La chica del box

Todas las mañanas al llegar a la oficina, al subir al ascensor, descubro que ella llegó un rato antes. Su perfume todavía está presente. No es que sea rico, pero es el perfume de ella y eso basta. Sé que cuando la voz de la gallega diga “Usted está en piso 5” se abrirían las puertas y saludaré al del café, que se está yendo. Todas las mañanas nos saludamos con un gesto. Todas las mañanas ordeno los papeles que me dejaron los que nunca dejan de trabajar y empiezo. Prender la computadora, escuchar los mensajes, inclinarme para ver a la chica del archivo que tiene siempre los mismos pantalones pintados, es mi rutina. Todas las mañanas espero a que se hagan las 10. Hora de buscar mi café y fumar el primer pucho.

Escena común a todos los que trabajan, con sus más y sus menos. Es una escena que se repite en todas las oficinas al mismo tiempo. Si no es el del café, es el del archivo, si no es la del archivo, es la del café. Cambia el 5° por el 8° y la voz de la gallega por un timbre. Todos pensamos en el café y el pucho de las 10. Todos pensamos en que ella también se mete en la cocina a la misma hora.

Ella llega a la misma oficina, un rato antes para dejar ese perfume en el ascensor. Se levantó temprano y pensó en el pajero del colectivo, en la sonrisa del de seguridad, en la charla con el del café, para finalmente, a las 10 ir por un pucho con los pibes de ventas. Son más relajados, tienen siempre anécdotas, se ríen de todo. Van todos juntos a tomar el café de las 10. Se meten en esa cocina diminuta y se cagan de risa. Son amigos.

En todas las oficinas pasa lo mismo. En todas a la misma hora se vive la misma escena. En todas hay un cuento sobre el jefe, en todas hay una mentira sobre una anécdota nunca vivida. En todas hay una chica de legales con escote y un grupo de ventas que se le imagina en bolas esa misma noche en su cama. En todas. En las oficinas comunes, en las más típicas, hay boxes. Una mampara de metro y medio, a veces traslucida, a veces no. Un escritorio de colores pasteles. Un teclado al que siempre le falla una letra. Un mouse que se comió un par de golpes. Un monitor que da la cara por los aciertos y errores de la PC y un teléfono. Por lo general conocemos los internos de informática, del que pide la comida y del que comenta el partido de futbol de ayer. Una silla giratoria, un compañero de box, un pasillo común por el que pasa la chica del archivo. Un ejercicio: pararse para comentar con los que están del otro lado de los escritorios. En todas las oficinas pasan las mismas cosas: unos venden, otros llenan papeles, otros leen mails, otros hablan por teléfono, sacan cuentas, escriben monótonamente. En todas pasa lo mismo. Los personajes son los mismos. Todas las mañanas las mismas caras. Todas las mañanas se hacen estrategias para sacarle galletitas a la que tiene un kiosco en el cajón. Todas las mañanas alguien usa una taza que no es la propia. Todas las mañanas en todas las oficinas pasan las mismas cosas.

Una mañana al llegar no encuentro olor en el ascensor. Hay silencio. Hubo silencio en el colectivo. En la calle. No está el pibe del café, no pasa la del archivo, no comento ningún partido. Solo pienso en el café de las 10. Aún falta. Son las 9:05. Los minutos no pasan. A las 10 menos cinco estaré en la cocina. Faltan 50 minutos. Hoy la chica de legales está más linda que nunca. Hoy al inclinar mi silla la veo. No pasa la del archivo. No la veo. No me interesa. Solo a la de legales. Habla por teléfono. Está seria, pero linda. Más linda que nunca. Mi compañero de box me pregunta si estoy bien. Son las 9:07 y saco la cuenta, faltan 48 minutos. No es tanto, pasan rápido, creo. Hoy a la mañana, hoy a las 10 menos cinco la cruzo a la de legales antes de entrar a la cocina y se lo propongo. Vuelvo a inclinar mi silla para verla. Está en su box. Ya no habla por teléfono. Ya no. Escribe en la PC. Ahora se ríe. Escribe en el MSN. No se a quién. Pero no me importa. Solo faltan 46 minutos para cruzarla y proponerle.

Si no nos ha pasado, lo hemos visto en nuestro compañero de box. Hay una mañana donde el mundo se detiene. Hay una mañana donde todos sabemos qué va a ocurrir, menos la parte interesada. Es como los cuernos: último en enterarse. Esa mañana esperamos reacciones. Imaginamos comentarios. Esa mañana hablamos entre todos.

Ella sentada en su box cuelga el teléfono. Del otro lado del interno estaba su mejor amiga que le adelantó la que se venía. Ella lo conoce mucho. Sabe de quien están hablando. No entiende por qué. Pero es imposible cambiar las cosas. Las horas que siguen hay que vivirlas y punto. Piensa que llegará la noche y todo habrá pasado. Piensa en que su novio le prometió cocinar. Piensa en que va a pasar por la casa de ropa interior sexy para darle una sorpresa. Piensa en eso y olvida. Se ríe y distrae. Se conecta al MSN y pide consejos a una amiga.

Aunque nos ubiquemos con ganas en el papel del novio cocinero, hemos estado sentados en el box de ventas mirándola alguna vez. Hemos estado planeando una estrategia. En todas las oficinas mientras yo escribo esto, lejos de boxes y aun más lejos de la de legales, mientras ustedes leen esto, en todas las oficinas están pasando estas cosas.

Apenas son las 9:12 de la mañana. Falta poco. Ella sigue ahí. Se ríe incomoda. Mira para todos lados y sigue escribiendo. Está divina. Mi compañero de box me pregunta si quiero adelantar el café. Parece que él salió rápido de su casa y no tuvo tiempo del Nesquik reglamentario. Lo escucho por arriba y desisto. La chica del box está ahí, al alcance. Suena mi interno. Ella sigue hablando y se ríe. Al atender me dicen que debo presentarme en Recursos Humanos en media hora. Todo se derrumba.

Fue una escena en la que nos podemos encontrar. Algún papel de esta historia puede ser nuestro. Cómo son nuestras mañanas y cómo las de los demás. Está claro que lo que nos pasa a nosotros no es lo que le pasa a todos. Sin embargo uno generaliza y no se equivoca cuando sostiene que lo que nos pasa a nosotros es lo que le pasa a todos. Nos referimos a grupos de pertenencia. Un grupo podría ser el de los que trabaja en oficinas en grandes centros urbanos. Pero no dejan de ser un grupo de pertenencia. Nos pasa a todos lo mismo, nos pasan las mismas cosas, vamos a los mismos lugares, pensamos lo mismo todos. Todos los de cierto grupo de pertenencia. Es importante saber y tener muy presente esto. Es una obviedad, sin embargo muchos se confunden. Lo que pensamos nosotros no es lo que piensan todos, sino lo que piensa nuestro grupo de pertenencia. ¿No?

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