ReReelección

En los años electorales se respira política más que en cualquier otro tiempo. En un café, la Universidad o en los asientos ocupados que miramos colgados del barral del tren o el colectivo. Hay política por donde se mire. Más aún después de 12 años de un proyecto que devolvió la política a la escena central de la vida de los argentinos.

En los años electorales se elige en una serie de fechas predeterminadas entre distintas opciones, también pre acordadas. Por lo general estamos acostumbrados a que se hable de personas la más de las veces que de partidos políticos. Los candidatos son las opciones y muchas veces ni siquiera tenemos bien en claro los nombres de los partidos o frentes que los proponen: es Frente Renovador, o Frente Conservador, es Unión por todos y UNEN es solo para Entre Ríos, el PRO es Propuesta Republicana Obtusa, la Coalición Cívica existe, o era ARI… dudas que ni estudiosos disipan. Los nombres de los candidatos son más fáciles de reconocer y sabemos que Elisa Carrió no es aliada del Gobierno, que Hermes Binner es de Santa Fe, que Ernesto Sanz es candidato a algo y que Julio Cobos insiste. Que Mauricio Macri quiere ser presidente y sus colaboradores quieren ser Mauricio Macri. Que alguna Patricia a la que cada vez más le gusta ser Bullrich está ahora con algún grupo de candidatos a algo aunque aún no saben bien desde qué partido.

En los años electorales pasan estas cosas. Mi tía dice que la baraja salió mal y que hay que mesclar de nuevo. Muchos preocupados por una mano adversa prefieren la confusión conocida que cualquier intento por que aclare.

Todo esto es común en años electorales, y muy probable es que sea una de las razones por las que para incluso quienes respiran política, aún a descrédito, sea tan desagradable ese mundo al que ven por lo general desde arriba, o al menos eso sienten. Ni siquiera sabe el analfabeto político, el muy estúpido analfabeto político al decir de Bertol Brecht, que es la falta de sinceramiento lo que lo confunde. Que decir lo que se piensa, que todos digamos desde dónde pensamos y porqué, es parte del ejercicio político que falta.

Los años no electorales, paradójicamente, nos sientan en dos veredas claras y sencillas: oficialismo y oposición. Ahí todos sabemos qué pensamos y porqué. Estamos en líneas generales de acuerdo con las medidas de quien gobierna, o estamos en desacuerdo. Punto. No hay mucho más tela que cortar. Es una simplificación, pero también es una realidad. Al menos al ojo de este cronista, como gusta cerrar Wainfield en Página 12.

El ejercicio en el que deberíamos empezar a mover fichas y poco a poco ir conociendo sus reglas es el que nos sienta a pensar política y políticas. El que nos hará ser oficialistas u opositores, y no por eso ser talibanes de cualquiera de esos grupos. El que nos hará pensar que hay alternativas dentro de los espacios y que esas alternativas responden a proyectos. Poco a poco, decía, esos proyectos dejarán de ser de unas vacaciones o reformas en una casa, y pasaran a ser proyectos de país.

Como la bandera, que en algún momento quiso ponerse como emblema de unos y no de otros, y llevarla significaba algún tipo de argentinismo superior al de quienes pensaban diferente, el proyecto de país se transformó en algo parecido. Es léxico de unos, no de todos. No casualmente de los mismos que colaboraron con esto de que en Argentina se piense en términos políticos, se respire política. No casualmente.

Estamos cada vez más cerca de que en los años electorales empecemos a hablar de proyectos, por sobre partidos o personas. Proyectos de país. Hacia dónde, cómo, cuándo y por qué. Esas respuestas básicas son mucho más importantes que quiénes y desde qué partido. Solo falta que nos demos cuenta.

Hay que pensar, finalmente, que para eso elegimos. Qué nos cambia que sea hombre o mujer, que el Frente sea Conservador, Renovador o de la Victoria. Qué nos cambia que se llame Juan o Pedro. Lo que nos importa es a dónde nos lleva, qué prioridades tiene, cuál es su objetivo.

Quienes acompañamos estos 12 años de crecimiento con inclusión social, no como slogan sino como objetivo, meta, destino; quienes creemos que solo así se construye un país, sabemos que las elecciones son el momento para elegir proyectos de país, y es en los años electorales cuando nos ponemos reflexivos y analizamos hechos, no palabras. Quienes creemos que los proyectos son la alternativa, sabemos que podemos reelegirlos, porque con sus más y sus menos ponemos al país que soñamos por sobre todo lo demás.

Es para pensar dónde y porqué estamos así, qué significado tiene hablar de proyectos y cuán importante es para nosotros que los proyectos continúen, independientemente de con qué personas. Es para pensar cuáles fueron los proyectos que gobernaron la Argentina antes de 2003 y dónde nos dejaron, cuáles fueron sus prioridades y cuáles fueron sus objetivos. Solo así podremos aprovechar los años electorales: podremos elegir, reelegir y seguir eligiendo proyectos, no personas.

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