…afianzar la justicia…

Primera parte de tres del cuento “Para los otros la libertad” de Enrique González Bergez, publicado en la revista UNIDOS en diciembre de 1987.

Las historias de vida que siguen, apenas ficcionalizadas, no transcurren en geografías lejanas o exóticas. Por acá no más viven las Marías Rosas Gálvez que no tienen trabajo, ni cama y necesitan ayuda.

…afianzar la justicia…

En ausencia del oficial principal Rubén Hortensio Cardoso, comparece ante mí, Cabo primero Marcelo Sosa, a cargo del Destacamento de Policía de Estación Delfina, una señorita de sexo femenino que dice llamarse Iris Mabel Becerra, argentina, estado civil soltera, de veintiséis años, sin documento de identidad, que no lee ni escribe, más comúnmente conocida por los vecinos como “la oveja”, que se presenta en esta repartición a los fines de dejar constancia de la siguiente denuncia que pasa a relatar. Encontrándose la susodicha la noche del sábado pasado en su casa del barrio llamado de “El Zanjón”, que consta de dos piezas levantadas en barro, una para cocina, y una letrina que está a una distancia de seis metros de la misma, recibió la visita de dos sujetos vecinos de esta zona, de apellidos Santana y Guerrero, de su amistad, que se presentaron con el fin de visitarla y retribuirle un servicio del cuerpo, como saben hacerlo con frecuencia. Los citados individuos estaban algo bebidos y llevaban con ellos, el llamado Guerrero, una botella de grappa marca La Legua, de litro, que se encontraba a medio tomar. Los susodichos y la compareciente luego beben en abundancia y dice no recordar lo que pasó hasta que despertó sola y despojada de sus ropas, en el piso de la pieza con fuertes dolores de parto, pues se encontraba embarazada no sabe decir de cuántos meses. En esta situación da a luz a una criatura de sexo masculino a la que alcanza a envolver en unas mantas y, sin fuerzas para llegar a la bomba del patio, vuelve a conciliar el sueño hasta mediodía, donde los llantos del hijo y el calor la despiertan y entonces puede higienizarse. Agrega que no teniendo nada para comer y víctima de fuertes dolores transcurre el día domingo y en la noche de ese día, sin saber cómo afrontar su nueva situación por falta de recursos y suponiendo que lo hacía por el bien de la criatura, dado que lloraba sin parar lo lleva hasta el pozo del excusado o letrina que se encuentra al fondo del terreno y lo introduce en el mismo, luego de lo cual regresa a su pieza y se duerme hasta hoy por la mañana.
Preguntada sobre si conoce al padre del menor, contesta no saber quién puede haber sido. Preguntada si tiene padres o hermanos contesta que tuvo madre, que ya murió, y hermanos no sabe si tres o cuatro pero que ignora dónde puedan estar. Preguntada con qué recursos vive dice que sabe hacer changas como servicio doméstico en las Estancias El Retiro y Abril del Dr. Arroyo Zavala, pero que, como los patrones andan de viaje, hace meses que no trabaja. Preguntada sobre si volvería a hacer lo mismo, confiesa estar arrepentida de su acto, pero que no se anima a volver al excusado, de donde cree oír quejidos. Ante esta situación se dispone que los agentes Oscar Nelio Villegas y Rogelio César Estévez se apersonen en la vivienda, donde verifican en el susodicho lugar la presencia del cadáver de una criatura de sexo masculino, fallecida seguramente por asfixia. Sin nada más que declarar queda detenida la infrascripta y se pasan las actuaciones al Sr. Juez de turno del Tribunal de Mercedes. No sabiendo firmar figura al pie la huella digital de su pulgar derecho. Doy fe.

…consolidar la paz interior…

Me va tener que dar una mano porque ando en la mala. Porque seguro que cuando refresque le va a ir a alcahuetear al oficial y me van a venir a buscar. Yo no le quise hacer nada, si ni vale ensuciarse por uno como él. Pero anduvo provocando toda la noche. Pasaba y se reía. Y yo estaba con la familia, vió. Para mejor la noche de fin de año.
Cuando me acerqué a la cantina a buscar gaseosa para las criaturas, ya estaba medio en pedo apoyado en el mostrador. Y otra vez se reía con los otros. Para mí que era porque la Griselda se fue con la nena a las casas cuando él la cagó a palos. Porque la Griselda es prima de mi señora, vio. Y ahora no quiere volver y él no se lo perdona. Pero nosotros ¿qué tenemos que ver? Sabe qué pasa: yo no quiero problemas con nadie, pero que no me busquen porque me van a encontrar. Como el día que nos mandaron a Mercedes por lo de Pelado. Fue una injusticia porque el que empezó fue él. Yo estaba con Tito y Aníbal y nos dijo que no éramos culo para bolsear en el galpón a la par de él. Todo porque el sábado me habían dado la changa a mí en lugar de él. Y, como yo le dije, yo qué tenía que ver si él no estaba. Pero no, siguió jodiendo hasta que Tito le dio un empujón. Ahí no más agarró la fusta y nos enfrentó a los tres.
Aníbal lo abrazó de atrás pero no aflojaba. Hasta que zafó y volvió con la fusta. Y pegaba fuerte. Yo le dije –no te hagás de matar Pelado– pero nada. Cuando Aníbal lo volvió a agarrar, Tito le hizo unos puntazos en la barriga, pero seguía pegando con la fusta. Y no hubo más remedio.
Fui a buscar la tranca de atrás de la puerta y me le dormí de un fierrazo. Cayó como muerto, pero a los quince días estaba otra vez en el pueblo, todo vendado, pero mansito. Ahora, tarde por medio, va a tomar mate a las casas y nunca más tuvimos una palabra. Pero los que tuvimos que bajar al tribunal de Mercedes fuimos nosotros… ¡Y si nosotros no habíamos empezado! Eso está mal. Y ahora va a ver que pasa lo mismo. Y yo no hice nada malo. Cuando siguió cargando la llevé a la Negra y a los chicos a las casas y volví al baile. Estaba en la puerta que ni se podía tener. Cuando me ve llegar, ya era de día, dijo co–co–co las gallinas y ahí se me nubló la vista.
Pero con el cuchillo apenas lo toqué y anda gritando. Por un ojalito apenas hace tanto barullo, porque la camisa se la rajó cuando saltó detrás del auto de Rangoni. Pero usted va ver: ahí viene el jeep de la policía y seguro que van a decir que yo tengo la culpa. Usted sálveme… Si usted le dice capaz que no me mandan a Mercedes. Yo soy hombre de trabajo y en el frigorífico de Coronel Céspedes otra vez no me van a esperar. Sabe qué: yo el miedo que tengo es que el desgraciado se haya ido en sangre cuando lo llevó la ambulancia.
(Continua)

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Publicado en UNIDOS, año V, N° 17, diciembre de 1987. La versión en Internet está en la página de Croqueta y la pueden consultar acá.

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