El día que me quieras. Por Alberto (*)

Ha aparecido en estos días, una forma de interpretar la realidad cuyo más alto representante es el vicepresidente Julio Cobos, pero que ha reclutado adeptos en las filas del peronismo y, desde ya en las de la oposición.

Consiste, más o menos, en lo siguiente:

Nos gobierna una visión setentista, que no puede verlos conflictos naturales en una sociedad sino como un enfrentamiento necesariamente confrontativo y violento. ¡Qué error! La mayor parte de los argentinos de hoy no vivieron las horas trágicas de nuestra historia reciente, no saben que se bombardeó la Plaza de Mayo, apenas han oído hablar del terrorismo de Estado, no leyeron a Jauretche ni a Hernández Arregui y Perón es, como San Martín, un prócer de un pasado superado. Las ideologías que entienden la historia como la lucha de clases son del siglo XIX. Hoy, por suerte, sólo los mayores de cincuenta años, que son los menos, siguen abrumados por el peso de esos fantasmas pero, confiemos: con ellos se irán, empujados por los vientos de la modernidad, los nubarrones de esa tormenta apocalíptica.

Esta nueva sociedad, virgen de aquellas experiencias, no se va a organizar de acuerdo a esos códigos: habrá ricos y pobres, empresarios y financistas, obreros y desocupados (es inevitable), pero todos imbuidos de un espíritu noble de fraternidad pacífica. No existirán, como antes, codicia y egoísmo sin límites en unos y bronca y rebeldía en los otros, el pez grande no se comerá ya más al chico y los nuevos conflictos, por lo tanto, podrán resolverse salomónicamente, mediante un diálogo cordial entre las partes, con el consenso patriótico entre el zorro y las gallinas.

La forma más eficaz de solucionarlos será darle la razón al más fuerte ya que, desde ahora, lo guiará un espíritu de grandeza, generosidad y justicia. Y el Estado desempeñará el papel del árbitro en un partido de fútbol. En esa nueva Argentina se los verá abrazados a Llambías y Barrionuevo, a Miguens y Castells, a Lilita y Alderete.

El golpe de Estado, los comandos civiles y los grupos de tareas, los bombardeos, las proscripciones y los asesinatos son herramientas del pasado, es cierto. Pero la necesidad de erosionar a un gobierno que pretende, con la redistribución de la riqueza, modificar las relaciones de poder a favor de los más pobres para someterlo al control de los sectores de interés –“el campo” es una de esas corporaciones- es la misma que antes, porque los valores en juego son los mismos aunque los protagonistas sean más jóvenes.

La igualdad, que debe ser la máxima aspiración de la política, no va a llegar de la mano bondadosa de los poderosos, productores con su capital, que por eso no debe tener límite, de la torta que hay que repartir una vez fabricada, según dijo el senador Urquía (Aceitera General Deheza). El Estado que no se les someta será siempre su enemigo, porque es la única fuerza en condiciones de modificar las relaciones de poder. Por lo menos mientras no existan los Cobos (“bosta de paloma”, los llamó Perón) que, con esta visión idílica, proponen que la democracia, como un fin en si misma y no como un medio, logra, por sí sola, que todos coman, se eduquen, tengan trabajo y, sobre todo, aprendan a respetar a las minorías numéricas.

Dios nos salve de tanta mediocridad.

(*) Lector de este blog

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