No entiendo

El café de la calle Sarmiento esquina Rodriguez Peña tiene la entrada por la ochava. Pasadas las 19 de los martes crucé esa puerta durante semanas que fueron meses y creo contar años. Una mesa que dejara espacio para más y un té con un tostado que compartiríamos. Vos un café con leche ritual. Incluso el pedido con una sonrisa que ordenaba obediencia de más leche junto a una disculpa por no haberlo aclarado antes. La espalda algo recostada, como buscando noticias en una mesa cercana. Un interés digno del mejor de los embajadores por el editorial ensayado. Hojas desordenadas que contenían bloques enteros sobre cine, televisión o las revistas que opinan sobre la vida de los otros. Siempre un actor yanqui que conocíamos o debíamos conocer de alguna otra serie o película que también había pasado al olvido. “Son unas bestias!” era un reclamo, más que adjetivo que se repetía martes a martes.

La charla pasaba revista por una familia compartida, volvía al programa para el que faltaba menos y un llamado al resto para estar completos. Las menos de las veces contaba alguna anécdota con otros que debía mantenerse en secreto. No sé cuántos serían los convidados al silencio cómplice, pero ahí estábamos. Dispuestos a callar y compartir.

Una cuenta que varias veces intentaba cancelar, con éxito aislado. Dos cuadras casi a la radio. Subsuelo. Agua. Pis y más agua. Otro pis y unas galletitas que salían de una cartera cada vez más chica y tan caja de Pandora como el primer día. Una hermana mayor comprensiva. Una amiga.

La luz nos marcaba el paso y cada vez que se apagaba aparecía otro cuento. El programa hasta el final y riendo o no, calle nuevamente.

Martes a martes aprendí a quererte. Martes a martes te conocí. Sincera como pocas. Nunca tuviste el menor problema por contarte como eras. Nunca tuviste el menor problema por juzgarme como soy. Sincera. Te aceptaste y aceptaste. Me aceptaste antes que me aceptara y te aceptara. Porque así somos.

La sabiduría silenciosa. La paz. El entender sin que necesiten explicar.

Un día me dijiste que las calles se hacían más largas que antes y que ya no estaba bueno. Al siguiente me contaste todo cada vez que la luz lo permitía. Con valentía. Con entereza. Nuevamente marcando la cancha y siempre poniendo vos el reglamento. Te escuché chiquito. Inútil. Ignorante e inoperante. El auto que me mantuvo en un silencio que me asusta y avergüenza en proporciones similares, nos trasladó ahora a los tres. Vos dijiste lo que me dijiste. Lo escuché por segunda vez sin saber si lo estaba escuchando realmente.

Los días que siguieron fueron de consulta. De silencio. De búsqueda.

Y no siempre encontrar es el destino. Ni mucho menos el objetivo.

Confirmando el pesimismo posible. El futuro incierto y la mirada perdida. El silencio. El miedo. La depresión. La vida y la muerte en simultáneo. La injusticia debiera ser título y bajada.

Los días, martes incluido, te tenían como protagonista. Las semanas fueron meses. Los meses segundos. El ánimo interpela. Los plazos inciertos. Las opciones nulas. El final esperado. Los miedos. Las tristezas.

Hoy fue un hasta siempre, trillado, pero cierto. Gracias por haber pasado. Generosa. Amplia. Hay un espacio que ni sabía que existía, creo que vos me lo enseñaste, que estará desde ahora ocupado por tu recuerdo, tan reciente como profundo. Un abrazo eterno. Un buen viaje y el mejor destino. Cam, ya te extraño.

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