Punto

El punto se mueve todo el tiempo sin saber nunca para qué lado ni responder a ningún patrón. Incluso pareciera que el patrón es la falta de uno. Tanto, tan exageradamente pasa eso que se sospecha de su criterio hasta que responde a tres o cuatro movimientos esperables, deducibles, previsibles, aunque jamás adivinables. Es raro, pero es un punto incorpóreo. Cómo juzgarlo. Por momentos se mueve en bloque, aparecen miles que lo desafían o acompañan. No se distingue si son parte de una contradicción interna, de una facción opositora, o pertenecen todos a un pogo ricotero en su esplendor y cada empujón propio no es más que una forma de mal entonar a propios y atemorizar extraños de una manera desafiante. Pero no se sabe porque están y al segundo desaparecen y vuelve el protagonismo a recaer sobre el punto inicial. Claro que incomprobable que sea el mismo. Es más. Seguramente la confusión ricotera tenía un objetivo y empezamos a conocerlo: perder el único punto de arranque.

La luz se apaga, diluye, pierde directamente proporcional al resurgimiento de los objetos y las sombras de la oscuridad. Si se piensa no se imagina, si se plantea se rebate por ridículo, pero así son los juegos de luces y sombras. Aparecen y se diluyen con la misma intensidad y el mismo desafío. No es acaso la luz la razón de la existencia de los objetos? Puede imaginarse una existencia visible en la oscuridad? Sin embargo aparecen y adquieren luces y sombras a medida que desaparecen los colores que la luz les regalaba. Pero están y se pueden divisar. Están seguro en la memoria. Tal vez ese trayecto desde un aparato que ve hasta un cerebro que procesa, con la colaboración de ya no ver y la distracción por esa razón minimizada, permite divisar con exactitud aún después de estar imposibilitado a ver. Tal vez la permanencia de ese poder reservado a superhéroes tiene que ver con la memoria y no tanto con la visión.

El punto es el punto. Que aparece en el recuerdo y se expande en la rendija. Curioso. La luz le da más vida cuando desaparece para el resto. Algo así como la presencia permanente que ostenta junto a una humildad no terrenal de invisibilizarse para dar a otros un protagonismo circunstancial.

El punto es que el punto está siempre, ahí, invisible hasta que quiere verse. Y se lo mira entonces. Incluso se lo admira. Se le asigna vida. Y vuelve esa adivinanza imposible sobre su comportamiento inmediato y el porqué de sus pares que están y desaparecen con la misma facilidad. Las razones que mueven a uno y a miles, que con similar irreverencia comparten un espacio privado, que están y se van sin que se pueda contradecirlos. Ese momento que dura lo que se quiera está ahí. Hay que buscarlo o tal vez solo esperarlo. Pero está. Hay quienes lo buscan permanentemente sin guía o con demasiadas. Suelen nunca encontrarlo, incluso cuando lo ven. Hay quienes nunca se acercan siquiera a saber si lo necesitarían.

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