Viajé y no conocí

Un febrero me encontró dando vueltas por Europa. Visité Paris, Roma y Madrid, entre otras. No conozco ni la vida de los parisinos, ni de los romanos, ni de los madrileños. Fui, pero sigo sin conocerlas.

Finalmente y después de mucha vuelta, recorrí superficialmente algunas zonas de Europa. Algo generoso lo de Europa, pero vea, tres países no es poca cosa. Si consideramos que de Francia solo visité Paris, que de España: Barcelona y Madrid y de Italia, bueno, Italia es Italia, pasé por Venecia, Florencia, Roma, Nápoles y para el sur, no habré recorrido Europa, pero una vuelta di.

Ahora qué es lo que más importa cuando se viaja. En primer lugar conocer en el sentido geográfico de la palabra. Y vale la descripción del primer párrafo. En segundo lugar conocer la cultura que atesoran. Para esto Paris y Roma son perfectas, basta con caminar para conocer y la puta si basta. Cada rincón de esas ciudades tiene algo para decir, y lo dice. Además son ciudades que viven, no solo muestran. Viven la cultura. Da la impresión de que la ciudad lo invita a uno a ser parte de la historia presente.

Barcelona es otra cosa. Pero su arquitectura tiene algo para aportar: iglesias, parques, edificios, veredas, son parte del legado de Gaudí a esta ciudad con el mar Mediterráneo a sus pies.

Venecia tiene mucho para mostrar. Pero más al estilo museo. Es un cuadro. Canales, agua, barquitos, más canales, lanchas colectivas, góndolas, soledad. Las casas no se comunican. Las que lo hacen, solo a través de pasillos angostos y puntes que terminan en puertas. Casi no hay plazas. Casi no hay verde. Los espacios comunes son pocos y están colmados de turistas y palomas. Siglos de agua, canales, pasillos.

Florencia es más italiana. Más alegre. Comunicativa. Mucha feria, calles muy transitadas, cada esquina es un lugar de encuentro. La rodean parques en las colinas. La ciudad invita.

Nápoles fue una ciudad más difícil, llegue en mal momento. Vivía un conflicto con los recolectores de basura, y vea si fabrican basura los napolitanos. De ahí al sur, Italia es increíble. El paisaje y su gente. Son alegres.

Madrid es la ciudad más parecida a Buenos Aires. Tal vez más prolija. Pero sus espacios son como los porteños. De todos modos conocer es ver qué dicen, cómo piensan, qué les interesa, cómo viven, los que día a día están en estas ciudades. Invierno y verano.

