El gobierno como espectáculo. Por Miguel Bonasso

Ante la carencia de proyecto, se proponen soluciones de cortísimo plazo. Este supuesto triunfo del federalismo busca asegurar apoyos eb campaña.

Me invitaron a Olivos para el “anuncio trascendental” del jueves pasado, pero decliné la oferta.

Pocos días antes me habían invitado al teatro Argentino de La Plata para la presentación en sociedad de la ley de radiodifusión y también me negué al dudoso placer de participar en el coro multitudinario.

La invitación más significativa era la segunda, porque venía a continuación de mi voto positivo en el adelantamiento de las elecciones y tal vez alguien se confundió pensando que apoyaba al gobierno y no al interés de la sociedad y el Estado.

Algo similar ocurrió el año pasado, después de la maratónica sesión sobre la 125. Como había votado a favor de las retenciones segmentadas, me propusieron subirme a la caravana de vehículos que partió, cargada de legisladores, hacia el besamanos de Olivos. Tampoco fui, por supuesto.

En los tiempos que vivimos, tanto el gobierno como la oposición suelen confundir coincidencias ocasionales derivadas de la lealtad a ciertos principios permanentes, con un apoyo a sus conveniencias puntuales. Ser recibido con sonrisas o execrado depende, por ejemplo, de la asistencia a una sesión especial.

En el caso del gobierno esa lealtad implica integrarse a un estilo, diría a una estética incluso, que me resultan totalmente ajenos. Es una suerte de Versailles bonaerense, en la que sólo cabe empolvarse la peluca, ajustarse las medias de seda, sacarles brillo a los escarpines de charol y prepararse para aplaudir anuncios enigmáticos cuando son formulados, entre sonrisas y reconvenciones, por Su Excelencia.

Mientras llega ese momento climático hay que abrazarse y besarse con personas a las que uno no invitaría ni a tomar un café y esperar paciente, entre ávidos apretujones, a que los esforzados soldados del protocolo presidencial les asignen un lugar en el espacio cortesano.

El Quincho de Olivos, devenido Trianón del poder bifronte, se ha convertido en el espacio predilecto de un estilo político que combina las inclinaciones dieciochescas de marqueses y marquesas con las sorpresas online del reality show. Es el gobierno como espectáculo.

Ante la carencia de un proyecto, ante la ausencia de una estrategia nacional, reina la táctica y el grueso margen de error que puede anularla o incluso volverla en contra, cuando ella carece de una visión trascendente y se limita a proponer soluciones de cortísimo plazo. Soluciones que no suelen pasar del jueves siguiente. Que sólo permiten ir durando hasta el próximo “anuncio trascendental”. O, peor aún, que aumentan la irritación creciente de vastos sectores de la población cuando los espectadores descubren la tosca urdimbre del truco. Porque entonces, cuando la ilusión se esfuma, la sustituye el encono.

Es, precisamente, lo que ha ocurrido con esta última prestidigitación de las retenciones y su coparticipación con provincias y municipios. Aún los espectadores menos avisados entendieron rápidamente que este supuesto triunfo del federalismo constituye apenas una maniobra para asegurar el apoyo de gobernadores e intendentes en la inminente campaña electoral.

Así lo entendieron varios de los asistentes al Trianón que pelaron sus sofisticados blackberries o sus rústicas calculadoras para convertir en guarismos el maná presidencial que les estaban anunciando.

El llamado “campo”, en cambio, volvió a redoblar los tambores de guerra. Los chacareros recibieron el anuncio como una provocación y actuaron en consecuencia. Reacción previsible que no justifica algunos actos de canibalismo político, como los cortes de ruta y los exabruptos macartistas.

Ahora bien, ¿no lo previeron los estrategas de Olivos o, por el contrario, se trataba de un efecto buscado? En cualquiera de los dos casos es lamentable. Lo que menos necesita el gobierno y la sociedad en este momento es un regreso a los idus de marzo del año pasado, que dieron paso a la guerra gaucha y a la más vertiginosa evaporación de caudal político de que se tenga memoria.

Lo dije antes y lo reitero ahora: creo firmemente que el Estado nacional debe percibir retenciones por los derechos de exportación, como los percibe por derechos de importación. El sector público debe retener una parte de la renta agraria, como de la minera o la petrolera. Esos derechos no son coparticipables. Pero creo también que debe haber una ponderación racional y equitativa en su percepción, adaptable a las distintas coyunturas.

