No pasha nada, papá

La radio de fondo mientras el tráfico lento de la General Paz permitía poner la cabeza en distintos escenarios que iban y venían construyendo relatos del pasado con ideas a futuro. Entre risas y comentarios de los oyentes la conductora invitó a pensar a cambio de algún premio a la mejor historia, cuál había sido el peor día sin batería en el celular. La primera imagen colaboró con los relatos de viaje y la idea de los problemas del presente tecnológico, como quedarse sin batería en el teléfono móvil. Algo incomprensible para mi abuelo, que no llegó ni al gol del barrilete cósmico.

Acepté el convite y reviví el minuto a minuto de lo que fue el peor momento para quedarse sin batería.

Todo estaba programado para una cesárea el sábado a la mañana. Ese día fui hasta Remedios de Escalada, mi oficina, para dejar en orden los papeles. La semana siguiente estaría reservada a mi nueva hija. Mi mujer al último control de rutina en la clínica de Pueyrredón y Santa Fe a las 11. Fue con su madre. A las 11.30 sonó mi teléfono celular. Era ella. Dijo que algo andaba mal y que llamarían a su obstetra desde la clínica. Le dije que terminaba una reunión y saldría para Buenos Aires, pero que todo estaría bien, que las técnicas que hacen los estudios no siempre saben. No terminé de cortar esa llamada que ya estaba arriba del auto. Los nervios no eran exclusivos de ella. Al salir sonó el teléfono nuevamente. El identificador de llamadas decía que era el obstetra desde su celular y al atender mi teléfono se apagó. No tenía batería. No tenía cargador. No quería bajarme para llamar porque serían minutos de viaje y aceleré sin saber qué era lo que estaba pasando. Cuál era la razón por la que él desde su celular me estaba llamando, qué era lo que podía estar mal. Fueron 40′ de un viaje que de rutina dura una hora 10′. Fueron los 40′ más largos e insoportables de mi vida.

Esa mañana del 1 de noviembre llovía fuerte y quienes se cubrían debajo de los techos del Fravega de Larrea y Santa Fe deben recordarme aún hoy. Doble en esa esquina sin cuidar formas ni respetar normas. Los empapé. Tiré literalmente el auto en un estacionamiento abarrotado de la calle Arenales, aún cuando quien lo recibió me dijo que la playa estaba llena. ‘Estacionalo en la calle’ dije mientras corría a la clínica sin saber qué me encontraría al llegar.

Subí tres pisos sin contarlos ni notarlos, apuré una ropa de quirófano y entré dónde ya estaban avanzados en una cesárea. Antonia nació enseguida. Corriendo detrás de una médica para darle oxígeno. Y como dicé Ciro, pensé que no iba a poder. Quince días en terapia intensiva y pudo. Hoy me despierta con un beso y me dice como si supiera: ‘no pasha nada, papá, no pasha nada’.

Nunca llamé al programa. Las lagrimas del recuerdo no me dejaban ver los números.

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