Palabras de ayer. Por Martín Caparrós

Esta columna es vieja. Retoma un debate de ayer –de hoy, domingo, mientras la escribo– que esta mañana –de hoy, lunes, mientras la leemos– ya habrá sido saldada: ya debe haber salido el señor jefe de gobierno a decir que cómo se le ocurre semejante barbaridad a ese tal Zago –y que analiza pedirle su partida. Claro, el ingeniero Macri es un político abierto, tolerante, respetuoso por sobre todas las cosas de las libertades colectivas, así que seguro que no tardó un instante –bufó, piafó, se salió de la vaina– en desmentir ese peligro publicado ayer: que un legislador PRO, Oscar Zago, va a presentar un proyecto de ley para que en Buenos Aires sólo pueda haber manifestaciones un día por semana o, dicho de otro modo: para que se prohíban las manifestaciones seis días de cada siete.

“La libertad de expresión de todos los ciudadanos es el fundamento irrenunciable de nuestra doctrina liberal”, gritará indignado nuestro jefe de gobierno, lo presiento, y, después, más calmado: “No podemos atacar un problema por sus efectos sino por sus causas”, dirá, palabras más, palabras menos, y explicará que a nadie le gusta salir a protestar porque sí, que en general las personas tienen cosas más interesantes y cómodas y gratificantes que hacer y que sólo salen cuando sienten que no tienen más remedio, que así ya no pueden seguir: que salir a la calle es un recurso de los que no encuentran soluciones donde deberían estar y que lo que hay que hacer es trabajar para que nadie necesite salir a la calle a pedir nada. Que ésa es tarea de los gobernantes, dirá y, aunque yo no esté de acuerdo, respetaré su adhesión a sus principios.

Será valiente. Sabrá que muchas personas –en la ciudad, pese a su prédica, todavía hay mucho bruto fascista autoritario nostálgico del látigo y la espada– podrían estar de acuerdo con la medida represiva, porque no soportan perder unos minutos en cortes o embotellamientos y no entienden que, para muchos, la única forma de hacerse escuchar es salir a la calle. A esas personas les dirá, ejecutivo como siempre, que no es siquiera una cuestión de moral o de ética sino de interés: que a veces hay que pagar cierto precio por la libertad, que hoy los que piden son los estudiantes secundarios o los jubilados –gente revoltosa, es cierto, les dirá– pero mañana pueden ser ustedes los bancarios o las amas de casa o los socios de la Sociedad Rural o incluso la gente, y que hoy por ti mañana por mí es uno de los principios de la democracia liberal bien entendida.

Será un momento muy simpático. La derecha civilizada, la que no tiene nada que ver con golpes y algaradas, militares asesinos, empresarios contrabandistas y/o evasores, financistas glotones, funcionarios corruptos, politicastros patrañeros, periodistas chiveados, patrones chupasangre, curas inquisidores violaniños y otros excrementos, habrá mostrado una vez más su inteligencia y su preocupación por los destinos de la patria. Así da gusto escribir una columna vieja.

Publicado en Crítica de la Argentina el lunes 6 de octubre de 2008.
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