¿Quién soy yo para coartar libertades?

Cuando uno es chico se encuentra muchas veces frente a un espejo viendo la intervención de un peine que se empeña en “acomodar”, y permítanme las comillas, un pelo que se resiste. Cuando uno es grande, la escena no cambia.

En mi caso, me encontraba en el baño chico, el grande era indiscutido de mis hermanas, tratando en soledad de encarar, muy dormido por cierto, una tarea más difícil que saber todo lo que debía llevar al colegio y me estaba olvidando. Algunas veces se apiadaban mis hermanas y hacían un intento que por lo general era en vano. Unas pocas veces Cipriana, que trabajaba en casa desde antes de que yo naciera, notaba mi cabeza ingobernable y tomaba cartas en el asunto. Solo esas veces llegábamos muy tarde. Pues tarde siempre. Incluso, una mañana cuando cursaba primer grado, al entrar al aula la directora del colegio, ocurrió una ceremonia que me dejó afuera solo con el saludo. Aun era temprano para mi. Sabía que era importante quien había entrado pero me perdí en el “Bueeeeeeeeeeeeeeeennnnooooooooooooooooosssssssssssssssss diiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaassss…” y el saludo aun no terminaba. Me perdí y dejé que terminara. Tenía dudas sobre el fin, pero terminó. Todos se sentaron y quedé parado por la distracción. Recuerden, aun era muy temprano. Todos me miraron, incluso la directora, que con psicopedagogía previa me dijo: Usted no se peinó esta mañana. TENÍA 6 AÑOS!!! Imaginen mi cara y ni que hablar de la cara de los 30 pavotes que me rodeaban. Para colmo yo era del campo. Solo venía a Buenos Aires por pocos días. No tenía idea nunca de qué pasaba. Mis padres, comprenderán ustedes que no tenían previa psicopedagogía, sino que ni sabían que existía esa materia.

Lo cierto es que a mi pelo no se lo encaraba todas las mañanas. Siempre fue una tarea extra. Al día de hoy es una tarea extra.

Ustedes me entenderán cuando les hablo de esas mañanas en las que uno se levanta con el tiempo justo para un desayuno, una ducha que nos despierte un poco y salir. Esas mañanas en las que se calcula el tiempo del ascensor, la caminata hasta el subte, las posibilidades de agarrar el que pasa al minuto ocho y las de esperar al del minuto 11, esas mañanas en las que todo se calcula al milímetro. Bien, esas son las mañanas en las que yo empiezo a anular actividades. Esas mañanas en las que al apagar el despertador digo, dos minutos más. Claro, todo tan calculado, esos dos minutos son una actividad no calculada. La primera es bajar la escalera. La segunda darme un baño. La tercera es tomar un café caliente, luego lavarme los dientes y tratar de salir con los zapatos puestos. Sigo dormido en la cama y las repaso. Vuelvo a calcular los tiempos y resuelvo que si me apuro medio minuto en cada actividad puedo dormir 3 minutos más. Luego desde el sueño y a medias resuelvo que el café frío también es rico. Sigo suprimiendo actividades y llego a salir sin desayuno, a dejar el nudo de la corbata para ese tiempo perdido en el subte, a cambiar la caminata tranquila con el sol mañanero por una corrida puteando a la señora que camina lento con el perro y su hijo que arrastra los pies con tal de llegar tarde al colegio, esquivando a los que bajan la escalera del subte como quien va a la horca, casi saltando el molinete y trepando al vagón cuando las puertas están casi cerradas. Apuro todo cuando aun estoy en la cama. Imagino que si corro tengo dos minutos más. Y claro, los duermo. Entre dormido y despierto imagino cada actividad previa a la oficina como suprimible o acelerable. Imagino y llego tarde hasta al analista.

Ustedes comprenderán que para una persona como yo, que vive los minutos más importantes de su vida, los minutos impostergables e irrepetibles, todas las mañanas antes de levantarse, que encuentra en su cama a la cama más cómoda del mundo, que sostiene que sus sábanas son las que lo contienen como nadie, que considera al mundo exterior equivocado por estar lejos de la almohada, esa única amiga que entiende sin hacer preguntas, ustedes comprenderán que lo que dejo para el final, lo que prácticamente tengo suspendido, lo que desde que pasó a ser una tarea exclusivamente mía, quedó para siempre olvidada,

ustedes comprenderán que el peine y yo tenemos un acuerdo de no agresión.

Lo dejo a él cumplir su función en mi baño. Lo dejo ser y

estar. Se presta a acomodar el pelo de una mujer circunstancial y no se ofende cuando me quedo en sus caderas y menosprecio su trabajo.

Tenemos un acuerdo: ni yo lo meto en mi cabeza, ni él reclama tareas donde nadie lo llama. Mi peine descansa. Descansa como yo todas las mañanas.

Si defiendo la libertad de las personas para elegir: religión, sexo, gustos, ideales políticos, genero, etc… ¿quién soy yo para coartar la libertad del pelo?

4 comentarios en “¿Quién soy yo para coartar libertades?

  1. Ah, que bien!! Que concisa forma de describir brevemente el sentimiento. Siempre quise poder expresar lo que yo sentía por aquella ¿novia?, que por tener silicona por casi todo el cuerpo, no pemitía que mi ideología la afectara. Pero que además, entre otros múltiples beneficios, jamás se quejaba cuando la babeaba, cuando la mordía, cuando la doblaba o cuando la apretaba fuerte fuerte.
    SI, YO TAMBIÉN CREO QUE LA AMABA
    Gracias La de Tea

  2. En 21 años la única expresión de amor sincera y verdaderamente valorable que recibí fue la de mi almohada, que además, tiene silicona y eso permite que mi cabeza no la deforme. Cuando me voy a acostar sé que ella siempre esta ahí, no me deja por otra almohada o almohadón, por ende, he llegado a la conclusión de que es mejor que un hombre. Entre los múltiples beneficios que la transforman en algo mejor que un santo varón, destaco uno: ella jamás se queja cuando la babeo, la muerdo, la doblo o la aprieto fuerte fuerte.
    LA AMO

    TU PELO: voy a regalarte un cremita fantástica Non-frizzé, alisa hasta los pelos de tu c….onsciencia.

  3. Tengo el pelo tan pero tan lacio y en tanta cantidad que peinarme también se vuelve una misión complicadísima.
    Y así mismo ello me dota de una anécdota de primer día de clases de primer grado con una directora, quien al verme pasar me dijo, tenés que venir con el pelo atado. Pero Sra directora, sepa ud que las evillas se resbalan por mi pelo, que ninguna llega a agarrarlo todo y que mi mamá es muy poco habilidosa para estos menesteres, que estoy cansada de tener una trenza con más pelo que la otra, una colita más alta y adelante que la otra.
    No obstante la mayor frustración ha sido no poder usar jopo a fines de los 80.
    Tan ingobernable es mi lacia cabellera que a la hora del amor me han solicitado que me lo ate porque interfiere.
    Que lo sepa todo el mundo: los de pelo lacio también sufrimos!!!

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