María

Un gran cartel publicitario tiene una leyenda que invita a desafiar tus límites sobre una foto de las áridas montañas del noroeste argentino, detrás se ocultan las paredes de una modesta vivienda. La puerta de acceso es angosta y da a un pasillo sin techo con vericuetos no claros. La primera impresión es que en esa vivienda de una sola planta viven tantos como en el moderno edificio de enfrente.

María se asoma con una gran sonrisa y ofrece un mate en una improvisada sala que cumple su función de “estar” durante el día y pieza durante la noche. “Nosotros llegamos hace más de 30 años a la Argentina”, dice María Asunción Pereyra, de 55 años. Es alegre y se presenta como la responsable de todas las casas. Viven en la ochava cinco familias. Todos son bolivianos. Todos son parientes.

Nueve adultos y los dos nenes mayores, Camila de 22 y Juan Manuel de 20, trabajan todos los días, incluidos los sábados. María se ocupa de llevar a los chicos al jardín, preparar la comida para todos y ayudar a que los de la primaria y los tres que están en la secundaria no “sean vagos”. Ella llegó con el que es hoy su marido en busca de trabajo, una vez instalados fueron llamando a hermanos y primos. “Si nos juntamos todos, los domingos no entramos acá”, cuenta con una gran sonrisa que muestra la falta de dos dientes. Es petisa y ancha, lleva puestas unas calzas negras y unas zapatillas blancas de gran tamaño.

“Desde Bolivia a la Argentina viajan muchos todos los años. Bolivia tuvo siempre una situación para el trabajador diferente, peor. Acá hay empleo, a veces más, a veces menos, pero ahora con la construcción, todos están trabajando bien”, describe María buscando llevar seriedad a la charla que pasó por la escolaridad de cada uno de los chicos, las travesuras de unos y los amores de otros. En la casa de la ochava se está poniendo el sol y las luces del cartel iluminan de blanco un patio donde juegan y corren unos 10 niños, entre propios y ajenos.

Sale el tema casi sin intención. Mira el piso, se pone seria y recuerda a sus parientes que aun están en Bolivia. Imagino una lágrima que no muestra. Solo mira con seriedad. María los nombra, se para y trae unas fotos: cada María de esas fotos tiene su historia, cada uno merece una anécdota que devuelve la risa a carcajadas. A la mayoría no los conoce personalmente, aunque parece conocerlos más que nadie en el mundo con cada referencia. Tiene ganas y creo que lo logra: María volvió a Bolivia. Desde allá y con ellos a su lado me cuenta detalles.

Si veinte años no es nada, treinta y pico tampoco. La situación política actual la sigue minuto a minuto. Conoce cada uno de los interlocutores. Habla con odio visceral de unos y amor incondicional de los otros. “Nunca nadie hizo lo que Evo hace, pero con estos no sé puede, parece que el país fuera de ellos”, dice con bronca. El día de las elecciones cuenta que fueron todos. Resignada y con tristeza dice que cambiar las cosas es muy difícil: “Los que tienen la quieren toda para ellos”.

Ya es de noche y la visita llegó a su fin. María pone una olla grande con agua en el fuego y manda a bañarse a los chicos que nunca sé cansaron de correr. Los reta y me mira con complicidad y una sonrisa. Esa sonrisa que solo perdió cuando habló de su país. Una chica con fuertes rasgos indios entra con una mochila, se la ve cansada. Es Camila, tiene 22 y recién llega de la facultad, donde rinde materias de cuarto año de Derecho. Camila salió a trabajar temprano. El más chico de los que corren la saluda con un beso y, abrazo reclama ella. Es su hijo que nunca supo quien era su padre. María y Camila son dos generaciones de mujeres con oportunidades diferentes. Lo único que pide María es que sus familiares que aun están en Bolivia tengan la misma oportunidad que Camila. Ambas desafiaron sus límites, pero ya no compran publicidades.

6 comentarios en “María

  1. Chinchi, has hecho mucho más que un comentario. Opinar en política es hacer el ejercicio que hiciste vos. Encontraste tu pertenencia al caso planteado y desde ahí diste tu opinión. La política no hace otra cosa que tratar los temas que son nuestra vida, nuestro entorno, nuestra economía. Esa es la razón por la que podías opinar. Gracias y espero encontrarte en nuevos post.

  2. En cuanto a temas de índole político, quizás la palabra ignorancia no sea la más adecuada. Pero no me siento con la capacidad de opinar sobre temas que en mi humilde opinión no pueda aportar un comentario constructivo.
    Pero con respecto a la nota, tienes razón, puedo emitir una opinión.
    Como parte de esta sociedad y siendo mujer, siento una gran admiración por esta pequeña gran mujer, quien logra un sistema de una vivencia y convivencia digna, en forma precaria, no optima, pero efectiva. En una tierra que no es propia de ella, siente el progreso con el trabajo diario y anhelando que los suyos puedan reunirse algún día con ella.
    Este es un sentimiento que puedo compartir, ya que soy una inmigrante al igual que ella, y doy fe, que con la perseverancia y el trabajo del día a día, se puede lograr buenos resultados.

  3. Gracias Chinchi por tus palabras. Una vez más disiento con eso de ser ignorante en política. Me parece que es una posición previa que te auto excluye. La política puede ser vista, analizada, desde el conocimiento académico, pero todos somos sujetos políticos y opinar sobre lo que nos pasa como país, como sociedad es opinar sobre nosotros y estamos capacitados para hacerlo desde el vamos. Me parece muy importante que sepamos eso y nos larguemos a hacerlo, pues eso no llevará inevitablemente a pensar en términos políticos.

  4. Muy lindo artículo. Como comente en una oportunidad, mi ignorancia en la política me obligue a no poder opinar demasiado, pero cuando desarrollas escritos como este, lo haces muy bien, se nota que lo haces de corazón.
    Suerte con el blog…

  5. Conmovedora pieza, Indalecio. El otro día hablaba con un amigo uruguayo que está aquí hace más de cuerenta años, y me decía que en Uruguay no hay racismo, y hay muchísimos negros (africanos, dicho sin connotaciones de ninguna clase) y se llevan todos bien. “Acá —me dijo— si preguntás NADIE es racista… ¡Pero lo son, CASI TODOS!”…

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