Mostrarse hasta que aclare. Por Mario Wainfeld

En 1997, cuando se conoció la conformación de la Alianza, este cronista le pidió su parecer a un conocido consultor electoral ligado al peronismo. “Hay dos noticias, una buena y una mala. La mala es que nos van a romper el alma. La buena es que este año voy a hacer encuestas a lo pavote”, dijo el hombre. Quizá no dijo “alma” y apeló a una metáfora más vulgar y orgánica, pero lo cierto es que pegó los dos vaticinios.

Descifrar los escenarios futuros tiene su mérito, aunque es válido refrescar que en aquel entonces había menos variables en juego. La oposición se concentraba en dos partidos, que aunaban tres (y no más que tres) presidenciables con perspectivas ganadoras: Fernando de la Rúa, Carlos Alvarez y Graciela Fernández Meijide. Un marco ordenadito, muy ordenadito en términos comparativos. Ahora el horizonte es (elija usted la imagen) confuso, abierto, un jardín de senderos que se bifurcan, un laberinto. La buena noticia de antaño para los encuestadores se repite, el resultado final es más arduo de discernir.

Hoy día, los presidenciables no kirchneristas cunden en proporción inversa a la existencia concreta de partidos políticos. Elisa Carrió, Mauricio Macri lo son desde hace un buen tiempo, Felipe Solá se suma ahora, Julio Cobos debe agradecerle al kirchnerismo su raudo ingreso a esa categoría. Carlos Reutemann (que no es opositor estricto, ni kirchnerista estricto, sino todo lo contrario) se reenganchó, como en el chinchón, tras haber desistido de una candidatura plena de potencialidades en 2003. Los motivos de aquella decisión continúan siendo un enigma que la parca oratoria de Lole no contribuyó a descifrar.

Los márgenes de maniobra de esos protagonistas, desligados de orgánicas a las que remitirse o colectivos a los que consultar son enormes. De ahí que el imaginario tablero de octubre sea imposible de redondear. Los dirigentes opositores aspiran a repartirse un pozo enorme (entre el 60 y el 70 por ciento del electorado nacional, a ojímetro), siendo que ninguno de ellos es taita en más de dos distritos, máximo. Pero los cargos en juego se dirimen en provincias y municipios. Su juego, entonces, es endiablado. Pretenden quedar en pole position (o así fuera entre los primeros en los puestos de largada) para 2011. Las alquimias posibles no son infinitas pero sí demasiadas. La creatividad posible se agranda porque piensan no es ésta la hora de precisiones ideológicas o programáticas. Y porque sólo deben consultar sus movidas con la almohada o, como mucho, con su pareja.

Claro que ese haz de protagonistas con gran margen táctico afronta un riesgo, que siempre los hay. Desprovistos de chasis orgánico como están, un error de maniobra puede relegarlos. Dado que el espacio opositor es una virtualidad a construir, sus votos pueden sumarse en los análisis posteriores pero su interna abierta se juega en aprontes, operaciones, tertulias y declaraciones. Un paso en falso puede ser letal, acaso no para las perspectivas del Frente del rechazo, pero sí para las chances de alguno de sus referentes. Las posibilidades de lucrar son elevadas pero la afectio societatis es, conceptualmente, mucho menor que en un partido convencional. Nadie puede sospechar que Felipe Solá y Francisco de Narváez se estimen, que íntimamente se juzguen pares, y hasta que estén dispuestos a ir a la zaga del otro si así se dispone el sabó. Los partidos convencionales disponían esos sacrificios coyunturales porque podían tener contrapartida en el futuro compartido, que se descontaba. En la Argentina del siglo XXI, la de la política líquida, es diferente.

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La (atinada) percepción del abanico opositor es que hay disponibles muchos votantes que esperan canales exitosos para vencer al oficialismo nacional. La ciudadanía, ay, es a menudo resultadista. El voto útil es una de sus herramientas, lo que puede llevar a dejar de lado a quienes resientan “la unidad”. Sería una macana “sacar los pies del plato”, como mentaba Perón (concurso para lectores eruditos: ¿qué es eso de sacar los pies del plato?). Seguramente eso indujo a De Narváez a concurrir al encuentro de ayer. Proclamarse primus inter pares pero no confluir es mala presentación.

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La presentación de Mauricio Macri, Solá y De Narváez, los tres de impecable traje azul y sonrisa al tono, registra esas coordenadas. Es una señal, no añade precisiones sobre candidaturas ni sobre el modo de dirimirlas. Todo indica que no las habrá en meses. Anticipar maniobras es un albur cuando todos los contendientes (internos y externos) esconden sus barajas, Néstor Kirchner incluido.

El jefe de Gobierno gana un bonus porque se constituye en convocante. Hace aparente un dato ostensible, muy negado en la esfera mediática: Eduardo Duhalde reivindica ese lugar, pero no tiene piné para plasmarlo, su condición de “gran elector” o “armador” se refuta a cada paso.

Solá consigue que De Narváez se comprometa con el espacio común. El Colorado es, posiblemente, el que llegó más forzado al cónclave, pero (ya se señaló) tenía jugada única.

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La ciencia vigente prescribe mucha presencia mediática, magra o sustancia política, ensillar (para mostrarse en los medios) hasta que aclare. La foto del Intercontinental conseguirá ese cometido, estas páginas y esta nota lo comprueban, por si hacía falta.

Tal vez hubo un error de timing para el momento de la presentación. Imperdonable en Macri, un especialista en la materia, y aun en sus cofrades, que son futboleros. La atención pública se conmovió ayer por otro issue que tuvo más rating, ocupará más centimil y muchas más pláticas de café, que calienta muchos más corazones que la política hecha TEG. De cualquier modo, no hay por qué exagerar. Hasta ahora, Lionel Messi no es presidenciable.

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Publicado en Página 12 del jueves 12 de febrero de 2009.

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