La crispación no construye una Argentina inclusiva. Por Felipe Solá

El desafío histórico que tiene la Argentina por delante es el mismo que lo persigue como una sombra desde su propia constitución como Nación y el que con frecuencia pone en riesgo su propia existencia y dinamita cada esfuerzo por salir adelante. Me refiero a la necesidad de construir un proyecto de país capaz de contenernos a todos, no con una mirada ingenua y romántica, sino con la convicción de que aun con tensiones y disidencias, es posible diseñar un proyecto estratégico común que deje atrás los antagonismos que hasta hoy alimentan un dramático juego de suma cero.

Curiosamente, a contramano de lo que ha ocurrido con otras naciones que han saldado los proyectos contrapuestos, la confrontación ha sido una constante en nuestra historia y permanece irresuelta; y para peor, gravemente impulsada en los últimos años desde lo más alto del poder institucional.

La democracia ha quedado reducida al cumplimiento de algunas formalidades no poco importantes, pero sin capacidad para resolver los problemas de fondo, como la pobreza, la inseguridad y el escaso desarrollo económico. Pero ¿cuál es el origen de esa falla? ¿Qué es lo que hace que un gobierno surgido del voto, con origen en un partido popular y con la expansión económica que vivimos hasta comienzos de 2008 haya sido incapaz de conducir a la Argentina hacia la paz social, el diálogo y el consenso necesarios para modelar un proyecto de país inclusivo?

El filósofo español Fernando Savater sostiene que si bien la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, el concepto mismo de pueblo suele encerrar una trampa a la hora de ejercer el poder. En ocasiones, afirma, se incurre en el error de sostener que el pueblo “representa a una parte de la sociedad, la parte más sana, la porción buena, y por lo tanto la única legítimamente autorizada para decidir políticamente, contrapuesta a otras secciones malas… Y esa visión tuerta es radicalmente antidemocrática”.

Lo que propone Savater es que toda la sociedad sea considerada pueblo en virtud de aquella definición de democracia. Los trabajadores urbanos, los comerciantes, pero también los productores agropecuarios, los empresarios y los trabajadores rurales, todos, forman parte de ese universo por, de y para el cual se gobierna en democracia. Suponer entonces, como hace este Gobierno, que una administración es popular porque en teoría se asienta sobre algunos sectores sociales en contra de otros, es definitivamente una concepción autoritaria, por lo tanto excluyente, fragmentaria, y en última instancia, violenta.

Así, hay comprensión en relación a los piquetes de beneficiarios de planes sociales pero se cuestiona a lo que protagonizan los hombres de campo; se toleran los bloqueos con camiones de las plantas de los diarios, pero se encarcelan productores rurales que encabezan un tractorazo. Esa idea, obsoleta, vetusta, es la que subyace en los hombres del Gobierno, muchos de los cuales incluso honestamente siguen pensando de acuerdo a ese código binario rudimentario, que no hace más que empujarnos hacia el abismo. Una matriz de análisis de la realidad que hace imposible, lamentablemente, soñar con un cambio de políticas.

Aun cuando aparezcan algunas positivas señales de distensión, como ocurrió la semana pasada con el campo, deberá tenerse en cuenta que se trata de acciones circunstanciales, correcciones meramente tácticas para un gobierno que en el fondo piensa en términos de antinomias.

En este clima de crispación, o peor aún, bajo esta lógica de poder que invade al Gobierno, no sólo es difícil avanzar en la búsqueda de consensos, sino que resulta peligroso incursionar en modificaciones oportunistas o cortoplacistas de andamiajes jurídicos que puedan tener un alto impacto en términos de la conversación pública y plural que exigen los argentinos.

Más allá de declaraciones “políticamente correctas” sobre su contenido, la oportunidad de la iniciativa oficial para sancionar una nueva Ley de Radiodifusión, justamente, pone en riesgo algunas de las garantías básicas que deben regir para balancear los excesos del poder político.

Cuando las instituciones crujen, cuando desde el poder se impone una lógica de confrontación, cuando abundan experimentos oficiales para silenciar a medios de comunicación a través de la manipulación de la pauta oficial, de la compra hostil o de iniciativas que apuntan a debilitar económicamente a los medios no adictos, claramente no existen condiciones para un debate serio, tranquilo y responsable de una nueva norma que rija los destinos de la mayor estructura de simbolización de la sociedad contemporánea.

No aparece entonces clara la intención oficial, tan declamada por algunos de sus miembros, de ampliar las voces y opiniones, sino más bien otra: amordazar las voces independientes que sobreviven.

