Luciano Benjamin Menendez, adentro!

“(…) Prisión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua, accesorias legales y costas, artículos 19 del Código Penal y 398, 403 primer párrafo, 530 y concordantes del Código Procesal Penal de la Nación, en consecuencia, revocar su prisión domiciliaria y ordenar su inmediata detención y alojamiento en una unidad carcelaria dependiente del Servicio Penitenciario de la Provincia de Córdoba”

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6 comentarios en “Luciano Benjamin Menendez, adentro!

  1. No soy objetiva, no lo fuí ni lo seré nunca, no puedo.
    Decir que estoy feliz no seria exacto, decir que siento tranquilidad porque la justicia, aunque a veces un poco tarde, funciona, se acerca más a lo que me paso al saber que la impunidad tiene límites y que el reclamo por cárceles comunes empieza a ser escuchado.
    Mi papá no esta Europa ni en México ni en ningún otro lado, yo también escuché alguna vez ese comentario tan infame, pero saben una cosa? Nada ni nadie impediría que mi papá se comunique con nosotros, fuimos la razón inmediata de su lucha, pero por sobre todas las cosas jamás nos provocaría semejante dolor; y no sería de él tampoco, un actuar tan cobarde.
    Alguna vez dije que el plan falló, y así lo creo, pero hubo algo que lamentablemente lograron y en mi caso, aún persiste, y es la desesperación por no saber donde esta, por no tener su cuerpo, por no permitirnos despedirlo, es una incertidumbre que quema el alma, eso que como dice Juan Gelman no merece ni el flaco perdón de Dios.
    Fatiga, años atras estuve en el grupo que, como diria alguien, “voto” por vos, que bueno saber que no me equivoque.

  2. Martín Caparrós25.07.2008
    Nunca hubiera pensado que alguna vez podía llegar a estar de acuerdo con el hijo de puta del ex general Luciano Benjamín Menéndez. Y sin embargo, ayer.

    Ayer, en su alegato final, el ex Menéndez, ex jefe de una de las unidades militares más asesinas, el Tercer Cuerpo de Ejército, hombre de cuchillos tomar y de presos matar, peroró en su defensa. Dijo, en síntesis, que las fuerzas armadas argentinas pelearon y ganaron para “evitar el asalto de la subversión marxista”. Y yo también lo creo.

    Con algunos matices. La subversión marxista –o más o menos marxista, de la que yo también formaba parte– quería, sin duda, asaltar el poder en la Argentina para cambiar radicalmente el orden social. No queríamos un país capitalista y democrático: queríamos una sociedad socialista, sin economía de mercado, sin desigualdades, sin explotadores ni explotados, y sin muchas precisiones acerca de la forma política que eso adoptaría –pero que, sin duda, no sería la “democracia burguesa” que condenábamos cada vez que podíamos.

    Por eso estoy de acuerdo con el hijo de mil putas cuando dice que “los guerrilleros no pueden decir que actuaban en defensa de la democracia”. Tan de acuerdo que lo escribí por primera vez en 1993, cuando vi a Firmenich diciendo por televisión que los Montoneros peleábamos por la democracia: mentira cochina. Entonces escribí que creíamos muy sinceramente que la lucha armada era la única forma de llegar al poder, que incluso lo cantábamos: “Con las urnas al gobierno / con las armas al poder”, y que falsear la historia era lo peor que se les podía hacer a sus protagonistas: una forma de volver a desaparecer a los desaparecidos. Me indigné y, de tan indignado, quise escribir La voluntad para contar quiénes habían sido y qué querían realmente los militantes revolucionarios de los años sesentas y setentas.

    (A propósito: es la misma falsificación que se comete cuando se dice, como lo ha hecho Kirchner, que este gobierno pelea por realizar los sueños de aquellos militantes: esos sueños, está claro, eran muy otros. En esa falsificación, Kirchner y el asesino ex se acercan; ayer Menéndez decía que “los guerrilleros del 70 están hoy en el poder”, sin ver que, si acaso, los que están alrededor del gobierno son personas que estuvieron alrededor de esa guerrilla en los setentas y que cambiaron, como todo cambió, tanto en los treinta últimos años que ya no tienen nada que ver con todo aquello, salvo para usarlo como figura retórica.)

    Es curioso cómo se reescribió aquella historia. Hoy la mayoría de los argentinos tiende a olvidar que estaba en contra de la violencia revolucionaria, que prefería el capitalismo y que estuvo muy satisfecha cuando los militares salieron a poner orden. “Ostentamos el dudoso mérito en ser el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos, que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas”, dijo el asesino –y tiene razón. Pero la sociedad argentina se armó un relato según el cual todos estaban en contra de los militares o, por lo menos, no tenían ni idea. Es cierto que no podían haber imaginado que esa violencia era tan bruta, tan violenta, pero había que ser muy esforzado o muy boludo para no darse cuenta de que, más allá de detalles espantosos, las fuerzas armadas estaban reprimiendo con todo.