La realidad de los pequeños y medianos productores no es la misma que la de los grandes pools de siembra. Tampoco las condiciones de este marzo son iguales a las del año pasado. Media entre ambas situaciones una de las sequías más devastadoras de nuestra historia agropecuaria y un derrumbe en los precios internacionales de las commodities, como la soja.

También es verdad, para ser justos, que la recaudación fiscal no es la misma y que el gobierno debe munirse de recursos para hacer frente a crecientes obligaciones. Pero lo curioso es que este último “anuncio trascendental” no concurre a resolver ninguna de las dos falencias. Ni la de los productores ni las del Estado, que ahora resigna un 30 por ciento de las retenciones.

La medida desnuda lo que hemos venido señalando hasta el hartazgo desde esta columna: no existe un proyecto nacional y por lo tanto no existe un plan agropecuario que potencie a las distintas producciones. Esta carencia no se resuelve demonizando a un sector social remiso a soportar mayores cargas fiscales, sino construyendo un sistema de equidad.

Hay numerosos ejemplos históricos en todo el mundo de gobiernos que exigieron a sus pueblos esfuerzos extraordinarios para superar crisis, embargos y guerras, pero sólo fueron acompañados aquellos que pudieron demostrar imparcialidad y equilibrio en sus exigencias. La famosa doctrina de la manta, de la que hablaba Arturo Jauretche: “Que tape a todos o que no tape a nadie”.

No es el caso de nuestro gobierno, que sigue sin aplicar de manera igualitaria el viejo sistema de premios y castigos. Que extravió el rumbo al olvidar que la crisis de representatividad sufrida en diciembre de 2001 sigue bullendo bajo la superficie.

Por eso juzgo que es mejor apartarse para tomar real perspectiva y no quedar atrapado en el minué de los cortesanos. No sé muy bien qué puede entenderse hoy por “progresista”, pero estoy seguro de que no hay progreso alguno en un retorno a Versailles.

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Publicado en Crítica el 22 de marzo pasado.

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Breve comentario. Por IGB

El periodista y escritor Miguel Bonasso cuenta con curricula suficiente como para ocupar su banca en la Cámara de Diputados de la Nación. Suficientes y sobrados antecedentes. Sin embargo, no tiene absolutamente ninguna experiencia de gobierno ni mucho menos conocimientos de macroeconomía como para juzgar, como lo hace, las medidas que crítica.

En momentos como los que el mundo está viviendo, no hay plan previo posible. Todos los anuncios deben hacerse, aunque no guste, con el mayor respaldo político posible, mostrando a internos y externos la unidad nacional detrás de cada medida. El hecho de que la oposición no participe como debería, no es razón suficiente para cuestionar a quienes asisten al “besa manos”, como lo llama.

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3 comentarios en “El gobierno como espectáculo. Por Miguel Bonasso

  1. Que simple, que fácil y que automático sería gobernar como lo proponen aquellos que apoyan al gobierno pero no a todas las medidas.
    Aceptémoslo, también un tanto naif.
    Me recuerdan a los salames que sostienen que lo que hace falta es hacer las cosas bien. ¿y qué es hacer las cosas bien? ¿bien para quien?
    Después de haber estado ocupando un escaño en el congreso, ¿no llegan a darse cuenta de que lo que hay en juego son intereses, y que esos intereses también juegan y cada uno defiende lo suyo? ¿Tan difícil es entender que hay que aliarse con unos u otros según sean los objetivos a alcanzar, pero que todo tiene un costo?
    A veces no se si se hacen los boludos o si estamos rodeados de boludos, pero sospecho que en realidad lo que pasa es que nos toman por boludos.

  2. Bonasso… Bonasso…mmmmmmmehh.. me suena.
    No es el que se colgó de la lista de Cristina en
    el 2007 para seguir siendo periodista-diputado?

    Porque no averiguamos cuantos días pasa de vieja a
    al año este muchachito comentón.
    Patético

  3. De acuerdo con IGB. Y absolutamente ridiculo Bonasso, buen periodista, no se si buen escritor (tal vez lo sea, nunca lei nada de el). El mismo titulo de la nota: “El gobierno como espectaculo”, muestra su actitud pasiva de espectador, que desarrolla posteriormente. Puede que sirva esa actitud en la literatura, pero es lamentable para un politico. La politica puede ser muy sucia, pero si quiere participar (a esta altura, como diputado debe), que deje de jugar a la senhora gorda que critica desde el balcon. Que se ensucie en el juego politico, y no le estoy pidiendo que se corrompa.

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