Paris, sobre el Sena, noche de viernes, invierno, una familia tipo, la señora mandó a su hijo a hacer los deberes, imagino, y el chico pateando una pelota y tal vez diciendo “Zinedine, Zinedine, Goooooool“, antes de prender la luz de su cuarto donde hay un póster enorme de un equipo de fútbol. Un señor entra a la casa, se saca el sobretodo y el saco, afloja su corbata y deja la carpeta con unas llaves sobre una mesa cercana a la puerta, saluda con un grito a su mujer que le contesta desde la cocina y se tira en un gran sillón a esperar que lo llamen a comer. Un empleado algo cansado, mediodía de lunes, en la plaza del Pont Nuef, es la hora del almuerzo, seguramente su oficina queda a unas pocas cuadras y camino a la plaza se compró un pannini au poulet y una coca cola en lata. Prolijamente acomoda todo como para almorzar en paz. Un grupo de chicos salió del colegio, es lunes y quieren pensar en otra cosa. Llegan atolondrados, todos juntos quieren pasar por una puerta que es para uno. Se ríen y empujan. Van hasta el fondo de la plaza. No registraron a la familia que trata de hacer dormir a la bebita en un banco cercano, ni mucho menos al oficinista que tranquilamente pensaba comer su pannini. Una pareja con el pelo blanco. Se miran como si fuera la primera vez que lo hacen. Están sentados en la entrada del Park Güell, en Barcelona. Tienen puestas unas zapatillas como para correr. Se levantan y caminan muy despacio. Es Martes, poca gente en el Parque. Es su actividad. No hablan. Se entienden con mirarse. Un grupo de turistas chinos mira un diccionario y un mapa, están organizados. Cada uno tiene su tarea. Tienen que entender las indicaciones de las estaciones de subte de Paris, unirlas al mapa que llevan consigo. Todo en un idioma donde hasta las palabras se forman de manera diferente. Lo peor, perecen estar siempre apurados. Dos negros discuten acaloradamente en una esquina oscura del Quartier Latin, son las 11 de la noche del jueves. Estoy perdido. Me acerco para pedirles ayuda y ambos me miran como si les hablara en chino, me dicen en su perfecto francés que siga caminando dos cuadras más y encontraré el Boulevard Saint German. Donde una chica, detrás del mostrador de una heladería, al oír mi francés resuelve que nos comuniquemos en ingles. Lo elemental lo sigo, después me quedo mirándola. Hay complicidad en mi absoluta incomprensión y su negación total con mi español. Martes frío en Nápoles. Un señor discute acaloradamente con un guarda de autobús. El problema soy yo: quieren cobrarme una multa por no fichar un boleto ya comprado. Participan varios, todos critican al guarda por su intolerancia con el turista. El italiano que hablan a los gritos me resulta incomprensible, pero sus caras me tranquilizan. Una señora de no más de metro y medio de altura me explica en perfecto italiano como hacer una llamada internacional más barata. Caminamos juntos por Roma, quiere acompañarme hasta el lugar donde la llamada será casi gratuita. Camina con dificultad, tiene por su aspecto más de 80 años. Es simpática. Las calles de Barcelona me llevan hasta una lavandería. Las máquinas son automáticas, no hay empleados en el local. Yo estoy engripado y una venezolana se ofrece a ayudarme mientras dobla su ropa. Está estudiando en la Popeu Fabra. La conversación nos lleva rapidamente a Chavez. Ella es una chavista crítica. Nos encontramos y nos distanciamos con facilidad en el dialogo. Madrid, noche de jueves, detrás de la barra, con más de 50 años y mucho entusiasmo por hacerlos sentir como en su casa, una argentina reparte empanadas salteñas a sus compatriotas. Invita la casa. Los percheros están llenos de abrigos, afuera la noche está helada. Una mexicana muerta de risa me cuenta su estadía en Paris. Los dos somos turistas, tomamos una cerveza en la barra de un café, se quedará unos meses, quiere aprender el idioma. Se había alquilado un departamento esa tarde: ¿Grande? No, de un ambiente. ¿Bien ubicado? Si, claro, en Paris. ¿Sola? No, con una ucraniana que no habla ni jota de español y muy mal ingles. Está muy divertida con la idea.

¿Qué es conocer? Es ver como están armadas sus ciudades, las calles, los autos, las plazas, los bares, las caras, los chistes, la vestimenta, lo que guardan, lo que cuidan, lo que piensan, como viven, sus tiempos.

¿Puede uno conocer una ciudad en 5, 10 o 20 días? Solo puede tener una impresión de cómo es. Remota impresión. Para conocer hay que vivir. Conocer no es pasar. Conocer es lo contrario al mensaje más repetido de cualquier turista que al regresar cuenta: “hice Praga, Moscú, Viena…”

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3 comentarios en “Viajé y no conocí

  1. Tuve la oportunidad de emprender un viaje al viejo continente, visite Madrid, Barcelona, Paris, Londres, Venecia, Florencia y Roma. Guardare en mi recuerdo su gente, sus olores, sus calles…Al permanecer pocos dias en cada una de estas ciudades, desconozco sus estilos de vida, pero siempre me quedara ese primera imagen, ese primer olor…
    Al fin y al cabo lo que cuenta es la primera impresion…

    Muy linda nota.

  2. Segurmante el chico Francés no gritará Zinedine, sino Zizou. Pero Zizou gol. Zizou golazo, o su equivalente en Francés. Aunque lo dirá igual que en Argelia, México o Argentina. Porque al igual que el oficinista almorzando, cada vez somos más parecidos y cada vez hay menos cosas que descubrir ahí.
    Esto me recuerda que cuando era chico me intrigaba como serían los demás en el baño. Es decir, como serían allí donde estuvieran a solas, donde furean ellos mismos. Después descubrí el secreto. Eran iguales. Somos iguales. No es ahí donde hay que buscar las diferencias. Leemos a los mismos autores. Vemos el mismo cine. Escuchamos las mismas canciones. Que seamos aficionados a Woody Allen demuestra que nos reímos de las mismas cosas. A todos nos informan las mismas cadenas de noticias.
    La mayor diferencia no se debe dar con los hombres urbanos, sino con aquellos que están en estado más puro, y tenemos de esos mucho más cerca. Como diría Leon Gieco: ¿y que me dicen de esa casa sola que se ve desde un avión?

  3. La más perfecta forma de conocer es a través del amor, como dice La Biblia. Y no se puede amar lo que no se ha domesticado, es decir aquello de lo que uno todavía no se ha apropiado incorporándolo a su ser. “Que la importancia esté en tu mirada, no en la cosa contemplada”, dice André Gide.

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