presidente del Senado primero y el de la Cámara de Diputados después, hasta los cinco días de Alberto Rodríguez Saá. Eduardo Duhalde había podido normalizar la situación. Caudillo importante del partido Justicialista, ex gobernador de Buenos Aires, ex candidato a la presidencia, recientemente elegido senador Nacional, era el político más relevante de la Argentina. Dos muertos en una manifestación, un 26 de junio de 2002, llevó al presidente a presentar su renuncia que se haría efectiva el 25 de mayo siguiente, seis meses antes de lo previsto.

Duhalde hizo varios intentos antes de elegirlo. Primero con José Manuel De la Sota, luego con Carlos Reuteman y como última opción, Néstor Kirchner. Lejos el más desconocido, el gobernador de Santa Cruz, o mejor dicho el esposo de la senadora Cristina Kirchner. Ella, fuerte vos opositora del gobierno de Carlos Menem, pico de oro en las sesiones de la Cámara de Diputados primero y del Senado después. Duhalde eligió a su marido como el candidato a la presidencia. Tan desconocido y tan complicado el escenario, que debió permitir tres candidatos por el mismo partido, pero ninguno llevaría su nombre. Había que evitar las internas: Kirchner no las hubiera ganado. A las generales directamente y a hacer todo lo necesario para conseguir que saliera segundo aunque sea y así ir a una segunda vuelta con Menem. Llegó con lo justo.

El día de su asunción todos confirmaron, como verdad indiscutible: Nestor Kirchner es el títere de Duhalde. Su aspecto, su total desconocimiento del protocolo, su sonrisa permanente… Kirchner no era serio.

Al poco tiempo quedó claro que no era Duhalde el que manejaba, cual marioneta, al presidente. Había que encontrar una explicación, estaba claro que Néstor Kirchner no podía ser el mandante. La prensa argentina, la oposición, la gente en la calle confirmó lo que para muchos era sabido de antes: Cristina era quien estába gobernando. Ella era la que mandaba. Lo importante: el presidente era un títere comandado por un tercero. Eso quita crédito, genera desconfianza.

Vivimos hoy con el convencimiento, dado con impunidad por los medios de comunicación, de que la presidenta de la Nación no ejerce sino que obedece, ahora al ex presidente. A quien antes mandó. Como si el matrimonio se turnara en gobernar quien no gobierna.

El cargo de Presidente de la Nación Argentina está ejercido, por primera vez por el voto directo del pueblo, por una mujer. Cristina Fernández de Kirchner ganó el 24 de octubre pasado con el 45% de los votos, el doble de que quien salió segunda, Elisa Carrió con el 23%.

Está claro que el problema no es él o ella, pinguino o pinguina. El problema es el plan de gobierno que lleva adelante. El plan que en 2003 comenzó. En las elecciones de 2005 fue puesto a consideración del pueblo que lo avaló. En octubre de 2007 lo confirmó.

Les guste o no les guste, es la presidentA.

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Un comentario en “PresidentA.

  1. Esta forma de erosionar la autoridad presidencial ha sido un clásico en la historia argentina de la oposición a los gobiernos populares: Evita lo manejaba a Perón, Frigerio a Frondizi, Duhalde a Kirchner, Cristina a su marido y, ahora, Kirchner a Cristina. Pertenece, junto al desabastecimiento y los rumores, ahora a través de mails alarmistas, a la estrategia golpista que antes terminaba acudiendo a los cuarteles. Hay que tener paciencia.

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