Hacer escuela

 

“La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos… Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres y lo demás no importa nada…”.

General José de San Martín, 27 de julio de 1819

M’hijo el dotor. Primeras generaciones de profesionales, o tal vez más correcto sería decir “otra vez primera generación de profesionales”: esto muestra a la Argentina como un país con una evolución discontinua. Con etapas en las que educarse es posible. En las que la educación es política de Estado. Etapas en las que se fundan escuelas y universidades. Etapas que se suceden a otras en las que a las escuelas se las tapa, las matrículas bajan, los salarios docentes se derrumban, y los títulos solo tienen que ver con el gasto.

Si se observara de lejos y los años se transformaran en décadas o períodos arbitrarios que marcaran etapas políticas y económicas -incluso mundiales-, podría concluirse con facilidad quién es quién en el concepto de “gasto versus inversión” respecto del Estado y la educación. Por supuesto que todo tiene su consecuencia y largos períodos de gasto destruyen cortos de inversión. Y así estamos.

Acto seguido se discute con vehemencia sobre la importancia de ser letrado a la hora de votar y el sometimiento que los gobiernos populares tienen sobre sus votantes aprovechando los altos índices de escaso nivel educativo formal. Nadie parece parar la pelota y poner sobre la mesa números que reflejen quién es quién en inversión. Sobre todo por ese engaño que muestra el aumento del gasto por sobre todos los males, y “la manta que es corta”, y demás argumentaciones unidas a las cuentas ordenadas por sobre todas las cosas, como si quienes lo dijeran fueran los únicos que entienden del tema.

Nuevamente las contradicciones en países que se piensan distinto desde los cimientos. La cara de desconcierto cuando esto se pone en evidencia. La negación por encontrarse siendo parte del grupo del que se reniega. Y los datos. Y las pruebas. Y cuando se ven las consecuencias, ya es tarde. La tentación por devolver con la misma moneda e invertir argumentos que, se sabe, son inconducentes en la discusión de fondo.

Derecho a elegir

Se empezó diciendo que solo podían decidir sobre los destinos de la Nación aquellos que tenían intereses económicos de peso. Votaron terratenientes y comerciantes. Hombres, claro, “si las mujeres qué pueden entender de nada”. No era necesario ser profesional, ni alto, ni bajo, ni gordo ni flaco. Eran amplios. Había que tener intereses para decidir quién ocupaba el sillón y firmaba los papeles necesarios para que las ventas afuera dejaran ganancias que los hicieran sentir útiles. Y lo demás… ¿qué, había algo más? ¿Alguien más?

Luego se dijo que debían votar todos, que el único proyecto era el ya impuesto y que nadie podría sacar los pies del plato. Repartida la tierra, la propiedad privada era un derecho que debía defenderse con las armas del Estado. Y votaron, no las mujeres, claro, pero sí las masas populares. Solo un tiempo, pues parece que cuando las cosas cambiaron en Wall Street los novatos no podían llevar adelante los destinos de los negocios, y entonces en 1930 dijeron “dejame a mí”. Las armas estaban para defender la propiedad privada, habían dicho, y parecían dispuestos a hacerlo cierto. El asunto del voto quedó suspendido en esencia vía fraude.

Después hubo un intento por nivelar y aquello que decía Jauretche -igualá y largamos-. Pero qué son nueve años. Y no opines. Algún pataleo, quizás, hasta que dijeron que pensar, mejor que no. Y mataron a quienes pretendían hacerlo.

Ciento sesenta y siete años después de declarar la independencia pareció que ya no era posible decir que no a quienes habitaban el suelo y querían votar. Y entonces empezamos a los tumbos a tomar decisiones en conjunto.

Con sus más y sus menos, a 30 años acá estamos.

Y la educación nos convoca. Ahora que sí decidimos en masa apuntamos a la educación como salvación del país. Pero no confundamos las cosas. La educación formal hace más capaces a las personas para trabajar e inventar, para generar y producir, pero nada tiene que ver eso con la capacidad electoral. Para votar hay que vivir. Para decidir hay que estar. Para saber qué es bueno para el futuro del país hay que estar ligado a este suelo y a este futuro.

Y aceptando la convocatoria nace en este tiempo el proyecto que funda escuelas. El proyecto que, ambicioso, crea un programa al que denomina “700 escuelas” y luego tiene que cambiarle el nombre por “1000 escuelas” porque la realidad lo supera. Que finalmente y para no seguir corriendo la vara lo llama “Más escuelas”. El proyecto que funda universidades. Y van nueve y siguen. Serán más. La universidad aquí donde el pueblo vive. Seis de las nueve en el conurbano bonaerense. Porque la periferia no tiene que “venir” a estudiar donde están los eruditos que por derecho propio tienen todo, sino que por el contrario, la educación formal tiene que ir donde están quienes quieren y deben educarse. Es un proyecto en el que se apuesta todo por tener no una primera generación de profesionales, sino permanentes generaciones de profesionales, en todas las épocas, en todos los lugares del país.

Sobre la base de la soberanía política, la independencia económica nos hace libres, y la educación, en un marco de justicia social, nos hace independientes.

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