…y asegurar los beneficios de la libertad…

Tercera parte de tres del cuento “Para los otros la libertad” de Enrique González Bergez, publicado en la revista UNIDOS en diciembre de 1987.

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…y asegurar los beneficios de la libertad…

Viste el galpón grande, el que está atrás del bañadero de toros… ¡bueno, allí dormíamos. ¡Había que ver los ratones corriendo entre los cueros secos apilados con sal! Porque no era como ahora, viste: cuando se moría un animal el mensual lo cuereaba y lo llevaba al saladero para que se supiera que era muerte y no robo. Mirá , todavía tengo en la nariz el olor rancio del cuero fresco y de la sal podrida y de las moscas verdes que en verano no dejaban dormir si entraba la luna por las claraboyas del techo. A las seis tocaban la campana y nos íbamos saliendo de a uno, el recado en que habíamos descansado al hombro, para ensillar. Unos mates, y hasta la noche de nuevo… Sí señor, de sol a sol, sin domingos ni feriados. Y al que no le gusta se va. Como cuando nos dieron carne podrida en el guiso, y no era la primera vez, y tanto les dije que no nos podíamos dejar hacer eso que al final me acompañaron. Pero cuando estuvimos delante del escribano se callaron todos y quedé pagando. Yo siempre fui rebelde, mirá, porque me indigna la injusticia. Pero los demás tenían miedo. Es que después le pedían al oficial de Estación Delfina que te ablandaran, y con cualquier excusa te metía en el calabozo y te acusaban de cualquier mentira, que habías robado un cojinillo o que faltaba un cordero, viste, y ahí te daban. Por unos días te quedaban ardiendo los riñones cuando salías a orinar al sereno. Y eso que a mí no me andaban jodiendo porque era medio protegido del doctor. De chico me había regalado un potrillo tobiano porque le gustó un pial que eché en una yerra en el Retiro. Primavera le puse, porque era el 21 de septiembre. Yo lo amansé y era locura que tenía, viste. Salió ligerísimo y cuando cumplí dieciocho el doctor me pidió que se lo vendiera barato para un sobrino. A mí me costaba desprenderme, pero al doctor no se lo podía negar, y se lo di por monedas. ¡Hijunagranputa! Después me enteré de que se lo había regalado al caudillo de Estación Delfina, que era carrerista grande, antes de unas selecciones. Esa no se la perdoné nunca, porque el Primavera era lo único que tenía. Era gente mala o, qué sé yo, capaz que los habían enseñado así. Una mañana, me acuerdo, habíamos estado curando de gusano unas ovejas. Un borrego se quebró y hubo que degollarlo. Para ese tiempo yo ya era casado y había nacido el Negro. Era chiquito, viste. Andábamos con lo justo y entonces le pedí al capataz que me dejara llevar el borrego muerto a las casas para comerlo. –”No se puede –me dijo– porque después se acostumbran mal”. ¡Qué lo parió! Si cuando me acuerdo me vuelve una cosa…

La Elvira trabajó un tiempo de cocinera en la casa grande, cuando venían los patrones, y decía que la señora Delfina era muy buena. Para mí que ella no se enteraba de nada. Pero el inglés Carruters, que administraba, con ése no se podía joder.

Cuando la nena empezó la escuela, nos quedaba una legua y media del puesto. La camioneta del escribano la llevaba todas las mañanas, cuando iba a hacer las compras. Pero al mediodía se volvía quince minutos antes de que saliera, y la nena tenía que caminar por la vía hasta las casas. Ni un sulky nos dejaban tener para ir a buscarla.

Uno entregaba la vida. Y si no miralo a Juan Acosta, un hombre triste, acabado. Dejó cuarenta y siete años en la estancia y cuando no sirvió más se fue al pueblo con una mano atrás y otra adelante. Y ahí anda el pobre lleno de achaques, viviendo de la caridad de los hijos.

¡Dejate de joder! Yo no digo hacerse rico, viste, pero decíme vos si es justo que nos trataran como animales.

No, por eso si uno les cuenta, capaz que piensan que uno está bolaceando, pero hay que haberlo vivido para saberlo. Por eso, cuando a mí me dicen de Perón, no sé… habrá sido lo que quieran, pero, para nosotros, todo aquello se acabó cuando él vino. Lo habrá rodeado gente mala, como dicen ustedes, pero fue el único que se ocupó del pobre.

Estas crónicas de Estación Delfina son reales. Las historias son testimonios de los propios protagonistas, cuando no hechos vividos personalmente por el autor. Sólo los nombres de los personajes y el del mismo pueblo han sido alterados. Estación Delfina –que no se llama así– está enclavado en plena pampa húmeda, a 200 Km. de Buenos Aires, en la zona más rica del país. La rodean varias estancias de más de 5.000 Has., la mayor tiene 12.000 Has. Allí la tierra vale u$a 1.200/Has. Tiene ferrocarril –ahora clausurado–, acceso asfaltado, electricidad y teléfono. Su población, de trabajadores rurales en su mayoría, es de alrededor de 600 personas. Una encuesta realizada por el autor y un grupo de compañeros del lugar, sobre 90 viviendas y 300 personas, arrojó los siguientes resultados:

–El 55% de los varones no tiene trabajo.
–El 68% de los ancianos no percibe jubilación ni pensión.
–El 30% no sabe leer ni escribir.
–El 67% de los niños no termina la enseñanza primaria.
–El 30% de los encuestados no tiene cama.
–El 50% de las casas no tiene luz eléctrica.
–El 70% de las casas no tiene baño.

El más dramático testimonio de esta encuesta constituye la ficha de una muchacha, atrasada mental, que vivía sola. Había tenido un hijo normal, que fue entregado a un matrimonio de paso por el pueblo. Unos meses después, en una noche helada, la encontraron muerta en la puerta del rancho. La ficha decía textualmente:

–Gélvez, María Rosa
–Edad: 30 años
–Instrucción: ninguna
–Trabajo: no tiene
–Vivienda: rancho de barro, de 2 piezas
–Cama: no tiene
–Baño: no tiene
–Observaciones: necesita ayuda

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Publicado en UNIDOS, año V, N° 17, diciembre de 1987. La versión en Internet está en la página de Croqueta y la pueden consultar acá.

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