Ocurre que no hay una sola señal que permita presumir que este Gobierno pretende abrir el debate sobre la radiodifusión para fortalecer un sistema de medios de comunicación privados y públicos independientes del poder político, que es en definitiva el único sentido que tendría la modificación de la ley vigente.

La Argentina necesita construir algunos consensos básicos sobre los que asentar su desarrollo, como lo intentaran sólo algunos de los hombres que protagonizaron la organización nacional a mediados del siglo XIX. Por aquel entonces, un Alberdi poco recordado por la historiografía liberal, en su Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho, sorprendía no sólo con conceptos elogiosos de Juan Manuel de Rosas, sino con una definición de la noción de pueblo que hoy envidiaríamos.

Allí, sostenía palabras que hoy, 170 años después, hacemos nuestras: “Nadie se esclaviza por designio, sino por error. En tal caso, ilustrar la libertad, moralizar la libertad, sería emancipar la libertad”.

Hoy la Argentina debe reparar su error y emancipar su libertad, para construir un proyecto inclusivo. Sólo depende de nosotros.

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Publicado en Clarín el 16 de marzo de 2009.

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2 comentarios en “La crispación no construye una Argentina inclusiva. Por Felipe Solá

  1. En el último número de la Revista 23, hay un reportaje a JP Feinmann y en un momento le preguntan: P- “Alguna vez dijo a Veintitrés que Kirchner era un Tío Patilludo que no repartía. Las retenciones eran por lo menos un intento de sacarles algo a los que más tenían…”
    JPF- “Y casi se van a los caños. Me daban ganas de pedirle perdón por todo lo que hinché por la distribución de la riqueza porque, cuando quiso distribuír el tres por ciento, casi cae el Gobierno…”.
    Pero se ve que Felipe ve otra realidad.

  2. Qué horror! Qué distancia tan grande nos separa. Qué abandono del idealismo. Qué manera de esclavizarse vaya a saber uno por qué.
    Nadie sabe tanto como el autor de la nota, que la definición de Savater es en realidad un intento por igualar allí en el terreno donde la derecha siempre pierde. Convengamos, la derecha gana por la billetera, pero pierde por mucho en popularidad. Vamos, cuando se habla de pueblo, todos sabemos que si bien el concepto inclusivo es el de todos los habitantes, la democracia no puede sino hacer referencia a la mayoría. Cuando la frazada es una sola, es imposible que tape a todos. Siempre va a haber algunos que se quejen. Nosotros, somos partidario de que desde el poder, se cobije a los más necesitados, que los otros se abrigan solos. La posibilidad que da la política, es la de transformar en favor de los que menos tienen. Oponer a eso la objeción de que eso no incluye a todos, es proponer dar el mismo trato a desiguales, aumentando esa desigualdad.
    Un país que nos contenga a todos, exige la extrema dedicación a los excluídos, porque son ellos los que no están contenidos. Quienes se negaron a compartir una parte de sus ingresos en la abundancia y ahora lloran miseria mientras esconden sus reservas, no necesitan ser incluídos. Incluídos necesitan ser los que no tienen trabajo, casa, comida, educación. Los condenados a la miseria.
    El gobierno confronta, dice el autor, omitiendo decir que lo que hace el gobierno es tratar de equilibrar la distribución del ingreso, donde lo que él se queja de que se llame “el pueblo” (supuestos incluídos) son la gran mayoría que se lleva la menor parte de la torta y los que él defiende pidiendo su inclusión (supuestos excluídos), son los dueños de los campos, las 4×4, la mayor parte de la torta y, a lo largo de la historia, de la mayor parte del poder. Lo que hace el gobierno les duele. Les duele en el bolsillo, por eso lo acusan de confrontar.
    No quiero extenderme más, pero no puedo dejar pasar que es inadmisible sostener que el gobierno hizo algo contra los piquetes de la abundancia. Paralizaron el país durante varios meses, decidiendo quien pasaba y quien no, pero eso si, siempre durante la época en la que ellos no tenían nada que hacer, en cuanto necesitaron trabajar el campo, levantaron los cortes… en fin, ¿qué decir? me quedo con lo que decía al principio. Que tristeza enorme oírlo hablar así, que abismo, olvidarse de la ideología, hablar de instituciones que crujen, oponerse a la ley de radiodifusión después de haber padecido la actual en sus tiempos de gobernador…
    Como diría Sabina: ¿cómo te has dejado llevar a un callejón sin salida, tu, el mejor dotado de los conductores suicidas?

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