    El relato de la inocencia mayoritaria se ha impuesto, pese a sus contradicciones evidentes. Los mismos medios que ahora cuentan con horror torturas y asesinatos las callaron entonces; los mismos partidos políticos que se hacían los tontos ahora las condenan; los mismos ciudadanos que se alegraban privada y hasta públicamente del retorno del orden ahora se espantan. Y todos ellos conforman esta masa de ingratos a la que se dirige el muy hijo de exputa: “Luchamos por y para ustedes” –les dice y, de hecho, los militares preservaron para ellos el capitalismo y la democracia burguesa. Pero la sociedad argentina se ha inventado un pasado limpito en el que unos pocos megaperversosasesinos como éste hicieron a espaldas de todos lo que ellos jamás habrían permitido, y les resulta mucho más cómodo. Como les resulta mucho más cómodo, ahora, indignarse con el ex que repensar qué hicieron entonces, a quién apoyaron, en qué los benefició la violencia de los represores, y lo fácil que les resultó, muchos años después, asombrarse, impresionarse e indignarse.

    El ex Menéndez es, sin duda, un asesino, y ojalá que se pudra en la cárcel. Es obvio que no es lo mismo la violencia de un grupo de ciudadanos que la violencia del Estado, pero es tonto negar que nosotros proponíamos la guerra popular y prolongada como forma de llegar al poder. Y también es obvio que la violencia de los militares no les sirvió sólo para vencer a la guerrilla: lo habrían podido conseguir con mucho menos.

    Durante mucho tiempo me equivoqué pensando que los militares habían exagerado: que la amenaza revolucionaria era menor, que no justificaba semejante despliegue. Tardé en entender que los militares y los ricos argentinos habían usado esa amenaza como excusa para corregir la estructura socioeconómica del país: para convertir a la Argentina en una sociedad con menos fábricas y por lo tanto menos obreros reivindicativos, para disciplinar a los díscolos de cualquier orden, y para cumplir con las órdenes reservadas del secretario de Estado USA, su compañero Kissinger, que les dijo en abril de 1976 que debían volver a convertir a nuestro país en un exportador de materia prima agropecuaria.

    Es lo que dijo el ex: “¡Y nosotros estamos siendo juzgados! ¿Para quién ganamos la batalla?”. Porque es cierto que la ganaron, y que su resultado principal no son estos juicios sino este país sojero.

    Ése es el punto en que casi todos se hacen los boludos. La indignación siempre fue más fácil que el pensamiento. Supongo que es mejor que muchos, para sentirse probos, prefieran condenar a los militares antes que seguir apoyándolos como entonces. Pero no deja de inquietarme que todo sea tan fácil y que sólo un asesino hijo de puta suelte, de vez en cuando, ciertas verdades tremebundas.

  3. Hoy oí esta noticia.
    Primero fue la información del descargo que había hecho Menéndez, sosteniendo que hoy están en el poder los guerrilleros de los 70.
    Me acordé entonces de la noticia de ayer, contando que habían encontrado en las paredes de la ESMA pintadas hechas por un desaparecido.
    Me acordé de mamá leyendo con especial interés el Diario del Juicio.
    Me acordé también de mi sensación, mientras estaba en la audiencia, cuando los testigos relataban las torturas más inverosímiles.
    Me acordé de Lula y su relato que me conmovió tanto como me gustó.
    Me acordé de las atrocidades que aparecen en el libro Nunca Más.
    De los comentarios de la mayoría de la gente que me rodeaba -y los de algún trasnochado que me he cruzado ahora-, sosteniendo que los desaparecidos están en Europa.
    Me acordé del escozor que me dio el día en que vi por primera vez la foto de Menéndez tratando de atacar con su cuchillo a alguno que lo había importunado (la foto ahora es conocida).
    Me acordé del miedo cuando recibí la noticia del secuestro de una prima lejana y su madre, por un grupo de tareas, que finalmente las largó.
    Me acordé del miedo que sentía cuando espiaba conversaciones de grandes en las que se contaban otras desapariciones. No podía entender que pasaran sin que se pudieran evitar.
    Me acordé del susto que me daba ir al colegio sentado entre custodios que llevaban ametralladoras en las piernas.
    De las ganas de avisarle a la policía que en ese falcon que paraba en la esquina había gente con cara de malos y tenían armas que podían verse.
    Me acordé de los falcon con tipos con armas en las manos y medio cuerpo afuera, gritando para que la gente se corriera mientras subían y bajaban de la vereda a toda velocidad y con las sirenas a full.
    De las patadas que le pegaban a los autos los policías motorizados para que se corrieran.
    Me acordé del miedo del día en que los dos gordos de traje venían con sus armas en la mano corriendo hacia mi y gritando quedate quieto hijo de puta. El susto no se me pasó por mucho tiempo, aún cuando aquel día hablaban con uno que estaba cerca al que yo no había visto.
    Me acordé de la preocupación de saber que no respetaban ni siquiera a mujeres embarazadas como mi prima, a la que en una requisa de rutina, en la calle, casi la hacen parir entre las itakas.
    Me acordé del miedo que me daba que nuestro auto, siempre con problemas, se quedara parado en los lugares en los que el ejército decía que estaba prohibido parar o detenerse porque el centinela haría fuego.
    Me acordé del estupor de saber que la mayoría de las muertes diarias en enfrentamientos que aparecían en La Nación, en realidad eran simples asesinatos de detenidos.
    Me acordé de la sensación de pensar que aquél tiempo de mierda no iba a terminar nunca.
    Y eso que a mi no me pasó nada…
    Menéndez siguió como si nada.
    Hoy, a treinta años de aquél momento -¡¡¡30 AÑOS!!!!-, todavía este asesino se da el gusto de decir lo que dice.
    Y tiene tanta suerte que se va a morir dentro de poco por su edad, con lo que habrá pasado por esta vida, sin haber recibido la condena que merece.
    Dios quiera que exista la justicia divina.

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